[Historia original 100%-finalizado] Un Cuento de Madrid [1/3/15]

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26/01/2015
Predeterminado [Historia original 100%-finalizado] Un Cuento de Madrid [1/3/15]
-Titulo: Un Cuento de Madrid
-Autor: Yo (Tyren Lannister)
-Capítulos: 8, prólogo y epílogo (por primera vez en la historia de este subforo alguien pone esto desde el principio)
-Persona Gramatical: 3ª
-Agradecimientos:
1. A @Calayax, sin el cual esta historia no habría existido, y no me mirando al proyecto anterior; él es el que me empuja a seguir adelante y me motiva a escribir. Te hamo con h.
2. A Adam Young, Owl City o como se le quiera llamar. Su canción Beautiful Times, que os dejo subtitulada en español, fue la que me inspiró a darle el enfoque de pérdida de la inocencia que tiene esta historia.
Dicho esto, he de decir que esto es muy distinto a ESDAYA, y a todo lo que haya escrito hasta ahora. Entendería perfectamente que no os gustara, pero espero que os guste.
A Calayax y a Vicente Mira,
por la fuerza que me dio el segundo
y por la que me da el primero.

Prólogo

Prólogo: Una Promesa

Rachel Smithson miró las lecturas de su ordenador
-Nos vamos- anunció a las diez personas que había en esa sala con ella.- El Sujeto 0 ha dejado Norteamérica.

Minutos antes, el Sujeto 0 aún estaba en el continente. Derramó unas lágrimas sobre un montón de tierra recién apilado, sobre el que había una piedra en la que estaba escrito toscamente: "Zaren".
-Te lo prometo, amigo- dijo.- Le buscaré y le protegeré. Espero no fallarte por una vez.
El sol se ocultó tras las colinas boscosas. Entonces se fue.

Lo que el Sujeto 0 no sabía era que, en ese mismo momento, ya había fallado a Zaren.


Capítulo 1

1. Un trauma
- ¿A qué esperas?- le preguntó Elepé.- ¡Ese pollo no va a desaparecer solo!
Lentamente, con movimientos mecánicos, Oren Sylvan empezó a comerse el contenido de su plato.
Desde hacía dos semanas, el chico vivía así: sin ganas, casi por inercia. A pesar de sus diez años.
- Vamos- Elepé le acarició el pelo, del color de la arena, que le caía de la cabeza en mechones desiguales.- No puedes seguir así toda la vida. ¡Estás vivo, gracias a Dios! Algún día lo tendrás que superar, y cuanto antes, mejor.
Oren no dijo nada. No había dicho nada desde… eso.
Elepé era un cura, que había sido amigo de sus padres. Había sido el primero en ayudar a Oren, y el único. Ahora estaba intentando adoptarle.
El piso en que ambos vivían estaba situado en la calle San Bernardo, en el centro de Madrid. Tenía cinco habitaciones: un recibidor, un salón, una cocina-comedor, un cuarto de baño y un dormitorio. Casi todo el mobiliario y el suelo eran de madera, y en la decoración se unían motivos religiosos de todo tipo y arte de cierto país africano al que Elepé había ido de misionero en su juventud.
Horas más tarde, el cura se dispuso a salir.
- Tengo que dar una misa. ¿Vienes?
Oren fue al recibidor, cogió su abrigo y se lo puso.
- Dios mío… Tú odiabas las misas… ¿Qué te han hecho?
“Ójala lo supieras, Elepé.”
La iglesia que el cura atendía era un edificio pequeño, situado en una plaza pequeña en un barrio de calles estrechas. No estaba lejos de su casa.
Tras la misa, que fue tan aburrida como de costumbre, Elepé entró al confesionario y, uno por uno, los devotos se fueron confesando. Cuando hubo acabado, el cura dijo:
- ¡Hora de irse! Oren, ¿me ayudas a recoger?
Pero alguien entró.
- Está cerrado. Por favor, vuelva mañana.
- Yo creía que el Señor nos podía atender en cualquier momento- se burló la que acababa de entrar.
Tendría cuarenta y algo años, era delgada, y tenía un pelo castaño que le caía ondulando hasta la mitad de la espalda. Sus ojos eran de la forma y el color de las almendras.
- Amelia Grenland- dijo Elepé fríamente.- Pasa.
Estuvieron un rato hablando en el confesionario, pero Oren no pudo oír nada.
Tras ello, la mujer salió, Elepé y Oren recogieron las cosas que tenían en la iglesia, salieron también y volvieron a su casa. Allí, Elepé firmó algunas cosas.
Ese hombre moreno, de ojos verdes y pelo corto, unos cincuenta años y algo gordo se llamaba en realidad Luis Pérez, pero como su firma era un bosque de florituras en el que se escondían sus iniciales, el padre de Oren le había llamado desde siempre Elepé, y su hijo había heredado la costumbre.
Esa noche, Oren se durmió, y, como ya era habitual, le despertaron los gritos de las atroces pesadillas sobre lo que había ocurrido dos semanas atrás que tuvo. Se pasó un buen rato inmóvil en la oscuridad, esperando al asesino. Pero no vino, y tras unas horas Oren cayó en un sueño profundo y negro.

Al día siguiente se despertó tarde. Elepé no estaba, así que se sirvió él mismo el desayuno. Cuando hubo terminado de desayunar, entró el cura.
- ¡Buenos días, dormilón! Mira, estuve en tu casa, y buscando entre tus cosas encontré esto.
Oren se levantó de la silla. El cura había dado en el clavo. Sostenía una bolsa de deporte en la que había un equipo completo de esgrima.
- Da la casualidad de que yo, de joven, era un buen tirador. ¿Qué tal si practicamos un poco?
Oren ya se había puesto el casco y cogido el florete.
- Veo que te gusta. Pues voy a por lo mío.
Salieron al salón, y Elepé entró a la habitación y salió vestido como Oren. Se colocaron a tres pasos de distancia.
- En guard- se colocaron en guardia,- allez!
Avanzaron con cautela. Cuando estuvieron a la distancia suficiente, empezaron a intercambiar golpes; bastante básicos, para medir al oponente.
Entonces, Oren le apartó el florete usando el suyo, avanzó, y, en un complicado giro de brazos, le tocó el pecho con su arma sin dejar la del cura moverse, todo esto tan rápido que Elepé no pudo reaccionar. El segundo punto transcurrió de manera parecida, y así el tercero.
- ¡Vaya! ¡Pero que buen tirador eres! Tienes una manera de manejar el florete bastante curiosa.
- Mi padre decía que soy como un gato, siempre jugueteando con mi presa antes de matarla.
Elepé miró con asombro a Oren, que había dicho esa frase con una mezcla de orgullo y tristeza. No había podido resistirse.
- ¿Ves? No pasa nada por hablar. No tengas miedo.
Lentamente, dolorosamente, Oren articuló otra frase.
- ¿Quién era la mujer de ayer?
Elepé torció el gesto.
- Es Amelia Grenland. Antes del… asesinato, hablaba mucho con tus padres y conmigo.
- ¿Érais amigos?- la curiosidad mató al gato.
- No, nuestra relación es muy fría. Siempre hablábamos de ti, Oren.
- ¿De mí?
- Sí. Ella dijo unas cosas que… me hicieron creer que estaba loca, pero he visto horribles confirmaciones de ello. Ahora prefiero saber lo menos posible de ese asunto.
- Te voy a ser sincero… ¿Estás seguro de querer escucharlo?- Oren asintió.- Que la policía no investigue el asesinato de tus padres.
Era verdad. El inspector había postulado muy rápidamente una venganza, combinada con arrebato de furia, y había dicho que buscarían a cualquier persona que pudiera haber hecho eso a sus padres. Esa explicación, endeble de por sí, la remataba el hecho de que no hubieran preguntado nada al testigo, que era…
A Oren le empezó a doler el pecho, y paró de intentar razonar.

A un océano de allí, Rachel Smithson miró una lectura en una pantalla. Tras más de diez días en una posición errante alrededor del mundo, el Sujeto 0 se había estabilizado.
Ella pertenecía a las fuerzas de acción del Gabinete. Éstas eran algo así como la Interpol mágica: una asociación de magos y humanos sin poderes que se ocupaba de luchar contra los problemas mágicos, y de mantener en secreto cualquier evento destructivo relacionado con la magia.
Técnicamente, el Sujeto 0 no había hecho nada demasiado malo, nada tan grande como para que le persiguiera el Gabinete, pero su mera existencia era una aberración: la oscuridad como elemento mágico era casi imposible de controlar. Pero él había conseguido hacerlo. Aunque si bien su cuerpo era estable, su mente estaba destrozada. Y la agente no sabía cuál de las dos era peor.
Apagó su pantalla, que por un momento devolvió su reflejo. Tenía un cuerpo atlético, pelo color caoba muy corto y ojos del color de la miel. Llevaba mucho tiempo sin dormir, y no le importaba: había pedido encargarse personalmente del Sujeto 0, porque, aunque hubieran pasado casi diecisiete años, no lo había olvidado. Y le haría recordárselo a su perseguido.
- Despegamos- le dijo al piloto, pero también le oyeron sus diez agentes subordinados.- A España.
El avión despegó. En unas dos horas, ese aparato militar habría cruzado el Atlántico y aterrizado.


capítulo 2.

2. Una maga

Tras determinar que el objeto de su promesa vivía en España, Dornem se instaló en un piso abandonado de la capital. Allí estaba esa mañana a punto de empezar su búsqueda. Esperaba no equivocarse. No equivocarse de nuevo. Dornem era lo que era por culpa de la equivocación, o al menos, de la ignorancia.
Se miró al espejo roto de una habitación sin vida. Seguía teniendo aspecto de adolescente, aunque tuviera ya más de treinta años. Era alto, y su piel y su pelo eran de un blanco inmaculado: la única pureza que quedaba en él. Era albino. Se miró a los ojos y al instante giró la cabeza. No podía soportar durante mucho tiempo esa mirada, se veía a sí mismo en ella.
Tenía en sus manos la máscara, tejida por él en una tela más dura y ligera que el mejor chaleco antibalas. Estaba hecha de trozos de tela negra cosidos entre sí con hilo blanco. Cubría toda la cabeza sin dejar agujeros. No sabía por qué la llevaba, pero desde hacía diecisiete años se mostraba sin ella sólo a aquellos en quienes más confiaba.
- Sujeto 0, entrégate.
Un agente del Gabinete. ¿Cuándo había entrado? ¿Podían haberle rastreado así de rápido? Seguro, con lo que había avanzado la tecnología…
Se giró hacia él con la máscara estirada frente al corazón. Bien hecho, el disparo se topó con el tejido mágico.
Se la puso, y su ropa normal se transformó en unos zapatos, pantalones, gabardina, guantes y sombrero, todo negro y hecho del mismo tejido que la máscara. Los siguientes disparos dolieron bastante, pero Dornem sabía de sobra que como mucho le causarían cardenales.
- ¡Estás acorralado!- gritó el agente.- ¡Entrégate!
- Ójala pudiera- se lamentó el mago.
Corrió hacia la ventana, la abrió y se tiró a la calle desierta. La caída desde el tercero tampoco le produciría lesiones importantes. Fue a una vía más transitada, donde los agentes no se atreverían a atacarle. ¿Por qué le perseguían?
“Eres gilipollas, lo sabes perfectamente.”
La oscuridad era el más inestable de los elementos mágicos: ni magos ni Bestias podían dominarla. Pero él, por equivocación o ignorancia, sí. Y, como era una magia casi incontrolable, el Gabinete, la agencia mundial de seguridad mágica, le perseguía.
“Pero saben que he logrado dominar mi magia. ¿Por qué me persiguen? Por su estado mental. Si había algo inestable en Dornem, era eso.

¿Cómo encontraría al objeto de su promesa? La explicación de Zaren no había sido muy clara. Mientras andaba por la calle viendo cómo algunas personas le miraban de forma rara por su vestimenta, recordó.
Zaren ya respiraba con dificultad. Estaba tendido sobre el suelo del bosque, sin poder mover la mayoría de sus potentes músculos.
- Con tu magia- había murmurado,- puedes sentir la magia ajena. Le encontrarás porque te atraerá, como la luz atrae a una polilla.
- ¿Tan poderoso es?- había preguntado Dornem.
- No, no es tan poderoso. Pero… es único. No hay otro como él.
Después llegaba el momento de la muerte de Zaren, pero Dornem no quería recordar eso. Desde entonces, hacía dos semanas, el mago oscuro había recorrido todo el mundo, viajando con la noche, intentando ser atraído. Y sí había notado la atracción: era una sensación extraña, sentía que no estaba cómodo en ningún sitio. Madrid era, de momento, el sitio donde menos incomodidad había notado. Por eso, ahora no le importaba adónde iba, se dejaba llevar.
Se detuvo en seco. Le había visto. No podía ser otro. Se le cortó la respiración. Formó en su mano una espada de sombras usando su magia. Y se lanzó a salvarle.

La noche anterior, Oren se había sumido en sueños turbulentos, y se despertó cuando la espada…
Pero esta vez, en vez de quedarse en silencio, apañó un maniquí sobre una silla usando su ropa y la de Elepé, cogió su florete y practicó en la oscuridad hasta caer dormido. Y durmió realmente bien.
Le despertó Elepé al entrar en la habitación: como en la casa solo había una verdadera cama, el cura dormía desde que adoptó a Oren en el salón, donde guardaba un sofá-cama para cualquier emergencia.
El cura le dio los buenos días, y Oren se los devolvió.
- Veo que te despiertas de buen humor.
- No lo he pasado mal esta noche.
- Supongo que eso es bueno. Mira- siguió tras una pausa,- la señora Grenland me pidió hablar contigo. Quiere hablarte sobre ese… asunto.
Oren recordó la alusión que había hecho Elepé el día anterior.
- Pero yo también quiero saber lo menos posible.
Sabía qué era lo que… había matado a sus padres, y no podía sospechar ni quería saber qué había tras ello.
- Es distinto. Creo que tú ya estás metido en ello hasta el fondo.
Oren se sumió en el miedo.
- Pero, Elepé, ¡no quiero!
- Mira, Oren- le acarició el pelo,- tienes cierta razón. Dicen que la ignorancia es la felicidad, y a eso me atengo. Pero tú, que, supongo, tras lo que viste no podrás ser feliz en mucho tiempo, tienes que pensar que el conocimiento es poder.
Se resignó a hacerlo. Amelia Grenland le diría qué podía causar a la vez una herida y una quemadura. Y por qué ese hombre… podía coger su espada… al rojo y no quemarse.
Llegó tras media hora. Oren no la oyó saludar al cura. Entró a la cocina, donde estaba el huérfano leyendo un libro, y se sentó a la mesa. Oren cerró el libro y la miró.
- Cierra la puerta, por favor.
Obedeció: Grenland parecía tener una autoridad natural. Cuando se volvió a sentar, la mujer dijo:
- Que sepas que no quiero hacerte daño.
Oren no respondió.
- ¿Qué fue? ¿Qué viste?
- Era un hombre, que sujetaba una espada al rojo vivo.
- Lo que suponía. Oren, tienes que saber que la magia existe, por mucho que te intenten o te intentes convencer de que no.
Oren no se alteró: eso explicaba muchas cosas.
- Hay muchos tipos de magia. Yo, por ejemplo, soy una maga del hielo. Y quiero saber qué eres tú.
- ¿Cómo sabe que yo puedo… hacer magia?
- La magia da. Te da conocimiento, poder… Pero también quita. Y mucho, la magia es cara. A ti ya te ha quitado, es lógico que te vaya a dar.
Oren comprendió por qué Elepé no quería saber nada de eso.
- ¿Y a usted qué le quitó?
El chico supo que no había dicho lo correcto cuando el gesto de Grenland se endureció.
- Mucho. No vuelvas a preguntarlo.
Estuvieron largos momentos en un silencio incómodo.
- Sé que llevaba mucho tiempo hablando con mis padres. ¿Cómo supo que yo puedo hacer magia?
- Mira… Como somos vecinos, a menudo te veía por la calle. Siempre has sido flaco, de aspecto endeble. Pero no sé, un día… un día cambiaste. Se te notaba más decidido, más fuerte. No fue gradual, y eso me hizo sospechar. Y junto con esto…
Oren no lo creía. En los libros y las películas, la magia aparecía en el último momento, cuando más se necesitaba. Pero en su caso no había sido así.
Estuvo a punto de irse, pero la presencia de la maga era realmente intimidante. Sin embargo, Amelia Grenland pronto se levantó y se despidió. Pero sus palabras quedaron, y cada vez le daban más miedo a Oren: “La magia te quita mucho. Es cara.”
Necesitaba hacer algo para distraerse, y vio que Elepé se estaba disponiendo a hacer la compra.
No, le dijo una voz interior, no salgas. Pero lentamente fue razonando: la calle era mucho más segura, pues allí había más gente. Así que consiguió el permiso del cura para ir al supermercado.
Menudo error.
Para ir al comercio, tenía que subir un tramo de la calle San Bernardo, que estaba en cuesta. Al llegar a la altura de la tienda, tenía que cruzar un semáforo. Y al otro lado le vio. El mismo pelo rubio oro. Los mismos ojos azules. Un paquete alargado envuelto en tela en la mano que solo podía ser una cosa. Cuando los coches empezaron a circular, Oren se libró del shock en el que estaba y empezó a correr huyendo del asesino.
Pero este también se había percatado de la víctima, así que corrió temerariamente a través de la calzada hasta dar alcance al chico. Sacó su espada de la funda de tela y, usando sus poderes de fuego, la puso al rojo.
- No es nada personal- le dijo a Oren.- Quisiera poder explicártelo, pero no hay tiempo. Que sepas que es por el bien común.
“¡Bien común una mierda! Magia, ¿dónde estás?”, pensó Oren tras ser arrojado al suelo. Intentó revolverse, pero el mago, que estaba encima de él, era demasiado fuerte. Entonces lo escuchó.
- ¡Métete con alguien de tu tamaño!
La voz había hablado en inglés, idioma que Oren conocía por la procedencia de sus padres, Manchester.
Acto seguido, una silueta vestida de negro que sujetaba una espada negra arremetió contra el de la espada roja. Este se defendió a duras penas y se alejó de Oren. Como ya no tenía a nadie encima, el chico rubio se alejó de los combatientes. El asesino hizo aparecer una llama en la palma de su mano libre, pero el salvador describió un amplio movimiento con el brazo. Por donde pasó la mano, quedó una estela de oscuridad que se tranformó en dagas de sombras que volaron e impactaron contra el asesino. Este, al ser herido, efectuó un intento desesperado de dañar a Oren: le lanzó la espada. Oren la paró abrazándola con el pecho. Notó un olor acre: tela quemada. Entonces recordó que la espada estaba al rojo. La soltó, y corrió gritando al piso del cura.
Estuvo allí en lo que le parecieron cinco segundos. Abrió el congelador, agarró una bolsa de hielo y...
Al mirarse la piel que había quedado al descubierto, notó la extraña ausencia de dolor.
Y es que la sudadera, el jersey y la camiseta estaban calcinados, pero en la piel de su torso y sus brazos no había ni una quemadura.


Capítulo 3

3. Un ángel

- ¿Qué te ha pasado, por Dios?
- Elepé…
Oren luchó por contener las lágrimas. No se lo había contado, ni pensaba hacerlo, pero no podía aguantar más.
- Aquel día… no solo murieron mis… mis padres, también…
- Calla- le abrazó.
- Pero… Ahora eres mi padre… ¿Cómo vas a quererme si no sabes nada de mí?
- Tranquilo- le besó en el pelo.- No quiero saber de eso, pero eso no significa que me importes o no- se separaron.- ¿Sabes por qué a los curas se nos llama padres?- hizo una pausa.- Porque tenemos la obligación de guiar, perdonar y querer a toda la gente del mundo. Toda, por poco que sepamos de ellos. Y tú no eres ninguna excepción, Oren.
- Gracias, Elepé- se volvieron a abrazar.- Los ángeles guardianes existen.
- Lo sé.
Oren no podía definir de otra manera la silueta negra que le había protegido, aunque no pareciera un ángel. Le había salvado la vida dos veces, y había hecho su piel ignífuga para que no se quemara con la espada.
Aquella noche durmió como no lo había hecho en mucho tiempo.

No así Dornem. Cuando el asesino se puso en fuga, el mago atormentado se quitó la máscara. Nadie sabía quién era, así que no se fijarían demasiado en él; no le importaba.
Siguió al mago hasta su casa. Entraría por la ventana, pero solo necesitaba conocer la puerta: la magia del piromante le diría el resto.
Esperó a la noche. Uno de sus poderes más útiles consistía en la habilidad de poder disolverse en la oscuridad, deshacerse en ella, y en ese estado podía desplazarse a velocidades increíbles, traspasar el cristal y colarse por cualquier oquedad, por pequeña que fuera. Por eso el Gabinete nunca le intentaba atacar de noche, por eso podía haber viajado por todo el mundo en apenas dos semanas.
Se disolvió en la noche y entró por la ventana. Había una luz en la vivienda. Se puso la máscara y, con la ropa tejida en sombras, fue a la luz.
El mago estaba en la cocina, viendo un partido de fútbol europeo en la televisión. Dornem le cogió por debajo del hombro, le levantó de la silla y le tiró al suelo. Le propinó dos o tres patadas.
- Que no vuelva a oír que tocas a ese niño.
- Tengo una buena razón para matarle- jadeó el mago.
La cuarta fue para las costillas.
- Ningún asesinato es por una buena razón.
El piromante soltó una risa.
- ¿Seguro?- su acento al hablar inglés irritaba al mago.- Sé quién eres. Eres Dornem. Y tú seguramente no pienses eso.
Dornem se enfadó aún más. “¡Yo nunca quise convertirme en esto!” Se agachó y sintió con satisfacción la mandíbula del hombre bajo su brazo derecho.
- Pronto… lamentarás…-tosió y escupió sangre- haberle salvado.
- Y tú lo lamentarás aún antes si le matas.
Se levantó y empezó a irse. Pero entonces el mago dijo:
- Seguramente solo estés haciendo algo bueno para ver cómo te sientes al hacerlo.
Dornem se volvió con calma: parecía calmado cuando rebasaba cierto límite de ira.
- Vi que te dejaste la espada- se agachó y le cogió la mano derecha.- Te voy a hacer un favor.
- ¿De verdad?- su ironía era odiosa.
Dornem apretó la mano hasta que oyó un crujido.
- Ya no la necesitarás en mucho tiempo.
Dejó al mago gritando de dolor en el suelo. Puestos a hacer psicoanálisis barato, Dornem podría haberle dicho que se estaba proyectando a sí mismo en él. Que el dolor que le causaba al mago era el que querría causarse a sí mismo. Pero él no era ningún Freud.
Se fue y buscó un sitio bueno para hablar. Lo encontró: una alta azotea donde nadie le vería. Después fue a la casa de su protegido: su magia era tan característica que no necesitó ninguna información previa. Se coló por la ventana y estuvo en su habitación. Miró al chico: su rostro dormido mostraba una tranquilidad que Dornem había olvidado. Miró el cuarto, ya que sus poderes le permitían ver en la oscuridad, para buscar un trozo de papel. La decoración le pareció rara para un niño de diez años, pero no le dio más importancia. Cuando encontró el papel, grabó en él unas letras con sombras, y lo dejó en la mesilla del chico rubio.

En el ascensor, Oren Sylvan se movía inquieto. Eran las diez de la mañana, y Elepá le había dejado salir (“¡Espero que lo pases mejor que ayer!”, le había dicho sonriendo). La razón para salir era una nota cuyas letras de sombras se habían disipado nada más leerla, en la que ponía una dirección, una hora y una frase: “Nos vimos ayer”. La había visto al despertarse en su mesilla. Sabía que era de su ángel de la guarda, ya que había visto sus poderes, y estaba impaciente por llegar a la azotea. Finalmente, el ascensor se detuvo, y él salió. Subió el tramo final de escaleras y salió por una puerta de metal.
Le recibió la brisa jugueteando con su pelo. Al frente estaba una figura de espaldas. Era alta y negra, con sombrero. Su gabardina se movía con la brisa. No cabía duda, era él. Oren corrió y le abrazó.
- ¡Gracias, gracias, gracias!- exclamó.
El ángel le apartó muy bruscamente.
- ¡Eres tú! Me habías asustado- su tono se ensombreció.- Si supieras más de mí no dirías eso. No me lo merezco.
Se quitó el sombrero y la máscara, y su ropa se transformó. El ángel de la oscuridad pasó a ser un adolescente casi normal, porque era albino. Pero algo en sus pupilas no le convencía, como tampoco le convencía su última frase.
- ¿Por qué dices eso? Eres mi ángel de la guarda. Me salvaste la vida.
Una sonrisa triste cruzó el rostro del joven.
- No soy ningún ángel. Me llamo Dornem. ¿Nos sentamos?
Se sentaron de espaldas a la calle, apoyados en la baranda.
- ¿Quién eres- le preguntó Dornem,- y qué eres?
- Me llamo Oren Sylvan.
- ¿Nada más? ¿Nada especial?
- Bueno… Algunos dicen que hago magia. Yo no lo creo.
- Puedes hacerla. Lo sé- se anticipó- porque mis poderes me permiten sentirla.
- ¿Por qué decías que no merecías que te diera las gracias?
Dornem cerró los ojos y espiró fuertemente.
- He hecho cosas horribles. He matado a mucha gente.
Oren sintió el impulso de alejarse.
- Quédate. No te haré nada.
- ¿Cómo puedo estar seguro?
- Hace tiempo tuve un amigo. Una vez me pidió dos cosas. Me dijo: “En algún lugar del mundo hay un niño único. Encuéntralo y protégelo.”
- ¿Y la otra?
- Que le enterrara. Murió esa misma noche- estuvieron un rato en silencio.- No era humano, era una Bestia del viento. Era parecido a un grifo, pero negro y cubierto de plumas duras como el acero…
- ¿Y ese niño único soy yo?- interrumpió Oren.
- Sí.
- Pero hay más gente que puede hacer magia. ¿Por qué yo soy único?
- Esa es una buena pregunta. Quiero responderla. ¿Por qué me dabas antes las gracias?
- Me salvaste la vida dos veces.
- ¿Dos?- Dornem le miró sorprendido. Una ayer, pero la otra no fui yo. ¿Qué pasó?
¡No había sido él! Entonces, ¿qué le había salvado esa vez?
- Mató… mató a mis padres.
- ¿Quién?
- El hombre de ayer.
- Ah, ese. No te preocupes más por él.
Oren se tranquilizó: a pesar de lo que dijera Dornem, parecía que se podía confiar en él. Como decía Elepé: “Una persona arrepentida es alguien nuevo y mejor”.
La puerta de las escaleras se abrió.
- ¡Mierda!- exclamó Dornem, y se puso de pie.
Entraron diez hombres grandes y musculosos que parecían agentes de las películas americanas.
- Debería haberlo previsto… Lo siento, Oren.
Oren también se levantó. Dornem se puso su máscara y se transformó en el mago oscuro.
Entró una undécima agente, una mujer.
- ¡Tú!- exclamó Dornem.
- Sí, yo. Inesperado, ¿verdad? Bueno, chicos, ya conocéis las órdenes.
Un presentimiento le dijo a Oren que se tumbara, y al segundo siguiente, una ráfaga de balas alcanzó de lleno a Dornem, que cayó de rodillas.
- ¿Y el niño?- oyó a un agente.
- Le consideraremos cómplice.
Eso fue lo peor que podía oír Oren en ese momento. Salió corriendo, dando un rodeo para evitar a los hombres en un intento desesperado de llegar a la puerta. Pero un agente le cogió con un abrazo de oso. A Oren le dio un ataque de pánico: no quería morir, no quería volver a..
Sintió cómo algo en su interior se abría. Después, micho fuego. El agente le soltó gritando. Él no esperó, y se fue sin pensar demasiado en lo que acababa de pasar.
- ¿Y ahora qué?- dijo un agente mientras el otro se revolvía en el suelo para apagar las llamas que devoraban su ropa.
- Gajes del oficio, Martin. Acostúmbrate.
- Dejadle…- la voz de Dornem reflejaba el dolor que le habían provocado los disparos.- Está limpio como el agua.
- Quizá a él le dejemos ir, Jakob- respondió Rachel Smithson,- pero a ti, no.
- No- se levantó.- Yo me voy solo.
Se subió a la baranda, dio un paso hacia atrás y cayó de la azotea.


Capítulo 4

4. Un cambio

Oren llegó jadeando a casa de Elepé. Decidió no decir nada: esta vez no traía signos evidentes de lo que había pasado.
- Hola- saludó.
- Hola, Oren. Mira, está aquí la señora Grenland. Quiere hablar contigo.
A Oren se le pusieron los pelos de punta: ¿qué querría?
Entró en la cocina, donde ya estaba Amelia.
- Cierra la puerta.
Oren no pudo evitar hacerlo. Entre su magia y su mirada, Oren creía que Grenland le iba a congelar. Pero hizo un gran esfuerzo y consiguió aparentar tranquilidad.
- ¿Qué pasa?
- Dornem.
Ninguna actuación podría haber ocultado su reacción. Se sintió como si le hubieran pillado robando, o algo peor.
- Está… está muerto- tartamudeó.- Vi cómo le disparaban.
- Muchos magos pueden sobrevivir a disparos. Él, desde luego. ¿En qué coño estabas pensando, reuniéndote con alguien buscado por el Gabinete?
Oren no tenía ni idea de lo que decía la maga, pero respondió con sinceridad:
- Él me estaba protegiendo.
- ¿Proteger? ¿Dornem, proteger? Puede que haya salvado tu vida alguna vez, pero si te sigues viendo con él es más probable que mueras. De hecho… ¿no has estado hoy a punto de morir?
- ¿Cómo lo sabes?- murmuró Oren.- Casi parece mi madre…- dijo para sí.
- Dornem lleva diecisiete años buscado por el Gabinete, y usa conjuros que impiden que envejezca. Su aspecto es conocido por muchísimos magos. Así que cuando estaba viniendo hacia aquí, le vi entrar en un edificio. Decidí ignorarlo, pero muy poco, demasiado poco después, entraste tú. Y lo de que casi te han matado… Hay cosas que no se olvidan. Creo que no tienes ni idea de lo que haces. Vas a ciegas en un camino con fuego a cada lado. Tienes que empezar a aprender, sobre la magia y sobre el mundo en que te mueves. Por eso, ya le he exigido al señor Pérez que te vengas a vivir conmigo.
- ¡No!- exclamó Oren.
Desde que se había recuperado del trauma, Oren anhelaba volver al colegio con sus amigos y a su club de esgrima: recuperar, en la medida de lo posible, su vida. Y ahora Amelia Grenland, aunque no lo había dicho definitivamente, se lo estaba quitando.
Recordó su primera charla con esa mujer, y solo pudo comprobar la certeza de sus palabras: “Pero la magia también quita. Y se paga cara.” Vaya si quitaba.
Oren decidió lanzar un último golpe a la desesperada.
- No podrás. Adoptarme te va a ser muy difícil, ¡y no llevarme al colegio es ilegal!
Amelia sonrió.
- Tendrías razón si no tuvieras magia. Pero la tienes, y las leyes que nos regulan a ti y a mí son muy distintas de las que regulan a la mayoría de la gente.
- Pero no sabes si tengo magia o no. Ayer dijiste que solo sospechabas.
- Pero hoy te has reunido con Dornem, que puede ver la magia. Buen intento, Oren.
Se fue, y Oren se quedó sin habla. En menos de un mes, su vida había cambiado demasiado demasiadas veces.
- Oren- Elepé entró a la cocina.- Me ha dicho que vayas esta tarde. Pero que sepas que me tienes aquí para lo que necesites.
Nada podía haberle enfadado más.
- ¡Necesito a alguien a quien contarle todo y tú no quieres oírme! ¡Por tu propio bien! ¡No eres un padre para todos, eres un egoísta!
Corrió y se encerró en el cuarto. Se tumbó en la cama, enterró la cara en la almohada y empezó a llorar. Todo el mundo parecía tener algo que decir, todos pedían a Oren que creyeran solo a ellos mientras condenaban a los demás. Todos eran titiriteros, y él, el único títere; que sólo podía ver, impotente, las luchas de los demás para hacerse con los hilos. Cuánto quitaba la magia: también se había cobrado su libertad.
Empezó a poner su ropa y sus pocas pertenencias en una maleta de Elepé: no había elección, y era lógico que junto a una maga estaría más seguro que allí.
La casa de Amelia Grenland distaba solo tres manzanas de la de Elepé, pero en el viaje, Oren dejó atrás una vida. Otra vez.
Se echó a temblar al pulsar el timbre. Abrió la puerta una mujer diferente: era idéntica a Amelia, y probablemente se llamara igual, pero la Amelia Grenland que Oren conocía era impecable: en el vestir, el moverse y el hablar. Pero esta estaba apoyada en el marco de la puerta, en pijama, y el maquillaje ya no disimulaba sus ojeras azuladas. Ante el cambio, Oren no supo decir nada.
- Hola- saludó.- Pasa, no muerdo. Deja aquí la maleta. Siéntate si quieres.
Oren no se sentó.
- Perdona por cómo he actuado estos días. En realidad, no soy tan brusca, ni tan borde. Tenía que imponerme ante ese cura, qué mal me cae… ¿Puedes perdonar lo mal que te he hablado?
- Me… me hablabas mal hasta cuando estábamos solos.
- Creo que el cura nos escuchaba.
“Te trataré bien, marionetita, ven conmigo.”
- Te… perdono- concedió el chico de ojos grises con cautela.
- Gracias. No tenemos por qué hablar ahora, ¿sabes? Tómate tu tiempo, come algo si quieres, mira la casa. Es muy espaciosa… demasiado para vivir sola.
Oren se percató del tono triste de Amelia al decir la última frase. Optó por la última alternativa.
Su casa tenía dos habitaciones, dos baños, un comedor, la cocina y una sala donde estaba todo el equipo informático. Las paredes estaban pintadas de colores no muy normales: naranja oscuro, o índigo. La decoración era un mosaico de piezas de muy distintas épocas y procedencias. Sin embargo, quizá de forma extraña, el conjunto era la casa más acogedora en la que Oren hubiera estado nunca.
- ¡Hora de comer!- anunció Amelia.
Su comida era como su casa: muy rara, pero sabía bien. El chico ya no sabía qué pensar de la maga: lo que había visto de ella en esa hora escasa había disminuido su temor y aumentado su afecto hacia ella. La preguntó si volvería al colegio: era ilegal que no fuera.
- Qué importa lo que sea legal o ilegal en los estados. A nosotros ni nos va ni nos viene.
Oren recordó que esa mañana la maga había hecho una alusión a algo parecido.
- ¿Por qué los magos no tenéis que ver con la política?
- Eso implicaría empezar tus lecciones de magia- el tono de Amelia era más alegre.- ¿Estás dispuesto?
La curiosidad mató al gato.
- Sí, por supuesto.
- Vale. Ponte cómodo. A ver por dónde empiezo… Hay magos en todo el mundo. Sin embargo, somos una minoría, apenas siete millones en toda la población mundial. Pero somos muy poderosos. Podríamos organizar golpes de estado y apoderarnos del mundo, o de algún país, como ya ha pasado muchas veces. Por eso, tras las catástrofes mágicas ocurridas en la Segunda Guerra Mundial, al crearse la ONU, se decidió hacer un departamento especial para regular los asuntos mágicos: el Gabinete.
¡Así que eso era el famoso Gabinete! Pero esos agentes…
- ¿El Gabinete no es como un servicio secreto?
- Solo sus fuerzas de acción. Bueno, pues en 1950, el Gabinete estableció una serie de leyes para los habitantes mágicos de todos los países, menos el país de Aho Shan.
- ¿Me las vas a decir?
- Por supuesto.
Oren se arrepintió de haber empezado: ahora tendría que escuchar una serie de largas y aburridas leyes.
- Primero: en todos los estados, menos el país de Aho Shan, el Estado no intervendrá en asuntos mágicos, ni los magos en asuntos de Estado.
- ¿Y no podéis trabajar?
- No tenemos nacionalidad. No en la mayoría de trabajos.
- ¿Y cómo os mantenéis?
- El Gabinete nos da un sueldo permanente.
- ¿Y en Aho Shan?
- Vaya, veo que aprendes. Pero te hablaré del país de Aho Shan tras acabar con las leyes. La segunda ley es que el Gabinete es la única autoridad superior a cualquier mago, menos los ciudadanos del país de Aho Shan. Y ya está.
- ¿Ya? ¿De verdad?- Amelia asintió.- ¿No hay leyes sobre mataros entre vosotros ni matar gente?
- Lo segundo entra en la primera ley. Sobre lo primero… A ver, matar no es moral, pero al Estado le da igual que nos matemos entre nosotros, y el Gabinete no investiga asesinatos, ni delitos, ni persigue delincuentes a no ser que sea algo muy gordo.
Si era así, ¿qué había hecho Dornem? Hasta él había dicho que había hecho cosas malas…
- ¿Y qué pasa con Aho Shan?
- El país de Aho Shan vendrá más tarde. Ahora deberías aprender un poco de magia práctica.
- ¿Cómo? No sé qué puedo hacer.
- No, pero lo averiguarás. Espérate.
Se fue, y tras un rato, volvió con dos grandes libros antiguos.
- Aquí están explicados los básicos de las disciplinas mágicas más importantes.
- ¿Y me lo leo todo, a ver qué puedo hacer?
- No, lee sólo el primer párrafo de cada cosa. Tu talento te llamará, es lo que más te va a interesar. Vamos a tu habitación.
La habitación de Oren tenía una gran ventana que daba a la calle. Estaba pintada de un color amarillo blanquecino. La decoración era bastante infantil. Había una cama, una silla y una mesa, sobre la que estaba…
Amelia la cogió rápidamente. Pero Oren había podido verla. Era una fotografía de un niño pequeño, con el pelo del color de la arena de la playa. La maga se fue, dejando a Oren solo ante unos antiguos libros.
Oren abrió el primero. La primera frase ya le desanimó: “De este impreso el único propósito es el de exponer las principales magias y explicar sus básicos.” Si todas las frases eran así, no podría ni aguantar un párrafo. Miró los títulos de las secciones: “Hidromancia”, “Criomancia”, “Piromancia”...
Le echó un vistazo a esto último, pero de nuevo el lenguaje le echó atrás. “Geomancia”, “Magias del bosque”, “Hemomancia”, “Magia lumínica elemental”...
Pasó al segundo libro.
“Magia de invocaciones”, “Magias del espacio”, “Transformismo”, “Simbolismo”...
¿No era el simbolismo una técnica artística? Sus padres, ambos historiadores del arte, le habían hablado siempre que iban a los museos del simbolismo de este cuadro o esa estatua…
“Dícese del simbolismo que es la magia de aquellos que pueden trazar variaciones con líneas tales que puedan ser estables, que tengan la capacidad de almacenar magia y que le den forma a la susodicha magia al ser liberada del conjunto de líneas, denominado símbolo…”
Oren ya estaba enganchado a la lectura. Además de eso, supo que los símbolos tenían dos componentes: forma y trazado. Averiguó que esto último era aportado por la magia del simbolista, y que determinaba la potencia del símbolo. También aprendió que los símbolos se recargaban en estado de reposo usando la magia del simbolista, y que se descargaban al usarlos; al contrario que los conjuros y hechizos, que absorbían y usaban la magia simultáneamente.
Cuando se quiso dar cuenta, Oren ya había leído dos páginas. Las siguientes eran los símbolos más básicos y la explicación de sus usos. Ahora solo necesitaba un “instrumento en extremo afilado, como los utensilios de los cirujanos o las espadas de los guerreros del Cipango que estos llaman katanas.
- ¡Oren! ¡Me voy a duchar!- dijo Amelia desde el baño.
“Perfecto”, pensó el chico.
Con un poco de dinero que tenía en la maleta, salió sin cerrar la puerta para no tener que abrirla al volver y corrió a través de la densa lluvia que había empezado a caer mientras él estaba enfrascado en la lectura; hasta llegar a una tienda de utensilios médicos. Allí compró un bisturí, y se sintió ligeramente orgulloso: conocía su barrio como la palma de su mano.
Y en tres días grabó dos símbolos en su cuerpo, uno en cada antebrazo.

Esta frase es la mitad de la historia.


Capítulo 5

5. Una amiga

Esa noche, la del 28 de enero, fue muy importante para Oren Sylvan. Aquella noche hizo tres cosas: demostró su habilidad, encontró una amiga y averiguó muchas respuestas. Y todo ello sucedió en apenas tres horas.

Esa tarde, Amelia le había llevado al cine. Cuando salieron, llovía a mares, asi que se calaron las capuchas de sus abrigos y echaron a andar.
El barrio de Malasaña, donde vivían, es un barrio curioso. En su urbanismo abundan las calles largas y estrechas dispuestas irregularmente. Hasta hace poco era uno de los barrios bajos incluido en el centro de la ciudad: de noche era hasta peligroso. Pero después, sus bares y su ambiente bohemio le catapultaron a la fama. En la actualidad, conviven ambos aspectos del barrio.
Pero esa noche, Malasaña estaba claramente vestida a la antigua. La larga calle, bañada por la lluvia, estaba iluminada por demasiadas pocas farolas, muchas de las cuales parpadeaban por su antigüedad.
Entonces la vieron. Era una persona que, para Oren, no encajaba en ese barrio. Tampoco le daría miedo en otras condiciones. Pero el contraste y el ambiente la hacían realmente temible.
Ella era una viejecita, decrépita y encorvada. Su vestuario, típico de las ancianas y de colores poco llamativos, incluía una caperuza que impedía que sus facciones fueran vistas. Su mano, huesuda, maltratada y llena de callos, se apoyaba sobre un bastón metálico. Amelia Grenland se detuvo en seco.
- ¡Señora Gaona! ¡Qué sorpresa!
Fue hacia ella.
- Para mí no, Amelia- su voz, la agradable voz de las ancianas, le parecía siniestra a Oren.
- ¿Me buscabas?
- No a ti- sacó una segunda mano de entre las telas y señaló.- A él.
Amelia cambió su tono de voz.
- ¿Qué quieres de él?
- Solo su muerte. No puede vivir, es un peligro.
- No puedo dejar que le mates.
- Todos morimos. Si no me crees, mírame a mí. No me queda nada. Tal vez mañana ya no esté. Pero debo aprovechar hoy, que sí estoy aquí, para hacer un favor al mundo.
La temperatura de la calle descendió aún más. El agua de alrededor de Amelia se congeló, y el hielo de su alrededor subió a sus manos, donde se transformó en unas garras como las de Lobezno.
- Sabes que no puedo permitir que le mates.
- Y tú sabes que no dejaré que seas un obstáculo- golpeó el suelo con su bastón.- Sauda.
Tres lobos gigantes, del tamaño de una persona y hechos de luz de color azul cielo, aparecieron. Uno de ellos se abalanzó sobre la otra maga, la tiró y se tumbó sobre ella. Los otros dos se colocaron a sus lados.
- Si no intentas nada raro, Amelia, mis pequeños tampoco. Y ahora- encaró a Oren,- me ocuparé de ti. Pero te tengo que pedir algo: perdóname.
Entre todo el miedo y la parálisis mental y corporal, logró formar un pensamiento: “Todos los que me intentan matar dicen algo así, que no lo hacen por gusto, sino por obligación.” ¿Les obligaría el Gabinete? No, no se parecían en nada a sus agentes.
Volvió a golpear el suelo con el bastón.
- Narúa.
Esta vez apareció un gran tigre; su composición era idéntica a la de los lobos. El tigre le miró a los ojos, y empezó a caminar hacia él. Oren no podía moverse: sus dos símbolos, ambos básicos, nada podrían hacer contra eso…
- ¡Corre!- el grito de Amelia era desgarrador.- ¡Por lo que más quieras, Oren, corre!
El cuerpo de Oren empezó a responderle, y echó a correr. El tigre, detrás de él, hizo lo mismo. Aunque el animal fuera más rápido, Oren giraba mejor. Así, se consiguió mantener a salvo un rato. Pero pronto se cansó, y su velocidad disminuyó. Enfiló una larga calle. El tigre cada vez se acercaba más a él, y supo que debería girar o morir. La única opción era una calle que se abría a la derecha. Todos sus instintos intentaron impedir que fuera por allí, pero era la calle o el tigre. Giró.
Y se chocó, literalmente, con su error. La "calle" no era más que un callejón sin salida. Sin escapatoria.
El gran tigre, sediento de sangre, entró al callejón bloqueando la única salida. Oren decidió resistir todo lo que pudiera. El tigre saltó a por él, abriendo las fauces. Oren tocó su antebrazo izquierdo, y los dientes del tigre se encontraron no con una presa, sino con un escudo hecho de luz rojiza. En el libro ponía que debía ser amarillo pálido, pero en ese momento era lo que menos preocupaba a Oren. Activó el símbolo de su otro antebrazo tocandolo con la mano: una hoja luminosa, pegada a su muñeca, y que surgía paralela al dorso de su mano. Brillaba con el mismo color de su escudo.
Se sintió como un gladiador en un circo romano y, por una vez, albergó alguna esperanza. El tigre, viendo que la presa no era tan fácil como en un primer momento hubiera pensado, lanzó un golpe con la zarpa. Oren lo bloqueó con el escudo.
Pero el animal estaba hecho de magia, no de carne, y por eso su golpe fue muy fuerte, mucho más de lo que algún verdadero tigre pudiera hacer jamás. Y el escudo se rompió y voló en pedazos que pronto se disolvieron. Oren Sylvan estaba muerto.
Pero, desde detrás del tigre, sonó un débil maullido. Y el instinto del depredador, animal al fin y al cabo, le traicionó. Se giró y rugió amenazadoramente. Una pequeña forma negra huyó sin fuerzas bajo la lluvia.
Oren no malgastó la ocasión: con la espada, que no se había roto, penetró el cuerpo fantasmal del tigre por el costado y el cuello. Este gritó de dolor y cayó al suelo. Acto seguido desapareció.
Oren miró a su salvador: un pequeño gatito, calado hasta los huesos, que le miraba aterrorizado. El chico no pensaba dejarlo solo; le cogió, y con su brazo izquierdo y el cuello, improvisó un refugio donde el felino pudiera calentarse. El gato negro, que en un principio temblaba de miedo y frío, se durmió. El joven mago desandó la distancia que había corrido y, en la calle inicial, encontró a Amelia Grenland sentada en un portal, sollozando.
- ¡Amelia!- gritó Oren, y fue hacia ella.- ¿Qué pasa?
Amelia le vio, se levantó y le abrazó.
- ¡Gracias a Dios! ¡Estás vivo! ¿Cómo escapaste?
Oren empezó a explicarlo. Cuando llegó a cuando había usado los símbolos, Amelia exclamó:
- ¡¿Pero tienes idea de lo peligroso que es el simbolismo sin maestro?! ¡Un solo fallo y… a saber lo que habría pasado! ¿Eran tus primeros símbolos? ¿No practicaste primero sobre papel?- escuchó las respuestas de su huésped.- Entonces- le miró con sus ojos de hielo,- tienes verdadero talento para el simbolismo. Tienes suerte, no es algo común, y muchos simbolistas novatos como tú mueren por un fallo en la forma del primer símbolo que graban sobre ellos mismos.
Oren le explicó el resto de la historia.
- Y he aquí a mi salvador.
Levantó la cabeza para que su anfitriona pudiera ver al gatito, cuyo pelaje se confundía con el color azabache del abrigo de Oren.
- Yo estuve mucho rato bajo ese lobo, hasta que doña Gaona dijo: “Ha terminado”. Dios mío, qué miedo he pasado. Pensé que habías muerto.
Se percataron del frío y corrieron al piso de Amelia, donde Oren se puso pegado a un radiador para entrar en calor. Amelia, al ser criomante, no tenía problemas con la temperatura.
- Trae a ese gato. Si quieres quedártelo, tiene que sobrevivir, y para eso hay que secarle.
Oren se lo dio. El gatito se despertó pero no hizo ningún movimiento, tal era su debilidad. Amelia le llevó al baño, desde donde anunció:
- No es un gatito, sino una gatita.
A Oren poco le importaba. Cuando se quiso dar cuenta, el cansancio le había hecho caminar hasta la habitación y tumbarse en la cama.
- Buenas noches, Amelia- logró decir antes de dormirse.
Se despertó pronto, y no había sido por una pesadilla. Primero pensó que había sido el hambre: no había cenado nada y le rugía el estómago. Pero después sintió un pequeño peso sobre su pecho, y vio que la gatita estaba ahí, dormida. La cogió entre sus manos con extremo cuidado para dejarla sobre la almohada. Después se levantó e intentó ir a la cocina, pero tardó bastante: aún no conocía ese piso, y le resultaba difícil orientarse en él con poca luz.
Pero cuando llegó a la cocina, vio que las dificultades habían merecido la pena: Amelia guardaba en ella varias delicias semejantes a las que servía en las comidas. Devoró un trozo de empanada rellena de verduras cuyo nombre no conocía, y bebió varios tragos de una botella de cristal en la que ponía “batido de limón y canela”. Después se dispuso a volver a la cama. Cuando estaba andando por el pasillo, oyó el timbre. Instintivamente se quedó inmóvil y se agachó. Amelia salió de su habitación en pijama y se puso frente a la puerta.
- ¿Quién es?
- Lo sabes perfectamente.
La voz le dio un escalofrío a Oren: ¿no estaba muerto?
- Te busca el Gabinete.
- No vengo a hacer daño. Si vienen los agentes, les dices que me estabas tendiendo una trampa, pero fui más listo que tú y escapé.
Amelia dudó unos instantes, pero abrió la puerta.
- Vamos al salón.
Oren vio un trozo de piel de nieve que confirmó sus sospechas. Cuando hubo pasado algún tiempo, fue al salón y se quedó tras la puerta.
- … si que le protegí- estaba diciendo Dornem.- Solo que esa vieja debía de conocerme, e hizo un conjuro para que no me pudiera materializar por allí.
- ¿Y cómo le protegiste?- el tono de Amelia era afilado.
- Tengo… Nada, apenas un amago, un simulacro de poderes mentales. ¿Tú crees que esa pobre gata le habría maullado así a un tigre mágico, sin una dosis extra de valor?
- Pero no has venido a decirme eso. ¿Qué quieres?
- Quiero decirte que Oren no es un mago cualquiera. No sólo es simbolista, tiene talento para otra disciplina mágica.
Un silencio.
- ¿La otra?
- Piromancia.
- Imposible. No… son demasiado distintas para coexistir.
- ¿Por qué no se lo preguntas a él?
- No le voy a despertar, después de por lo que ha pasado.
- No le tendrás que despertar- Oren notó un escalofrío: ¿cómo podía saberlo?- Oren Sylvan- su tono de voz era más fuerte,- ¿no te ha dicho nadie que escuchar conversaciones ajenas es de mala educación?
Oren contuvo la respiración.
- No finjas. Sé que estás ahí.
El chico rubio tuvo que admitirlo. Abrió la puerta y entró.
- Lo siento- murmuró.
Amelia estaba muy sorprendida.
- ¿Cómo lo has sabido?
- Le conozco mejor que tú, Amelia Grenland. A lo que íbamos: Oren, ¿no tienes algún recuerdo sobre usar el fuego?
Oren hizo memoria. No, ¿verdad? No, ninguno.
Sí.
Más que un recuerdo, era una sensación. Algo abriéndose dentro de él, y una explosión ígnea en la que él era el centro. Pero no lograba ubicar esa sensación.
- Sí… sí que he manejado fuego alguna vez… pero no recuerdo cuándo.
- Hace unos días, en esa azotea. Grenland, ¿te convences ya?
Amelia intentó defenderse.
- Eso no puede ser natural. Dos magias tan distintas no pueden convivir en una persona.
- Sí pueden. Tengo una ligera sospecha de cómo, pero es más difusa que una voluta de humo. Necesito una prueba definitiva, pero sé cómo conseguirla.
- ¿Y sólo era eso? ¿Para esto me he arriesgado, Dornem?
- No. He averiguado por qué tanta gente persigue a Oren.
- ¿Qué?- la pregunta del aludido fue automática.
Pero la respuesta fue de lo más críptica.
- Sylvan no es un apellido común.
- Mis padres se apellidaban Sylvan.
- No lo dudo. Y tus abuelos paternos, y sus abuelos paternos. ¿Cuánto tendremos que rastrear en tu árbol genealógico? ¿Trescientos cincuenta años? ¿Cuatrocientos? No lo sé, pero desde luego, Sylvan se convertirá en otra cosa.
- No me gusta lo que estás insinuando- intervino Amelia.
- Ni a mí. Pero es la hipótesis que menos inconvenientes presenta, y por tanto, la considerada correcta. Oren- se giró hacia él,- eres descendiente de Harold Sullivan. Y por eso tienes que tener mucho, mucho cuidado.
- ¿Quién es Harold Sullivan?
- Que te lo explique tu madre- su entonación fue rarísima.
- ¡Hijo de puta!- Amelia se levantó del sofá y la temperatura de la habitación cayó.- ¿Cómo coño lo sabes?
- Sé de ti, Amelia Grenland, aunque esta sea la segunda vez que nos veamos, y la primera que hablamos.
Oren se alejó casi de un salto al ver que Amelia le daba un puñetazo a Dornem con el brazo cubierto de hielo. Dornem lo paró con una mano envuelta en oscuridad y dijo:
- He dicho todo lo que he venido a decir. Oren, nos veremos pronto, he de comprobar tu magia. Amelia Grenland, adiós.
Dornem desapareció.


Capítulo 6

6. Un reencuentro

El alojamiento que el gobierno español les había dado a Rachel y sus agentes era, cuanto menos, espacioso. Tenían habitaciones casi para cada uno.
En la suya, Rachel Smithson se disponía a dormir, cuando llamaron a su puerta.
- Adelante.[center]6. Un reencuentro[/c
Era el agente Martin.
- Agente Smithson- empezó,- quiero que me hable con franqueza. El otro día, en el último avistamiento del Sujeto 0…
- No sé quién era el niño, ni qué hacía con él.
- Ese niño no importa, se sale de nuestro campo de acción. Él no me importa. Pero ese día, se refirió al Sujeto 0 con un nombre que no era ni ese ni Dornem.
Jakob Ledger. Jake. Los recuerdos asaltaron a Rachel, muchos felices, muchos tristes…
- Creo que nos oculta algo, y no pienso recibir órdenes de alguien en quien no confío.
Martin era su mejor agente, y esto solo reafirmó su admiración por él.
- No oculto nada relacionado con la misión. Ya que pregunta, responderé. Conocí al Sujeto 0 antes de que hiciera los Rituales Oscuros. Entonces se llamaba Jakob Ledger.
- Ese nombre no consta en los archivos.
- No ha podido comprobarlo en estos segundos.
- El Sujeto 0 siempre se ha llamado Dornem.
- Eso es porque no se tienen datos de antes de los primeros crímenes. Hizo un buen trabajo limpiando. Todo lo que le digo, agente Martin, es verdad.
- Eso espero.
Martin se fue y Rachel respiró, aliviada. Todo lo que le había dicho era verdad, pero no le había dicho toda la verdad. Jake había sido su primer novio, una fuente de calor en medio del frío invernal del boscoso norte de los Estados Unidos. Pero había resultado ser un mago, y un psicópata desde sus catorce años. Ella fue el objeto de uno de sus Rituales Oscuros, las sangrientas pruebas necesarias para convertirse en un mago de la oscuridad. Y era por Jake por lo que Rachel se había convertido en agente del Gabinete.
Y finalmente estaba tras su pista. Pero, como le habían advertido, el Sujeto 0 era extremadamente escurridizo…
Necesitaba una manera de atraparle. ¿Cuál? Sin avisar, a su memoria acudió una frase del mago oscuro: “Dejadle… Él está limpio como el agua”.
Conocía a Dornem. Ese niño le importaba. Quizá lo que estaba pensando Rachel no fuera del todo limpio, pero funcionaría…
Rachel apagó la luz y se quitó las botas para acostarse.
- Buenas noches, Rach.

Dornem sabía que la herramienta que buscaba la tendría cualquier agente del Gabinete: era muy básica. Por eso, había rastreado a sus perseguidores. Y esa noche estaba dispuesto a conseguirlo. Pero cuando fue al chalet de lujo que el gobierno les había prestado, notó con miedo que en la única habitación sin luz, la única en la que podría materializarse, era la de Rachel Smithson, su ex. Lo había averiguado en las dos noches en que había pasado por allí.
Pero entró en la habitación y volvió a su forma corpórea. Intentó fingir seguridad.
- Buenas noches, Rach.
- Jakob- estaba claramente asustada.- No puedes matarme.
- ¿Seguro?- Dornem tenía que esconder el tornado de emociones que sacudía su alma.- Puedo, pero hoy no quiero.
Rachel se dio la vuelta. Para provocar más impresión, condensó la oscuridad de la habitación en formas parecidas a alas que surgían de su espalda.
- ¿Qué quieres, Jakob?
Dornem avanzó un paso.
- Quiero una herramienta.
- No tengo nada.
- Tranquila, Rach, es muy simple- su alma estaba gritando.- Todos los agentes del Gabinete la lleváis encima. ¿Cómo se llama? Identificador, eso es.
Aprovechando que no llevaba la máscara puesta, en un rápido movimiento Rachel desenfundó y descargó seis tiros sobre su objetivo. Pero Dornem reaccionó rápido y tapó con sus negras alas su blanco cuerpo. Las balas cayeron al suelo con un tintineo.
Dornem siguió avanzando hacia una Rachel indefensa. Esta apretaba el identificador contra su cuerpo muy fuertemente.
- Moriré antes de que obtengas algo de mí.
- Como ya te dije, Rach, hoy no quiero matarte.
Le arrancó el identificador de las manos.
Rachel no podía entender por qué el Sujeto 0 se comportaba así: si mataba a un miembro del Gabinete, tendría todas las fuerzas de la organización tras él. Sabía lo que venía ahora: las víctimas de Dornem, según los forenses, nunca sufrían antes de morir. Sería rápido…
- Tranquila, Rach. Esto acabará pronto, te lo prometo.
Rachel intentó mirar a Dornem. Pero ya no estaba entre la penumbra de la habitación, a pesar de que acababa de susurrarle algo al oído. Esa frase…
Luchó por contener las lágrimas. Esa frase parecía haber venido del Jake de antes, no de Dornem.

Lejos de allí, el mago oscuro apareció en medio de una calle. Dejó cuidadosamente el identificador tras él, para no dañarlo. Acto seguido, vomitó. ¿Cómo podía haber actuado así frente a Rachel?
Volvió a vomitar. La seguía queriendo. Nunca se perdonaría haberla tratado así. Nunca se perdonaría demasiadas cosas. Pero Oren Sylvan estaba aprendiendo rápido. Pronto no necesitaría a Dornem para defenderse, y su promesa a Zaren estaría cumplida. Y entonces, por fin, Dornem obtendría lo que llevaba tanto tiempo anhelando.

Al día siguiente, Amelia bajó a hacer la compra mientras Oren se concentraba frente al espejo para grabar un símbolo con su bisturí bajo su oreja, en el punto donde la mandíbula se une al cráneo.
Cuando terminó, repitió el proceso al otro lado de la cabeza, y una vez que estuvo todo acabado fue al salón para ver un poco la televisión. Allí estaba Amelia. Oren no la había oído volver por su concentración al grabarse los símbolos.
- Mira- señaló la mesa.
Allí había dos libros que (por suerte) parecían casi nuevos. En su portada ponía, en inglés, “advanced symbolism”: simbolismo avanzado.
- Gracias, Amelia- Oren la abrazó.
- No hay de qué.
El chico vio la oportunidad de saber lo que le llevaba rondando la cabeza desde el encuentro con Dornem de la noche anterior.
- Amelia, tengo… tres preguntas. ¿Podrías respondérmelas?
Ella se sentó en el sofá.
- Claro.
- ¿Qué es Aho Shan?
- Buffff… Esa es una pregunta corta, pero la respuesta es muy larga. Siéntate- Oren obedeció.- A ver… Aho Shan es un país, pero es distinto a cualquier otro. Se le llama el Estado Mágico. Está en la costa este de China, entre Pekín y Hong Kong. Además, es uno de los secretos mejor guardados del mundo. Allí… ¿Cómo decirlo? No ves lo que hay si no lo buscas. ¿Lo entiendes?
- No.
- Vale… En Aho Shan, la vida cotidiana no es muy distinta de la de China, así que cualquiera que no sepa que está en un país mágico no podrá notar mucho más que algunos comportamientos raros. Además, las leyes de ese país impiden que alguien no mágico permanezca en él más de una o dos semanas.
- ¿Es muy antiguo?
- Bastante. Si no recuerdo mal, tiene 4500 años, puede que más… Pero ahora, en asuntos no mágicos, y para preservar el secreto, Aho Shan es teóricamente parte de China.
- Pero en realidad no es así, ¿verdad?
- Sí, en realidad van a lo suyo.
- ¿Quién es Harold Sullivan?
- Dios mío… Bueno, sabía que lo preguntarías. Digamos que, hablando de magia, es un personaje histórico importante. Al principio era un noble inglés, un gran mago, pero salvaje y sanguinario. Se convirtió en mago oscuro, y eso aumentó su poder, y siguió matando. Pero murió súbitamente. Pronto, su hijo adquirió el mismo carácter, y luego, cuando murió, su nieto, y su bisnieto… La gente empezó a llamarlo la “maldición de los Sullivan”. Más tarde, se descubrió un antiguo conjuro que permitía, a costa de la muerte de tu cuerpo, pasar tu alma a un familiar cercano…
- ¿Eso es lo que había hecho Harold Sullivan?
- Sí. Cuando se supo, el emperador de Aho Shan le puso en busca y captura, y dijo que cualquier mago que llevara a Sullivan ante él, vivo o muerto, ahoshaní o no, recibiría una recompensa sacada del tesoro real… Pero ni así se logró acabar con él. Estamos más o menos en el 1900, todo eso transcurrió en… ¿500 años? Da igual, mucho. Bueno, pues en ese año Sullivan estaba tan perseguido que desapareció. ¿Había muerto? ¡No! Más tarde se supo que había ido a Prioterra.
- ¿Prioterra?
- Es… una dimensión paralela a este mundo. Estos dos mundos son como… dos notas del mismo acorde. Se dice que de allí vinieron en tiempos antiguos las Bestias, y que trajeron la magia consigo. Allí, Sullivan profanó un sitio llamado la Torre del Sol, y volvió con la Armadura del Sol, un arma mortífera. Ya en la Tierra, durante la Segunda Guerra Mundial se alió con los japoneses para destruir, por venganza, el país de Aho Shan. Pero no tuvo éxito, la Armadura del Sol fue destruida y desde 1945 no se le ha visto.
- Quizá esté muerto.
- Imposible, no recibió heridas graves.
- ¿Y yo soy descendiente suyo?
- Después de lo que dijo anoche Dornem, investigué mucho. Oren, con tus padres muertos, eres el único descendiente de Harold Sullivan.
Oren se sintió horriblemente culpable. El piromante espadachín y Doña Gaona tenían razón: su existencia era un crimen, pensar que podía perpetuar el legado de su ancestro le horrorizaba…
- Quizá… debería morir.
- Tranquilo. Solo tienes que mantenerte alejado de él. Según muchos cálculos, su cuerpo actual sobrepasa los setenta años. Ya debe de estar a punto de morir- hubo un silencio.- ¿No tenías otra pregunta?
- Sí… ¿Por qué dijo Dornem anoche que eras mi madre?
La reacción de Amelia fue extraña: su gesto cambió bastante y volvió a la normalidad, y se removió en su asiento.
- No quería que nadie lo supiera, pero en fin… No puedo ocultarlo más tiempo. ¿Te acuerdas de la fotografía que quité de la mesa de tu habitación?
Oren recordó: era un niño pequeño parecido a él, con los ojos casi idénticos. No. No podía ser…
- ¿Era yo?
- No- Oren sintió un gran alivio.- Vi morir con mis propios ojos a mi marido y a mi hijo. Fue el precio que mi magia se cobró. Pero tú… Tú te pareces a él, Oren, y tienes la misma edad que tendría si no le hubieran matado.

Cuando fue la hora de comer, la gatita negra empezó a maullar a los pies de Oren suplicando comida. Como estaban comiendo pescado, Oren le dio un trozo. Amelia le dijo que debía escoger un nombre para la gata, y mientras lo pensaba, Oren acabó de comer y fue a su habitación. Allí había una escueta nota, escrita en inglés, que se le había pasado al despertarse. Estaba claro de quién era, ya que la frase desapareció después de que Oren la leyera. Pero antes de eso, en la nota decía: “Torre de Madrid, esta tarde a las siete y media”.


Caítulo 7

7. La caída (1/2)

Desde las siete y cuarto estuvo Oren frente al edificio. La Torre de Madrid, en otro tiempo la mayor construcción de la ciudad, era de color blanco crema, y las ventanas se abrían en sus paredes como agujeros cuadrados. Se alzaba, imponente, junto a la Gran Vía y sobre la Plaza de España, una ancha plaza y una gran plaza cuadrangular que eran de lo más emblemático de la ciudad.
A las siete y media en punto, Oren vio un ya conocido pelo blanco acompañado de dos pupilas rojas. Fue hacia ellas. Sin hablarse, Oren Sylvan y Dornem entraron al vestíbulo y, sin ser detenidos, llegaron al ascensor. Entraron, y Dornem presionó el botón de uno de los pisos superiores.
- Tienes las mangas chamuscadas, Oren.
Este bajó la vista.
- Controlar el fuego era difícil al principio.
Dornem tenía una risa de nieve: clara y ligera. Cuando cesó su carcajada, dijo:
- Todos hemos tenido accidentes con nuestra magia- el ascensor se paró y sonaron tres notas.- Hemos llegado.
La planta, obviamente usada para oficinas, estaba desierta. Oren fue a preguntar por qué en ese edificio, pero halló la respuesta solo: los agentes no se atreverían a actuar en un edificio tan importante y concurrido.
Dornem fue al interruptor. La luz se hizo en la planta: en enero, a esas horas es totalmente de noche.
- Toma asiento, por favor, y súbete la manga.
Oren obedeció, y Dornem se sentó junto a él. Sacó de sus vaqueros un extraño aparato: parecía sólo una pantalla, y en la parte inferior tenía dos pequeñas puntas de metal.
- ¿Qué es? ¿Para qué sirve?
- Se llama identificador. Ya lo verás. Te voy a tener que dar un pinchazo.
Antes de que Oren pudiera reaccionar, Dornem le agarró la muñeca y, presionando el aparatito contra su brazo, hundió los pequeños pinchos en su piel.
- ¡Au!
- Ya está, no ha sido nada.
La pantalla se encendió y apareció una palabra inglesa: “Procesando…” Unos pocos segundos después, apareció un esquema. En el esquema aparecían las palabras “sujeto estudiado” en la parte superior, y de ella salían dos flechas. La primera apuntaba al texto: “Simbolismo. Origen: nacimiento”. El segundo texto rezaba: “Piromancia. Origen: [error= desconocido]”.
- ¡Dice la magia a partir de la sangre!
- Sí. Y creo que ya sé de dónde viene tu piromancia. Oren, ¿recuerdas haber visto algún dragón?- el chico negó.- Pues no es algo que se olvide fácilmente… Pero a lo que vamos, creo que tienes en tu cuerpo un símbolo del que no tenías ni idea, un símbolo que no puede ser grabado por ningún humano. ¿Me dejas comprobarlo?
- ¿Dónde está?
- En el lado izquierdo del pecho, si las leyendas no mienten.
La reacción de Oren fue instintiva: cruzó los brazos tapándose el pecho y se alejó de Dornem todo lo que le permitía el hecho de estar sentado.
- Vamos, no seas vergonzoso.
- No lo mires.
- Puede que estemos ante un momento histórico, venga.
- ¡No!
- ¡Déjame mirarlo, joder!
El mago oscuro se abalanzó sobre el joven piromante, le desabrochó el abrigo y le abrió la camisa violentamente.
Dornem se quedó paralizado. Sobre la parte izquierda del pecho de Oren, se dibujaron unas líneas del color de las ascuas, que formaban un símbolo intrincadísimo. Pero no era eso lo que había captado su atención.
La piel que recubría el cuerpo de Oren en esa parte estaba en unas partes demasiado tensa, y su color variaba del blanco al rojo de las quemaduras. Además, le faltaba el pezón izquierdo. Esa parte de su piel era una enorme cicatriz.
- No quería que lo vieras- murmuró el chico. Fue ese mago, el de las espada. Quince días antes de que nos viéramos, ese mago entró en mi casa, mató a mis padres y… Lo último que recuerdo es cómo me hundía la espada en el corazón. Después… Después estaba tirado en el suelo con la piel así.
A Dornem le habían insultado mucho durante su vida. Pero nada era peor que lo que le estaban diciendo esos pocos centímetros cuadrados de piel. Le estaban diciendo: “Incumpliste tu promesa. Le fallaste a Zaren. Eres un inútil, inútil, inútil”.
- Joder- murmuró Dornem.
Resultaba que todo por lo que luchaba había estado perdido desde el principio. Sintió todo el peso del pasado, y sobre todo, a Zaren. Había incumplido su última voluntad.
- Joder- dijo más alto, y se levantó.
No había hecho nada por proteger a Oren Sylvan, el chico único. El primer protegido de una Bestia en milenios. Se sentía horriblemente impotente, incapaz de hacer nada.
- ¡Joder, joder, joder, joder, joder!
Con cada palabra le daba un puñetazo a la pared. NO le importó que, a partir de cierto punto, sus nudillos empezaran a sangrar; él seguía gritando y golpeando, gritando y golpeando.
- ¡Cálmate!- Oren había llegado hasta su lado.- ¡No lo sabías! ¡No tienes la culpa!
- ¡Sí tengo la culpa! ¡Sí sabía que existías! ¡No te encontré lo suficientemente rápido!
- ¡Pero no pudiste hacer nada! ¡Tranquilízate!
- ¡Por eso mismo! ¡No pude hacer nada! Ni tampoco pude hacer nada con los Rituales Oscuros, ni con Rach, ni con la enfermedad de Zaren…
Durante esta frase, Dornem se fue relajando, hasta el punto de mostrar su destrozo interno. Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó al suelo. Oren no sabía qué hacer.
Entonces sonaron tres notas: el ascensor había llegado.
- ¡Escondámonos, viene alguien!
Intentaron meterse bajo la mesa. Cuando la puerta se abrió, vieron unas ya conocidas botas, casi militares.
- ¡El Gabinete!- murmuró el albino.- Deben de estar muy desesperados para meterse aquí.
- Sujeto 0- la voz de Rachel Smithson destilaba autoridad.- Sabemos que estás aquí. Revélate.
Dornem sacó la máscara de su bolsillo, se la puso, y mientras su ropa sufría una metamorfosis, salió de debajo de la mesa.
- Aquí estoy, Rachel. Te advierto de que me volveré a ir. Me entregaré cuando llegue el momento.
Oren salió de bajo la mesa, pero por el otro lado.
- Apuntad al niño- ordenó Rachel.
Los agentes lo hicieron. Uno dijo unas palabras por un walkie-talkie antes de obedecer.
- ¿Qué?
- Hemos notado que es muy importante para ti, Sujeto 0. Entrégate o él muere.
Oren, asustado, corrió hacia atrás. Se encontró con una pared, perforada por una ventana. Dornem le siguió y se puso entre él y los agentes.
- A él, no. No ha hecho nada. Ni un delito mágico.
- Si de verdad te importa tanto, Jakob, si de verdad te importa como yo nunca te importé, entrégate. Salvarás su vida.
- ¡No necesito doblegarme para salvarle!
Una especie de zumbido, que ya llevaba un rato sonando, empezó a crecer. De toda la habitación empezaron a surgir jirones de sombras que formaron alrededor de Dornem un verdadero escudo para proteger a Oren.
- Creéme, sí lo necesitas.
El zumbido se hizo ensordecedor. Oren oyó un estruendo tras él, y el ruido de piedras al golpear el suelo. Se giró. La pared estaba destruida. Un helicóptero lleno de agentes apuntándole con armas flotaba junto al edificio.
- Contaré hasta diez. Cuando llegue a ese número, dispararán.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Dornem se puso junto a Oren. Seis. Le dio un codazo e hizo que cayera hacia atrás. Siete. Extendió el brazo hacia los agentes, y cerró todos los dedos de su mano menos el corazón. Las balas invadieron el lugar donde había estado Oren.
Pero no encontraron su objetivo.
Desde una altura de decenas de metros, Oren Sylvan caía a la calle.

7. La caída (2/2)

Acto seguido, Dornem se disolvió en la noche madrileña, y bajó el espacio que le separaba del cuerpo que caía. Se recompuso justo bajo Oren, lo que deceleró un poco su caída. Aún así, el impacto con el suelo fue fuerte, pero se repuso rápidamente. Vio que en la calle no se movía nada, pero a una distancia prudencial muchísima gente observaba la situacíon.
- ¿Qué has hecho?- Oren estaba asustadísimo.- ¡Me has tirado!
- Era la única manera de salvarte y permanecer libre.
- ¿Pero tienes alguna idea de lo que podía haber pasado?
Que hubiera muerto. Pero daba casi igual, sin Dornem velando por él, atado con esas esposas inhabilitadoras de magia que usaba el Gabinete, las posibilidades de muerte de Oren eran altísimas. De hecho, ya le habían matado.
- Lo tenía todo bajo control, no podría haberte pasado nada- mentira.

Del helicóptero había salido una escala, por la que estaban bajando otros agentes, no los que le llevaban tanto tiempo persiguiendo. Al verlo, Oren le dijo a Dornem que le siguiera: conocía el sitio perfecto. Echaron a correr, pero los agentes tocaron tierra. Los disparos empezaron a sonar a su alrededor. La multitud, hacia la que iban, empezaba a dispersarse. Pero ya estaban cerca: apenas unos metros separaban a los amigos de la escalera que les llevaría de la calle ancha a las calles estrechas del barrio natal de Oren. Y allí, si alguien quería esconderse, lo lograba.
Cuando estaba a punto de subir el primer escalón, Oren notó un pinchazo en el gemelo. Después, empezó a doler y arder. Estuvo a punto de gritar al percatarse de que había recibido un disparo, pero se reprimió: podía con ello, tenía el material para arreglarlo. Subió las escaleras cojeando a la velocidad de un vendaval, y cuando estuvo arriba, también mientras cojeaba, se quitó el abrigo y la camisa, quedándose sólo con la camiseta interior. Cortó una manga de la camisa quemándola con la mano y su piromancia, se detuvo, y se la ató rápidamente a la pierna, tapando el balazo. El dolor se incrementó, y Oren hizo una mueca, pero sabía que así el rastro de sangre no le delataría. Dornem le alcanzó.
- ¿Estás bien?
- Perfectamente- gruñó Oren.- Vamos, si no, nos alcanzarán.
Giraron a la derecha, y continuaron un tramo. Subieron una cuesta. Giraron a la izquierda, a la derecha de nuevo, otra vez cuesta arriba. Oren ya no podía con su pierna: era como si tuviera una barra de hierro atravesándola, y latía dolorosamente. Pero ya habían llegado. En la esquina, una taberna llamada “El Maño” bullía con actividad.
- ¿Y ahora qué?- preguntó el albino.
- Algo muy- pinchazo y mueca de dolor- típico de Madrid: pinchos y tapas.
Entraron, o mejor dicho, Dornem entró arrastrando a Oren, que ya no podía caminar. Se sentaron a una mesa Con el gentío, no se les podía ver desde las ventanas.
- Parece que les despistaremos, un rato al menos. Pero hay que hacer algo con tu pierna.
Como respuesta, Oren apretó los símbolos que esa mañana se había grabado a ambos lados de la mandíbula. Una luz rojiza iluminó un segundo esas partes de su cabeza. Acto seguido, sintió en su gemelo una intensa sensación de desentumencimiento. La barra de hierro que allí tenía empezó a salir. Cuando estuvo fuera, Oren fue discretamente al baño, y volvió con la pierna lo más limpia que pudo, y sin el improvisado vendaje.
- Lo sientou, no hablou espaniol- le estaba explicando con esfuerzos Dornem a un camarero.
- Yo sí. Dos nesteas, por favor- Oren se sentó.
- ¿Qué has hecho?- le susurró Dornem en inglés.
- Símbolos de curación. El trazado de fuego es muy fuerte.
- Y el de fuego de dragón, más.
- ¿Fuego de dragón?
- ¿Quieres que te cuente lo que averigüé?- Oren asintió.- Vale. ¿Sabes lo que son las Bestias?
Oren lo sabía: unos titanes mágicos de la naturaleza que habían venido de un mundo paralelo llamado Prioterra. Algunas Bestias famosas eran krákens, dragones, seres parecidos a los grifos…
- Veo que lo sabes- le cortó Dornem.- ¿Sabes lo que es el protectorado de una Bestia?- Oren negó. El camarero llegó con las bebidas.- Es una relación muy especial entre una Bestia y un humano. Más o menos, se podría decir que a través de símbolos como el que hay sobre tu corazón, una Bestia dota a un humano de magia parecida a la suya. Aunque en realidad es mucho más complejo.
- ¿Cómo más complejo?
- Conexiones mentales, intercambios de recuerdos, y… Bueno, mírate, tu dragón impidió que murieras.
- ¿Cómo sabes que es un dragón?
- Tus poderes son de fuego.
- Pues yo no he visto nunca un dragón…
- Sí lo has hecho, pero no lo recuerdas. Y es muy importante que recuerdes. Porque… eres el primer protegido de una Bestia, al menos el único conocido, desde hace más de mil quinientos años. Y no sabemos por qué; los protegidos no se toman porque sí. Esa Bestia… Era mi mejor amigo pero nunca me grabó su símbolo.
Oren no dijo nada y saboreó su nestea.

Un rato más tarde, alguien se sentó a su mesa.
- ¿Le importaría irse?- le dijo Dornem.
- Mucho, mago oscuro.
El que hablaba era un hombre viejo, pero se conservaba bien. Las arrugas surcaban su duro rostro, en el que estaban enterrados dos oscuros ojos al fondo de dos hoyos. En su pelo descuidado se mezclaban el castaño claro y el blanco.
- ¿Qué quieres?
- He oído que os persiguen, mago oscuro.
- Te pregunto lo mismo: ¿qué quieres?
- Vaya- su risa era como el sonido producido al rayar cristales.- Si no fuera la primera vez que nos vemos, pensaría que me conoces bien. Pues… No te pido nada que no puedas darme. A cambio, os prometo un refugio completamente seguro hasta que esos agentes dejen de buscaros.


Capítulo 8.

8. Una muerte

Dornem pensó un rato, y aceptó. Los tres salieron y entraron a un coche ya anticuado aparcado frente a la taberna. Tenía los cristales de los asientos de los pasajeros tintados, así que podrían ver sin ser vistos. Y desde dentro vieron que el Gabinete tenía una verdadera barrera alrededor del barrio. En una calle por la que pasaron, había muchos policías y un agente con unas extrañas gafas, parecidas a las de un buzo, deteniendo e inspeccionando coches y peatones. Si Dornem no fuera albino, habría palidecido.
- Esas gafas sirven para ver la magia… Estamos atrapados.
- Esos gilipollas del Gabinete no tienen nada que hacer- dijo el conductor.- Tengo símbolos de invisibilidad mágica en el coche.
En efecto, la policía les paró, el agente miró el vehículo por todos lados con sus gafas, y les dio el visto bueno. Circularon unos diez minutos más, entonces el viejo aparcó.
- Hemos llegado.
Su casa era un bajo: un local vacío y unas habitaciones adyacentes. Todo estaba descuidado y poco amueblado. Condujo a Oren y a Dornem a una puerta. Tras ella, había una habitación con una bombilla en el techo, dos camas, una estantería llena de libros, una mesa y una silla, y una puerta al fondo. Y nada más. El sentimiento de abandono se intensificaba por el color blanco de las paredes, yeso sin pintar.
- Esa puerta da a un baño. Cada día os pasaré comida y agua, y recogeré las sobras. Saldréis cuando los agentes se vayan o dejen de registrar cada esquina.
Les hizo entrar y cerró la puerta.
- Estamos atrapados, ¿no?- preguntó Oren.
- Sí. Quizá haya hecho mal en aceptar.
- No quedaba otra.
- Sí que quedaba… Podríamos haber atracado a alguien, a mucha gente, hasta tener suficiente para dos billetes de avión…
- ¿Dónde habríamos ido? Esos agentes te siguieron desde América.
- ¿Cómo lo sabes?
- El acento.
- Bueno… sí. Podríamos haber ido a Aho Shan. Allí el Gabinete no tiene autoridad. En fin, buenas noches.
Dornem se tumbó y apagó la luz. Se durmió casi inmediatamente y tuvo un sueño continuado, profundo, sin ensoñaciones. Demasiado continuado. Demasiado profundo. Sin pesadillas. Aún teniendo la mente atada por Morfeo, Dornem se dio cuenta de que estaba bajo la influencia de un conjuro. Luchó, luchó, hizo mil esfuerzos por liberarse.
Abrió los ojos. La luz estaba encendida. Buscó a Oren por la mirada, no estaba. ¡Mierda!
- Buenos días, Dornem.
El mago oscuro se giró. Allí, en su punto ciego, tras él, estaba el chico: sentado en la silla, arrancó una página de un libro y la puso sobre la mesa.
- ¡Estás bien!
- Claro.
Oren miró intensamente la bola de papel. Tras un corto rato, esta empezó a humear y finalmente ardió.
- No deberías hacer eso con los libros.
- Hay más de cien.
La puerta se abrió y apareció el viejo. Al verles, dijo:
- En media hora os traigo el desayuno.
No había entrado a decir eso. Quería hacer otra cosa, pero algo se lo había impedido. ¿Qué podría ser? Solo una cosa: que Dornem se hubiera librado del conjuro de sueño. ¿Y para qué querría ese hombre estar a solas con Oren?
La única conclusión lógica a la que llegó Dornem era tan aterradora que empezó a repasar su encuentro con él para convencerse de que no era eso. Mientras lo hacía, se dio cuenta de algo, una sensación. La parte de sus poderes que le permitía sentir la magia ajena le había transmitido una sensación inquietante de la que no se había percatado hasta entonces. Si ese hombre era mago, nunca había visto una magia parecida a esa. ¿Cuál podría ser?
“Nadie puede verse a sí mismo”, pensó.
Dios mío.
- Oren, tenemos que irnos de aquí. Ya.
- ¿Por qué?
- No podemos estar aquí ni un segundo más. Vamos.
Abrieron la puerta. El local estaba desierto.
- Sin hacer ruido- susurró el albino. Al ver la duda en los ojos gris tormenta de su amigo, continuó.- Ese hombre es un mago de la oscuridad, y el único mago de la oscuridad en el mundo, aparte de mí, es…- tragó saliva.- Harold Sullivan.
Oren se detuvo un momento, respiró hondo, y siguió.
- Inteligente, el jovencito.
Casi le dio un infarto. Se giró y vio a Harold Sullivan avanzando hacia ellos.
- Veo que te subestimé.
Por primera vez en mucho tiempo, Dornem sintió verdadero miedo. Estaba ante un oponente temible, y a saber qué pasaría si obtenía el cuerpo de Oren Sylvan, el protegido de un dragón. Sacó la máscara del bolsillo del pantalón, y se la puso. Al instante, su ropa mutó.
Oren no sabía qué hacer. Solo podía ver cómo su sanguinario antepasado, con calma, se acercaba más y más y más, como un tigre acechando a su presa. Pero también un pequeño gatito tiene garras y dientes. Presionó su antebrazo derecho, y el símbolo allí grabado generçó una hoja afilada de luz rojiza. Con un grito, se abalanzó sobre Harold Sullivan, y le atravesó por el estómago.
- Basta ya de juegos- dijo el viejo, y le dio a Oren una bofetada que le hizo volar varios metros.
En cuanto la espada simbólica salió de su cuerpo, la herida se cerró. El terror volvió a cazar a Oren y, en el suelo, quedó paralizado. Esperaba que Dornem pudiera hacer más que él.
- Bonita careta- le estaba diciendo el viejo al enmascarado.- Espero que no te importe si me la quedo tras matarte.
Como única respuesta, Dornem entrelazó las manos frente a su pecho. Abrió los brazos, y el movimiento dejó una estela de sombras que se condensaron en dagas de oscuridad que volaron hacia el inglés. Sullivan ni siquiera se molestó en desviarlas. Se le clavaron, y, al disolverse, las heridas se cerraron. Desapareció y reapareció frente a Dornem. Lanzó su puño hacia la cara enmascarada, pero el albino lo esquivó. Contraatacó con un derechazo, que Sullivan recibió sin inmutarse.
Este se disolvió, y se recompuso unos metros más atrás. Efectuó un amplio movimiento con su brazo, y una gran ola de oscuridad lanzó a Dornem a la pared. Antes de que pudiera caer, Sullivan le sujetó al muro con una mano y empezó a darle puñetazos en la cara con la otra. Era demasiado fuerte incluso para Dornem.
- ¿No lo entiendes?- le decía entre golpe y golpe.- Esta sala está decorada por el mejor simbolista de Aho Shan. ¡Esta sala es un símbolo! ¡Aquí soy invencible, hijo de puta!
¡Símbolo! Oren vio un rayo de esperanza. Un pequeño cambio en un símbolo tan grande podría… Oren no lo sabía, pero sacó su bisturí, que siempre llevaba consigo, del bolsillo, y murmuró:
- Apocaliptei.
La palabra griega hizo que pudiera ver todos los símbolos de la sala. Había acumulaciones, formas complejas, unidas entre ellas por líneas simples. El chico estaba tirado sobre una acumulación. Inmediatamente, Oren usó sus poderes para poner el utensilio al rojo vivo, y empezó a hacer líneas sin ningún cuidado sobre las que tenía debajo.
La respuesta no se hizo esperar: todas las líneas de la habitación empezaron a centellear con una luz blanca cegadora. Los combatientes se sorprendieron, y al mirar alrededor, vieron a Oren Sylvan trazando mal un símbolo a propósito.
- ¡No!- gritó Sullivan.
La intensa luz no le dejaba desplazarse por las sombras, así que corrió hacia Oren y le apartó con un puñetazo. Congregó unas sombras, con las que intentó tapar las modificaciones que había hecho Oren. Error. Si modificas un símbolo sin ser simbolista, no puede pasar nada bueno.
La acumulación sobre la que estaba Sullivan explotó. Las demás empezaron a relucir de forma distinta, y Oren supo que toda la sala iba a reventar. Corrió hacia Dornem, que estaba tirado en el suelo. Supo que tenía que salir. Una acumulación en una pared explotó, y Oren pudo ver la calle. Con un esfuerzo titánico, Oren levantó a Dornem cogiéndolo por las axilas y, por el recién abierto hueco, le sacó a la calle. No paró hasta llegar a la otra acera, donde dejó el cuerpo del albino. Se le pasó el subidón de adrenalina y se desplomó.

Amanecía sobre Madrid, no serían aún las nueve. La gente del edificio de cuyo bajo Oren acababa de salir salía por la puerta, corriendo. Mucha gente más miraba el extraño espectáculo de fuegos artificiales.
- Ganamos- murmuró Dornem sin fuerzas. Está muerto, gracias a ti.
- No- Oren habló de la misma forma.- Si nosotros hemos podido sobrevivir, él también.
Por eso no se sorprendió cuando Sullivan apareció frente a ellos. Su ropa estaba chamuscada y su piel lucía quemaduras, pero al fondo de los agujeros de su cara, sus ojos brillaban con furia. Oren y Dornem se pusieron de pie a duras penas. Sullivan lanzó con una ola de oscuridad a Dornem lejos, y con unos zarcillos de sombras enrolló y atrapó a Oren. Empezó a pronunciar el conjuro, y Oren Sylvan empezó a dejar de ser consciente de su cuerpo.
Todo se volvió negro. Era el fin.
No, no era negro. Bueno, sí. Pero no era negro porque no viera nada, sino porque estaba viendo un sitio muy oscuro. Dos círculos rojos aparecieron. El chico empezó a distinguir más: un gran cuerpo escamoso, sostenido por cuatro fuertes patas, del que surgían una larga cola, dos alas membranosas y un esbelto cuello, todo ello negro. Sobre el cuello, una cabeza con fuertes mandíbulas y dos ojos rojos, los círculos de antes. El dragón saltó hacia él abriendo sus fauces.

Algo más lejos, Dornem reunió las pocas fuerzas que le quedaban y se levantó. Reunió unas sombras e hizo un esfuerzo para correr hacia Sullivan y Oren.
Oren estaba encorvado, solo sostenido por los zarcillos de oscuridad que emanaban de Harold Sullivan. El conjuro pronto estaría acabado, y Dornem tenía que impedirlo.
De pronto, Oren se enderezó y abrió los ojos. Ya está, había acabado. ¿Pero por qué el cuerpo anterior de Sullivan no moría? ¿Y por qué los ojos que había bajo los mechones de arena, antes gris tormenta, eran rojo llama?
Del cuerpo del chico emanó una llamarada que rompió los zarcillos que le aprisionaban. Sullivan retrocedió, entre sorprendido y asustado.
- ¡Basta ya de juegos!- gritó Oren con una voz que no era la suya, ni parecida a la suya, ni humana.
Extendió la mano, y de ella salió un verdadero torrente de llamas que engulló a Harold Sullivan y ahogó su último grito. Un esqueleto carbonizado cayó al suelo.
Sin poder creerlo, Dornem fue hacia Oren. LOs ojos de Oren fueron volviendo a su color normal, y cuando llegó hasta él, saltó y abrazó a Dornem.
- ¡Lo conseguimos!
Detrás de ellos, el bajo del edificio explotó. Las llamas se apoderaron de toda la calle, pero usando sus poderes Oren hizo que no quemaran a ninguno de los dos. El edificio se derrumbó, por suerte, hacia el lado contrario de donde Oren y Dornem estaban sentados.
- Madre mía… ¿Qué he hecho?
- No fuiste tú, fue Sullivan. Además, la mayoría de la gente ya ha salido. ¿Qué ha pasado?
- Llamanegra me prestó su poder y me enseñó a hacerlo.
- ¿Llamanegra?
- El dragón. Mi protector.
Estuvieron un rato en silencio. El sol empezó a brillar a través del humo y del polvo. Los bomberos y la policía llegaron, pero no les hicieron caso.
- Necesito un móvil.
Oren salió corriendo a conseguirlo. Dornem le miró: en muy poco tiempo, había crecido, y no sólo físicamente. Había visto que podía defenderse él solo. Estaba en paz con Zaren. Sonrió al pensar en lo que se acercaba.
Oren volvió con el teléfono. Dornem se quitó su máscara, y ya sin guantes marcó un número que redirigía la llamada al agente del Gabinete más cercano.
- Servisiou de emergensias del Gabinete- dijo Rachel Smithson en un pésimo español.
- Sé que podéis rastrear las llamadas. Aquí os espero- colgó, y le habló a Oren.- Déjame solo. Me tengo que ir.
- ¿Dónde?
- Al bosque del sueño. Vuelvo con mi familia, y con Zaren.
- ¿Nos volveremos a ver?
- Eso espero.
Oren sonrió.
- Entonces no hay problema. ¡Adiós!
- ¡Espera!
Oren, que ya había echado a correr, se detuvo y volvió.
- ¿Qué pasa?
- Quédate esto- le dio la máscara, hecha de trozos de tela negra unidos con hilo blanco.- Como recuerdo, y también como protección.
- Gracias.
Se fue.
Un rato más tarde, llegó un furgón blindado. Dornem se levantó. De él salieron seis agentes y Rachel Smithson.
- ¿Qué es esto, un reto?
- Un duelo- se puso frente a ella.- Midamos nuestra puntería.
- ¡Rodeadle! Que no intente nada raro.
Los agentes obedecieron.
- Las damas primero, Rach.
Con desconfianza, Rachel Smithson sacó su revólver de la funda, y apuntó con cuidado. Dornem sonrió al ver que conseguía lo que llevaba años anhelando.
Una bala entró en su cráneo.

Oren Sylvan llegó a casa de Amelia Grenland, que estaba preocupadísima por él. El chico se lo explicó todo lo mejor que pudo. Cuando acabó, Amelia le miró con una mezcla de asombro e incredulidad, y se fue con un “luego me lo cuentas más detenidamente”.
Oren buscó a la gatita negra. Cuando la encontró, la cogió entre sus brazos y le susurró al oído:
- Te llamas Traumwald.
Sabía que, en alemán, Traumwald significaba “bosque del sueño”, el lugar al que había ido Dornem.

Más tarde, a la hora de comer, Oren puso la televisión. Las noticias hablaban de una “tragedia” ocurrida esa mañana: una explosión en un bajom había producido el derrumbamiento de un edificio. Había habido muchos heridos y unos pocos muertos, dos de ellos, un misterio: un esqueleto carbonizado y un adolescente albino que había sido disparado en la cara.
Al oír eso, Oren corrió a su habitación y se encerró en ella. No salió hasta el día siguiente, con un brillo distinto en sus ojos grises.


Epílogo.

Epílogo: Un comienzo

Amelia Grenland estaba poniendo la mesa. Esperaba que Oren volviera para cenar. En efecto, llamaron al timbre. La maga fue a la entrada y abrió la puerta.
- Buenas tardes. Por fin vuelves.
- Buenas tardes.
En esos cuatro años, Oren Sylvan había crecido. Ahora era más alto, y un poco, pero no mucho, más musculoso. Traumwald entró con él. Ahora, la gata era esbelta y ágil, pero seguía cubierta por el mismo lustroso pelaje negro. Era difícil que chico y gata se separaran, y Amelia creía saber a qué se debía eso.
Más tarde, mientras cenaban, Oren dijo:
- Me he dado cuenta de que sí puede que me haya encontrado con Llamanegra.
- No lo recuerdas.
- Hay un mes sobre el que no guardo ningún recuerdo: agosto del 2008, hace seis años. Pero no recuerdo tampoco la amnesia, y eso quiere decir que usaron conmigo un conjuro.
Amelia sabía cuál era ese conjuro: el borrado de memoria degenerativo. La víctima de ese conjuro perdía los recuerdos de cierto período de tiempo, pero no inmediatamente: su memoria iba desapareciendo con el tiempo, hasta que no recordaba nada de ese período. A menudo, como había sucedido con Oren, la víctima no se daba cuenta de que le faltaban recuerdos.
- Ahora vas a intentar descubrir qué hiciste ese mes.
- Sí. Empiezo mañana.
- Entonces, te deseo suerte.
No se dijeron nada más. Como siempre, la comida estaba deliciosa.

Debo de parecer ya un pesado, pero digo de nuevo que se agradece cualquier tipo de comentario o crítica.

Última edición por Tyren Sealess; 01/03/2015 a las 22:04
  #2  
26/01/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid
Que era algo débil? MEN pedazo de relato, claro... ya conocía varios fragmentos, pero ahora verlo todo amalgamado, conectado y con todas esas dudas que como buen colega escritor me generabas a medias.

También te Hamo <3 hahaha, me dio risa ponerme a leer la historia con los diálogos en español de españa, pero la verdad es que le daba su toque.

Espero poder conocer los otros 6 caps <3 y los que puedan venir luego, y me parece gracioso como haces alusión a los gatos >-< Me recurda a ESDAYA.

<3

Antigua


  #3  
29/01/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid
Esto va increíblemente rápido. Aquí os dejo el

capítulo 2.

2. Una maga

Tras determinar que el objeto de su promesa vivía en España, Dornem se instaló en un piso abandonado de la capital. Allí estaba esa mañana a punto de empezar su búsqueda. Esperaba no equivocarse. No equivocarse de nuevo. Dornem era lo que era por culpa de la equivocación, o al menos, de la ignorancia.
Se miró al espejo roto de una habitación sin vida. Seguía teniendo aspecto de adolescente, aunque tuviera ya más de treinta años. Era alto, y su piel y su pelo eran de un blanco inmaculado: la única pureza que quedaba en él. Era albino. Se miró a los ojos y al instante giró la cabeza. No podía soportar durante mucho tiempo esa mirada, se veía a sí mismo en ella.
Tenía en sus manos la máscara, tejida por él en una tela más dura y ligera que el mejor chaleco antibalas. Estaba hecha de trozos de tela negra cosidos entre sí con hilo blanco. Cubría toda la cabeza sin dejar agujeros. No sabía por qué la llevaba, pero desde hacía diecisiete años se mostraba sin ella sólo a aquellos en quienes más confiaba.
- Sujeto 0, entrégate.
Un agente del Gabinete. ¿Cuándo había entrado? ¿Podían haberle rastreado así de rápido? Seguro, con lo que había avanzado la tecnología…
Se giró hacia él con la máscara estirada frente al corazón. Bien hecho, el disparo se topó con el tejido mágico.
Se la puso, y su ropa normal se transformó en unos zapatos, pantalones, gabardina, guantes y sombrero, todo negro y hecho del mismo tejido que la máscara. Los siguientes disparos dolieron bastante, pero Dornem sabía de sobra que como mucho le causarían cardenales.
- ¡Estás acorralado!- gritó el agente.- ¡Entrégate!
- Ójala pudiera- se lamentó el mago.
Corrió hacia la ventana, la abrió y se tiró a la calle desierta. La caída desde el tercero tampoco le produciría lesiones importantes. Fue a una vía más transitada, donde los agentes no se atreverían a atacarle. ¿Por qué le perseguían?
“Eres gilipollas, lo sabes perfectamente.”
La oscuridad era el más inestable de los elementos mágicos: ni magos ni Bestias podían dominarla. Pero él, por equivocación o ignorancia, sí. Y, como era una magia casi incontrolable, el Gabinete, la agencia mundial de seguridad mágica, le perseguía.
“Pero saben que he logrado dominar mi magia. ¿Por qué me persiguen? Por su estado mental. Si había algo inestable en Dornem, era eso.

¿Cómo encontraría al objeto de su promesa? La explicación de Zaren no había sido muy clara. Mientras andaba por la calle viendo cómo algunas personas le miraban de forma rara por su vestimenta, recordó.
Zaren ya respiraba con dificultad. Estaba tendido sobre el suelo del bosque, sin poder mover la mayoría de sus potentes músculos.
- Con tu magia- había murmurado,- puedes sentir la magia ajena. Le encontrarás porque te atraerá, como la luz atrae a una polilla.
- ¿Tan poderoso es?- había preguntado Dornem.
- No, no es tan poderoso. Pero… es único. No hay otro como él.
Después llegaba el momento de la muerte de Zaren, pero Dornem no quería recordar eso. Desde entonces, hacía dos semanas, el mago oscuro había recorrido todo el mundo, viajando con la noche, intentando ser atraído. Y sí había notado la atracción: era una sensación extraña, sentía que no estaba cómodo en ningún sitio. Madrid era, de momento, el sitio donde menos incomodidad había notado. Por eso, ahora no le importaba adónde iba, se dejaba llevar.
Se detuvo en seco. Le había visto. No podía ser otro. Se le cortó la respiración. Formó en su mano una espada de sombras usando su magia. Y se lanzó a salvarle.

La noche anterior, Oren se había sumido en sueños turbulentos, y se despertó cuando la espada…
Pero esta vez, en vez de quedarse en silencio, apañó un maniquí sobre una silla usando su ropa y la de Elepé, cogió su florete y practicó en la oscuridad hasta caer dormido. Y durmió realmente bien.
Le despertó Elepé al entrar en la habitación: como en la casa solo había una verdadera cama, el cura dormía desde que adoptó a Oren en el salón, donde guardaba un sofá-cama para cualquier emergencia.
El cura le dio los buenos días, y Oren se los devolvió.
- Veo que te despiertas de buen humor.
- No lo he pasado mal esta noche.
- Supongo que eso es bueno. Mira- siguió tras una pausa,- la señora Grenland me pidió hablar contigo. Quiere hablarte sobre ese… asunto.
Oren recordó la alusión que había hecho Elepé el día anterior.
- Pero yo también quiero saber lo menos posible.
Sabía qué era lo que… había matado a sus padres, y no podía sospechar ni quería saber qué había tras ello.
- Es distinto. Creo que tú ya estás metido en ello hasta el fondo.
Oren se sumió en el miedo.
- Pero, Elepé, ¡no quiero!
- Mira, Oren- le acarició el pelo,- tienes cierta razón. Dicen que la ignorancia es la felicidad, y a eso me atengo. Pero tú, que, supongo, tras lo que viste no podrás ser feliz en mucho tiempo, tienes que pensar que el conocimiento es poder.
Se resignó a hacerlo. Amelia Grenland le diría qué podía causar a la vez una herida y una quemadura. Y por qué ese hombre… podía coger su espada… al rojo y no quemarse.
Llegó tras media hora. Oren no la oyó saludar al cura. Entró a la cocina, donde estaba el huérfano leyendo un libro, y se sentó a la mesa. Oren cerró el libro y la miró.
- Cierra la puerta, por favor.
Obedeció: Grenland parecía tener una autoridad natural. Cuando se volvió a sentar, la mujer dijo:
- Que sepas que no quiero hacerte daño.
Oren no respondió.
- ¿Qué fue? ¿Qué viste?
- Era un hombre, que sujetaba una espada al rojo vivo.
- Lo que suponía. Oren, tienes que saber que la magia existe, por mucho que te intenten o te intentes convencer de que no.
Oren no se alteró: eso explicaba muchas cosas.
- Hay muchos tipos de magia. Yo, por ejemplo, soy una maga del hielo. Y quiero saber qué eres tú.
- ¿Cómo sabe que yo puedo… hacer magia?
- La magia da. Te da conocimiento, poder… Pero también quita. Y mucho, la magia es cara. A ti ya te ha quitado, es lógico que te vaya a dar.
Oren comprendió por qué Elepé no quería saber nada de eso.
- ¿Y a usted qué le quitó?
El chico supo que no había dicho lo correcto cuando el gesto de Grenland se endureció.
- Mucho. No vuelvas a preguntarlo.
Estuvieron largos momentos en un silencio incómodo.
- Sé que llevaba mucho tiempo hablando con mis padres. ¿Cómo supo que yo puedo hacer magia?
- Mira… Como somos vecinos, a menudo te veía por la calle. Siempre has sido flaco, de aspecto endeble. Pero no sé, un día… un día cambiaste. Se te notaba más decidido, más fuerte. No fue gradual, y eso me hizo sospechar. Y junto con esto…
Oren no lo creía. En los libros y las películas, la magia aparecía en el último momento, cuando más se necesitaba. Pero en su caso no había sido así.
Estuvo a punto de irse, pero la presencia de la maga era realmente intimidante. Sin embargo, Amelia Grenland pronto se levantó y se despidió. Pero sus palabras quedaron, y cada vez le daban más miedo a Oren: “La magia te quita mucho. Es cara.”
Necesitaba hacer algo para distraerse, y vio que Elepé se estaba disponiendo a hacer la compra.
No, le dijo una voz interior, no salgas. Pero lentamente fue razonando: la calle era mucho más segura, pues allí había más gente. Así que consiguió el permiso del cura para ir al supermercado.
Menudo error.
Para ir al comercio, tenía que subir un tramo de la calle San Bernardo, que estaba en cuesta. Al llegar a la altura de la tienda, tenía que cruzar un semáforo. Y al otro lado le vio. El mismo pelo rubio oro. Los mismos ojos azules. Un paquete alargado envuelto en tela en la mano que solo podía ser una cosa. Cuando los coches empezaron a circular, Oren se libró del shock en el que estaba y empezó a correr huyendo del asesino.
Pero este también se había percatado de la víctima, así que corrió temerariamente a través de la calzada hasta dar alcance al chico. Sacó su espada de la funda de tela y, usando sus poderes de fuego, la puso al rojo.
- No es nada personal- le dijo a Oren.- Quisiera poder explicártelo, pero no hay tiempo. Que sepas que es por el bien común.
“¡Bien común una mierda! Magia, ¿dónde estás?”, pensó Oren tras ser arrojado al suelo. Intentó revolverse, pero el mago, que estaba encima de él, era demasiado fuerte. Entonces lo escuchó.
- ¡Métete con alguien de tu tamaño!
La voz había hablado en inglés, idioma que Oren conocía por la procedencia de sus padres, Manchester.
Acto seguido, una silueta vestida de negro que sujetaba una espada negra arremetió contra el de la espada roja. Este se defendió a duras penas y se alejó de Oren. Como ya no tenía a nadie encima, el chico rubio se alejó de los combatientes. El asesino hizo aparecer una llama en la palma de su mano libre, pero el salvador describió un amplio movimiento con el brazo. Por donde pasó la mano, quedó una estela de oscuridad que se tranformó en dagas de sombras que volaron e impactaron contra el asesino. Este, al ser herido, efectuó un intento desesperado de dañar a Oren: le lanzó la espada. Oren la paró abrazándola con el pecho. Notó un olor acre: tela quemada. Entonces recordó que la espada estaba al rojo. La soltó, y corrió gritando al piso del cura.
Estuvo allí en lo que le parecieron cinco segundos. Abrió el congelador, agarró una bolsa de hielo y...
Al mirarse la piel que había quedado al descubierto, notó la extraña ausencia de dolor.
Y es que la sudadera, el jersey y la camiseta estaban calcinados, pero en la piel de su torso y sus brazos no había ni una quemadura.
Gracias: Karlsetín




¡Gracias a todos!
No habría recibido estos premios sin:
El Señor del Agua y la Arena | Un Cuento de Madrid | En el Festival de la Victoria | Hijos del Bosque, Hijos del Viento | La Biblioteca Olvidada



¡Gracias, Rata! Se te recuerda... :c
  #4  
02/02/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid [29/1/15]
Para evitar que los Lannister me envíen recuerdos, procedo a comentar en este tema xD.

Así que de aquí salía aquel fragmento del reto... Pues la verdad es que me ha gustado mucho. Una historia original de tu puño y letra (en este caso dedos y teclado, fuente)

La literatura de fantasía es uno de mis géneros favoritos, y me ha atraído tu forma de relatar. Es diferente a la que vimos en tu Fan Fic, y eso me gusta. Tienes facilidad para cambiar el registro utilizado.

Otra cosa que me ha fascinado es que no escatimas en detalles. Algo que puede parecer una nimiedad como el hecho de mencionar que Elepé acaricia el cabello de Oren, los detalles en las sensaciones, la frialdad que transmite el protagonista al comienzo del relato... Dejan muy buen sabor de boca.

Pero como siempre, no todo es de color de rosa. Creo que la magia es un elemento muy importante dentro de este universo que estás creando, y la introduces de una manera que parece que el lector ya lo sabe de antemano, y eso no es así.

Ella pertenecía a las fuerzas de acción del Gabinete. Éstas eran algo así como la Interpol mágica: una asociación de magos y humanos sin poderes que se ocupaba de luchar contra los problemas mágicos, y de mantener en secreto cualquier evento destructivo relacionado con la magia.
De pronto aparece la Interpol mágica porque sí. No sé, creo que ese punto deberías de haberlo pulido algo más. Otra cosa que me ha dado una sensación un poco rara es el cambio de personalidad tan brusco que sufre Oren. El pobre chico está traumatizado por lo que le acaba de pasar, y aunque le encante la esgrima, no es suficiente para que su cambio de chico callado a "normal", por así decirlo de pie a que tenga una conversación más o menos larga. Creo que podrías haber alargado algo más esa parte, para hacer la transición algo más natural.

Por lo demás, ya está todo dicho. Me parece una buena historia, espero que la sigas que tengo ganas de seguir leyendo


P.D. Los capítulos son algo más largos que los de ESDAYA, ¿no?
Gracias: Tyren Sealess
  #5  
02/02/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid [29/1/15]

Respuesta

Dicho por Ringo BLAx Ver mensaje
Para evitar que los Lannister me envíen recuerdos, procedo a comentar en este tema xD.

Así que de aquí salía aquel fragmento del reto... Pues la verdad es que me ha gustado mucho. Una historia original de tu puño y letra (en este caso dedos y teclado, fuente)

La literatura de fantasía es uno de mis géneros favoritos, y me ha atraído tu forma de relatar. Es diferente a la que vimos en tu Fan Fic, y eso me gusta. Tienes facilidad para cambiar el registro utilizado.

Otra cosa que me ha fascinado es que no escatimas en detalles. Algo que puede parecer una nimiedad como el hecho de mencionar que Elepé acaricia el cabello de Oren, los detalles en las sensaciones, la frialdad que transmite el protagonista al comienzo del relato... Dejan muy buen sabor de boca.

Pero como siempre, no todo es de color de rosa. Creo que la magia es un elemento muy importante dentro de este universo que estás creando, y la introduces de una manera que parece que el lector ya lo sabe de antemano, y eso no es así.



De pronto aparece la Interpol mágica porque sí. No sé, creo que ese punto deberías de haberlo pulido algo más. Otra cosa que me ha dado una sensación un poco rara es el cambio de personalidad tan brusco que sufre Oren. El pobre chico está traumatizado por lo que le acaba de pasar, y aunque le encante la esgrima, no es suficiente para que su cambio de chico callado a "normal", por así decirlo de pie a que tenga una conversación más o menos larga. Creo que podrías haber alargado algo más esa parte, para hacer la transición algo más natural.

Por lo demás, ya está todo dicho. Me parece una buena historia, espero que la sigas que tengo ganas de seguir leyendo


P.D. Los capítulos son algo más largos que los de ESDAYA, ¿no?
Bueno, creo que voy a habituarme a responder comentarios. La razón de muchas cosas, buenas y malas, que has dicho es esta: mi propósito era crear algo diferente y sentar las bases de un mundo, no desarrollar psicologías profundas y complejas, como en ESDAYA. En eso entran la personalidad de Dornem, el registro diferente y el hecho de que presente la magia porque sí (aunque por esto no te preocupes, habrá más secretos y secretismo). Sobre lo de que no es de mi puño y letra: eso no es verdad, acabé esta historia sobre papel antes incluso de empezar a postearla, lo único que hago es pasarla al ordenador, por eso sabía de antemano el número de capítulos final. Y hablando de capítulos... yo pensaba que estos eran más cortos.
Y perdona si te he amenazado de muerte presionado mucho con el comentario: al igual que no soporto no cumplir mis promesas y estar en deuda, no soporto que los demás las incumplan o estén en deuda conmigo.


Capítulo 3

3. Un ángel

- ¿Qué te ha pasado, por Dios?
- Elepé…
Oren luchó por contener las lágrimas. No se lo había contado, ni pensaba hacerlo, pero no podía aguantar más.
- Aquel día… no solo murieron mis… mis padres, también…
- Calla- le abrazó.
- Pero… Ahora eres mi padre… ¿Cómo vas a quererme si no sabes nada de mí?
- Tranquilo- le besó en el pelo.- No quiero saber de eso, pero eso no significa que me importes o no- se separaron.- ¿Sabes por qué a los curas se nos llama padres?- hizo una pausa.- Porque tenemos la obligación de guiar, perdonar y querer a toda la gente del mundo. Toda, por poco que sepamos de ellos. Y tú no eres ninguna excepción, Oren.
- Gracias, Elepé- se volvieron a abrazar.- Los ángeles guardianes existen.
- Lo sé.
Oren no podía definir de otra manera la silueta negra que le había protegido, aunque no pareciera un ángel. Le había salvado la vida dos veces, y había hecho su piel ignífuga para que no se quemara con la espada.
Aquella noche durmió como no lo había hecho en mucho tiempo.

No así Dornem. Cuando el asesino se puso en fuga, el mago atormentado se quitó la máscara. Nadie sabía quién era, así que no se fijarían demasiado en él; no le importaba.
Siguió al mago hasta su casa. Entraría por la ventana, pero solo necesitaba conocer la puerta: la magia del piromante le diría el resto.
Esperó a la noche. Uno de sus poderes más útiles consistía en la habilidad de poder disolverse en la oscuridad, deshacerse en ella, y en ese estado podía desplazarse a velocidades increíbles, traspasar el cristal y colarse por cualquier oquedad, por pequeña que fuera. Por eso el Gabinete nunca le intentaba atacar de noche, por eso podía haber viajado por todo el mundo en apenas dos semanas.
Se disolvió en la noche y entró por la ventana. Había una luz en la vivienda. Se puso la máscara y, con la ropa tejida en sombras, fue a la luz.
El mago estaba en la cocina, viendo un partido de fútbol europeo en la televisión. Dornem le cogió por debajo del hombro, le levantó de la silla y le tiró al suelo. Le propinó dos o tres patadas.
- Que no vuelva a oír que tocas a ese niño.
- Tengo una buena razón para matarle- jadeó el mago.
La cuarta fue para las costillas.
- Ningún asesinato es por una buena razón.
El piromante soltó una risa.
- ¿Seguro?- su acento al hablar inglés irritaba al mago.- Sé quién eres. Eres Dornem. Y tú seguramente no pienses eso.
Dornem se enfadó aún más. “¡Yo nunca quise convertirme en esto!” Se agachó y sintió con satisfacción la mandíbula del hombre bajo su brazo derecho.
- Pronto… lamentarás…-tosió y escupió sangre- haberle salvado.
- Y tú lo lamentarás aún antes si le matas.
Se levantó y empezó a irse. Pero entonces el mago dijo:
- Seguramente solo estés haciendo algo bueno para ver cómo te sientes al hacerlo.
Dornem se volvió con calma: parecía calmado cuando rebasaba cierto límite de ira.
- Vi que te dejaste la espada- se agachó y le cogió la mano derecha.- Te voy a hacer un favor.
- ¿De verdad?- su ironía era odiosa.
Dornem apretó la mano hasta que oyó un crujido.
- Ya no la necesitarás en mucho tiempo.
Dejó al mago gritando de dolor en el suelo. Puestos a hacer psicoanálisis barato, Dornem podría haberle dicho que se estaba proyectando a sí mismo en él. Que el dolor que le causaba al mago era el que querría causarse a sí mismo. Pero él no era ningún Freud.
Se fue y buscó un sitio bueno para hablar. Lo encontró: una alta azotea donde nadie le vería. Después fue a la casa de su protegido: su magia era tan característica que no necesitó ninguna información previa. Se coló por la ventana y estuvo en su habitación. Miró al chico: su rostro dormido mostraba una tranquilidad que Dornem había olvidado. Miró el cuarto, ya que sus poderes le permitían ver en la oscuridad, para buscar un trozo de papel. La decoración le pareció rara para un niño de diez años, pero no le dio más importancia. Cuando encontró el papel, grabó en él unas letras con sombras, y lo dejó en la mesilla del chico rubio.

En el ascensor, Oren Sylvan se movía inquieto. Eran las diez de la mañana, y Elepá le había dejado salir (“¡Espero que lo pases mejor que ayer!”, le había dicho sonriendo). La razón para salir era una nota cuyas letras de sombras se habían disipado nada más leerla, en la que ponía una dirección, una hora y una frase: “Nos vimos ayer”. La había visto al despertarse en su mesilla. Sabía que era de su ángel de la guarda, ya que había visto sus poderes, y estaba impaciente por llegar a la azotea. Finalmente, el ascensor se detuvo, y él salió. Subió el tramo final de escaleras y salió por una puerta de metal.
Le recibió la brisa jugueteando con su pelo. Al frente estaba una figura de espaldas. Era alta y negra, con sombrero. Su gabardina se movía con la brisa. No cabía duda, era él. Oren corrió y le abrazó.
- ¡Gracias, gracias, gracias!- exclamó.
El ángel le apartó muy bruscamente.
- ¡Eres tú! Me habías asustado- su tono se ensombreció.- Si supieras más de mí no dirías eso. No me lo merezco.
Se quitó el sombrero y la máscara, y su ropa se transformó. El ángel de la oscuridad pasó a ser un adolescente casi normal, porque era albino. Pero algo en sus pupilas no le convencía, como tampoco le convencía su última frase.
- ¿Por qué dices eso? Eres mi ángel de la guarda. Me salvaste la vida.
Una sonrisa triste cruzó el rostro del joven.
- No soy ningún ángel. Me llamo Dornem. ¿Nos sentamos?
Se sentaron de espaldas a la calle, apoyados en la baranda.
- ¿Quién eres- le preguntó Dornem,- y qué eres?
- Me llamo Oren Sylvan.
- ¿Nada más? ¿Nada especial?
- Bueno… Algunos dicen que hago magia. Yo no lo creo.
- Puedes hacerla. Lo sé- se anticipó- porque mis poderes me permiten sentirla.
- ¿Por qué decías que no merecías que te diera las gracias?
Dornem cerró los ojos y espiró fuertemente.
- He hecho cosas horribles. He matado a mucha gente.
Oren sintió el impulso de alejarse.
- Quédate. No te haré nada.
- ¿Cómo puedo estar seguro?
- Hace tiempo tuve un amigo. Una vez me pidió dos cosas. Me dijo: “En algún lugar del mundo hay un niño único. Encuéntralo y protégelo.”
- ¿Y la otra?
- Que le enterrara. Murió esa misma noche- estuvieron un rato en silencio.- No era humano, era una Bestia del viento. Era parecido a un grifo, pero negro y cubierto de plumas duras como el acero…
- ¿Y ese niño único soy yo?- interrumpió Oren.
- Sí.
- Pero hay más gente que puede hacer magia. ¿Por qué yo soy único?
- Esa es una buena pregunta. Quiero responderla. ¿Por qué me dabas antes las gracias?
- Me salvaste la vida dos veces.
- ¿Dos?- Dornem le miró sorprendido. Una ayer, pero la otra no fui yo. ¿Qué pasó?
¡No había sido él! Entonces, ¿qué le había salvado esa vez?
- Mató… mató a mis padres.
- ¿Quién?
- El hombre de ayer.
- Ah, ese. No te preocupes más por él.
Oren se tranquilizó: a pesar de lo que dijera Dornem, parecía que se podía confiar en él. Como decía Elepé: “Una persona arrepentida es alguien nuevo y mejor”.
La puerta de las escaleras se abrió.
- ¡Mierda!- exclamó Dornem, y se puso de pie.
Entraron diez hombres grandes y musculosos que parecían agentes de las películas americanas.
- Debería haberlo previsto… Lo siento, Oren.
Oren también se levantó. Dornem se puso su máscara y se transformó en el mago oscuro.
Entró una undécima agente, una mujer.
- ¡Tú!- exclamó Dornem.
- Sí, yo. Inesperado, ¿verdad? Bueno, chicos, ya conocéis las órdenes.
Un presentimiento le dijo a Oren que se tumbara, y al segundo siguiente, una ráfaga de balas alcanzó de lleno a Dornem, que cayó de rodillas.
- ¿Y el niño?- oyó a un agente.
- Le consideraremos cómplice.
Eso fue lo peor que podía oír Oren en ese momento. Salió corriendo, dando un rodeo para evitar a los hombres en un intento desesperado de llegar a la puerta. Pero un agente le cogió con un abrazo de oso. A Oren le dio un ataque de pánico: no quería morir, no quería volver a..
Sintió cómo algo en su interior se abría. Después, micho fuego. El agente le soltó gritando. Él no esperó, y se fue sin pensar demasiado en lo que acababa de pasar.
- ¿Y ahora qué?- dijo un agente mientras el otro se revolvía en el suelo para apagar las llamas que devoraban su ropa.
- Gajes del oficio, Martin. Acostúmbrate.
- Dejadle…- la voz de Dornem reflejaba el dolor que le habían provocado los disparos.- Está limpio como el agua.
- Quizá a él le dejemos ir, Jakob- respondió Rachel Smithson,- pero a ti, no.
- No- se levantó.- Yo me voy solo.
Se subió a la baranda, dio un paso hacia atrás y cayó de la azotea.




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  #6  
06/02/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid [2/2/15]
Me hallo atrapado en un dilema existencial: la hora escasa que puedo estar al día con el ordenador, ¿para qué la empleo? Antes estaba claro: historia y cosas varias, pero ahora el tiling ha entrado en mi vida y ocupa mucho de mi tiempo con el ordenador... No sé qué hacer. Pero dejadme a mí con mis problemas, que yo os dejo a vosotros con esto.

Capítulo 4

4. Un cambio

Oren llegó jadeando a casa de Elepé. Decidió no decir nada: esta vez no traía signos evidentes de lo que había pasado.
- Hola- saludó.
- Hola, Oren. Mira, está aquí la señora Grenland. Quiere hablar contigo.
A Oren se le pusieron los pelos de punta: ¿qué querría?
Entró en la cocina, donde ya estaba Amelia.
- Cierra la puerta.
Oren no pudo evitar hacerlo. Entre su magia y su mirada, Oren creía que Grenland le iba a congelar. Pero hizo un gran esfuerzo y consiguió aparentar tranquilidad.
- ¿Qué pasa?
- Dornem.
Ninguna actuación podría haber ocultado su reacción. Se sintió como si le hubieran pillado robando, o algo peor.
- Está… está muerto- tartamudeó.- Vi cómo le disparaban.
- Muchos magos pueden sobrevivir a disparos. Él, desde luego. ¿En qué coño estabas pensando, reuniéndote con alguien buscado por el Gabinete?
Oren no tenía ni idea de lo que decía la maga, pero respondió con sinceridad:
- Él me estaba protegiendo.
- ¿Proteger? ¿Dornem, proteger? Puede que haya salvado tu vida alguna vez, pero si te sigues viendo con él es más probable que mueras. De hecho… ¿no has estado hoy a punto de morir?
- ¿Cómo lo sabes?- murmuró Oren.- Casi parece mi madre…- dijo para sí.
- Dornem lleva diecisiete años buscado por el Gabinete, y usa conjuros que impiden que envejezca. Su aspecto es conocido por muchísimos magos. Así que cuando estaba viniendo hacia aquí, le vi entrar en un edificio. Decidí ignorarlo, pero muy poco, demasiado poco después, entraste tú. Y lo de que casi te han matado… Hay cosas que no se olvidan. Creo que no tienes ni idea de lo que haces. Vas a ciegas en un camino con fuego a cada lado. Tienes que empezar a aprender, sobre la magia y sobre el mundo en que te mueves. Por eso, ya le he exigido al señor Pérez que te vengas a vivir conmigo.
- ¡No!- exclamó Oren.
Desde que se había recuperado del trauma, Oren anhelaba volver al colegio con sus amigos y a su club de esgrima: recuperar, en la medida de lo posible, su vida. Y ahora Amelia Grenland, aunque no lo había dicho definitivamente, se lo estaba quitando.
Recordó su primera charla con esa mujer, y solo pudo comprobar la certeza de sus palabras: “Pero la magia también quita. Y se paga cara.” Vaya si quitaba.
Oren decidió lanzar un último golpe a la desesperada.
- No podrás. Adoptarme te va a ser muy difícil, ¡y no llevarme al colegio es ilegal!
Amelia sonrió.
- Tendrías razón si no tuvieras magia. Pero la tienes, y las leyes que nos regulan a ti y a mí son muy distintas de las que regulan a la mayoría de la gente.
- Pero no sabes si tengo magia o no. Ayer dijiste que solo sospechabas.
- Pero hoy te has reunido con Dornem, que puede ver la magia. Buen intento, Oren.
Se fue, y Oren se quedó sin habla. En menos de un mes, su vida había cambiado demasiado demasiadas veces.
- Oren- Elepé entró a la cocina.- Me ha dicho que vayas esta tarde. Pero que sepas que me tienes aquí para lo que necesites.
Nada podía haberle enfadado más.
- ¡Necesito a alguien a quien contarle todo y tú no quieres oírme! ¡Por tu propio bien! ¡No eres un padre para todos, eres un egoísta!
Corrió y se encerró en el cuarto. Se tumbó en la cama, enterró la cara en la almohada y empezó a llorar. Todo el mundo parecía tener algo que decir, todos pedían a Oren que creyeran solo a ellos mientras condenaban a los demás. Todos eran titiriteros, y él, el único títere; que sólo podía ver, impotente, las luchas de los demás para hacerse con los hilos. Cuánto quitaba la magia: también se había cobrado su libertad.
Empezó a poner su ropa y sus pocas pertenencias en una maleta de Elepé: no había elección, y era lógico que junto a una maga estaría más seguro que allí.
La casa de Amelia Grenland distaba solo tres manzanas de la de Elepé, pero en el viaje, Oren dejó atrás una vida. Otra vez.
Se echó a temblar al pulsar el timbre. Abrió la puerta una mujer diferente: era idéntica a Amelia, y probablemente se llamara igual, pero la Amelia Grenland que Oren conocía era impecable: en el vestir, el moverse y el hablar. Pero esta estaba apoyada en el marco de la puerta, en pijama, y el maquillaje ya no disimulaba sus ojeras azuladas. Ante el cambio, Oren no supo decir nada.
- Hola- saludó.- Pasa, no muerdo. Deja aquí la maleta. Siéntate si quieres.
Oren no se sentó.
- Perdona por cómo he actuado estos días. En realidad, no soy tan brusca, ni tan borde. Tenía que imponerme ante ese cura, qué mal me cae… ¿Puedes perdonar lo mal que te he hablado?
- Me… me hablabas mal hasta cuando estábamos solos.
- Creo que el cura nos escuchaba.
“Te trataré bien, marionetita, ven conmigo.”
- Te… perdono- concedió el chico de ojos grises con cautela.
- Gracias. No tenemos por qué hablar ahora, ¿sabes? Tómate tu tiempo, come algo si quieres, mira la casa. Es muy espaciosa… demasiado para vivir sola.
Oren se percató del tono triste de Amelia al decir la última frase. Optó por la última alternativa.
Su casa tenía dos habitaciones, dos baños, un comedor, la cocina y una sala donde estaba todo el equipo informático. Las paredes estaban pintadas de colores no muy normales: naranja oscuro, o índigo. La decoración era un mosaico de piezas de muy distintas épocas y procedencias. Sin embargo, quizá de forma extraña, el conjunto era la casa más acogedora en la que Oren hubiera estado nunca.
- ¡Hora de comer!- anunció Amelia.
Su comida era como su casa: muy rara, pero sabía bien. El chico ya no sabía qué pensar de la maga: lo que había visto de ella en esa hora escasa había disminuido su temor y aumentado su afecto hacia ella. La preguntó si volvería al colegio: era ilegal que no fuera.
- Qué importa lo que sea legal o ilegal en los estados. A nosotros ni nos va ni nos viene.
Oren recordó que esa mañana la maga había hecho una alusión a algo parecido.
- ¿Por qué los magos no tenéis que ver con la política?
- Eso implicaría empezar tus lecciones de magia- el tono de Amelia era más alegre.- ¿Estás dispuesto?
La curiosidad mató al gato.
- Sí, por supuesto.
- Vale. Ponte cómodo. A ver por dónde empiezo… Hay magos en todo el mundo. Sin embargo, somos una minoría, apenas siete millones en toda la población mundial. Pero somos muy poderosos. Podríamos organizar golpes de estado y apoderarnos del mundo, o de algún país, como ya ha pasado muchas veces. Por eso, tras las catástrofes mágicas ocurridas en la Segunda Guerra Mundial, al crearse la ONU, se decidió hacer un departamento especial para regular los asuntos mágicos: el Gabinete.
¡Así que eso era el famoso Gabinete! Pero esos agentes…
- ¿El Gabinete no es como un servicio secreto?
- Solo sus fuerzas de acción. Bueno, pues en 1950, el Gabinete estableció una serie de leyes para los habitantes mágicos de todos los países, menos el país de Aho Shan.
- ¿Me las vas a decir?
- Por supuesto.
Oren se arrepintió de haber empezado: ahora tendría que escuchar una serie de largas y aburridas leyes.
- Primero: en todos los estados, menos el país de Aho Shan, el Estado no intervendrá en asuntos mágicos, ni los magos en asuntos de Estado.
- ¿Y no podéis trabajar?
- No tenemos nacionalidad. No en la mayoría de trabajos.
- ¿Y cómo os mantenéis?
- El Gabinete nos da un sueldo permanente.
- ¿Y en Aho Shan?
- Vaya, veo que aprendes. Pero te hablaré del país de Aho Shan tras acabar con las leyes. La segunda ley es que el Gabinete es la única autoridad superior a cualquier mago, menos los ciudadanos del país de Aho Shan. Y ya está.
- ¿Ya? ¿De verdad?- Amelia asintió.- ¿No hay leyes sobre mataros entre vosotros ni matar gente?
- Lo segundo entra en la primera ley. Sobre lo primero… A ver, matar no es moral, pero al Estado le da igual que nos matemos entre nosotros, y el Gabinete no investiga asesinatos, ni delitos, ni persigue delincuentes a no ser que sea algo muy gordo.
Si era así, ¿qué había hecho Dornem? Hasta él había dicho que había hecho cosas malas…
- ¿Y qué pasa con Aho Shan?
- El país de Aho Shan vendrá más tarde. Ahora deberías aprender un poco de magia práctica.
- ¿Cómo? No sé qué puedo hacer.
- No, pero lo averiguarás. Espérate.
Se fue, y tras un rato, volvió con dos grandes libros antiguos.
- Aquí están explicados los básicos de las disciplinas mágicas más importantes.
- ¿Y me lo leo todo, a ver qué puedo hacer?
- No, lee sólo el primer párrafo de cada cosa. Tu talento te llamará, es lo que más te va a interesar. Vamos a tu habitación.
La habitación de Oren tenía una gran ventana que daba a la calle. Estaba pintada de un color amarillo blanquecino. La decoración era bastante infantil. Había una cama, una silla y una mesa, sobre la que estaba…
Amelia la cogió rápidamente. Pero Oren había podido verla. Era una fotografía de un niño pequeño, con el pelo del color de la arena de la playa. La maga se fue, dejando a Oren solo ante unos antiguos libros.
Oren abrió el primero. La primera frase ya le desanimó: “De este impreso el único propósito es el de exponer las principales magias y explicar sus básicos.” Si todas las frases eran así, no podría ni aguantar un párrafo. Miró los títulos de las secciones: “Hidromancia”, “Criomancia”, “Piromancia”...
Le echó un vistazo a esto último, pero de nuevo el lenguaje le echó atrás. “Geomancia”, “Magias del bosque”, “Hemomancia”, “Magia lumínica elemental”...
Pasó al segundo libro.
“Magia de invocaciones”, “Magias del espacio”, “Transformismo”, “Simbolismo”...
¿No era el simbolismo una técnica artística? Sus padres, ambos historiadores del arte, le habían hablado siempre que iban a los museos del simbolismo de este cuadro o esa estatua…
“Dícese del simbolismo que es la magia de aquellos que pueden trazar variaciones con líneas tales que puedan ser estables, que tengan la capacidad de almacenar magia y que le den forma a la susodicha magia al ser liberada del conjunto de líneas, denominado símbolo…”
Oren ya estaba enganchado a la lectura. Además de eso, supo que los símbolos tenían dos componentes: forma y trazado. Averiguó que esto último era aportado por la magia del simbolista, y que determinaba la potencia del símbolo. También aprendió que los símbolos se recargaban en estado de reposo usando la magia del simbolista, y que se descargaban al usarlos; al contrario que los conjuros y hechizos, que absorbían y usaban la magia simultáneamente.
Cuando se quiso dar cuenta, Oren ya había leído dos páginas. Las siguientes eran los símbolos más básicos y la explicación de sus usos. Ahora solo necesitaba un “instrumento en extremo afilado, como los utensilios de los cirujanos o las espadas de los guerreros del Cipango que estos llaman katanas.
- ¡Oren! ¡Me voy a duchar!- dijo Amelia desde el baño.
“Perfecto”, pensó el chico.
Con un poco de dinero que tenía en la maleta, salió sin cerrar la puerta para no tener que abrirla al volver y corrió a través de la densa lluvia que había empezado a caer mientras él estaba enfrascado en la lectura; hasta llegar a una tienda de utensilios médicos. Allí compró un bisturí, y se sintió ligeramente orgulloso: conocía su barrio como la palma de su mano.
Y en tres días grabó dos símbolos en su cuerpo, uno en cada antebrazo.

Esta frase es la mitad de la historia.




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  #7  
08/02/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid [6/2/15]
Pues no tengo que comentar mucho de estos dos ultimos capítulos, salvo que son increíbles. Me has dejado con una intriga enorme, quiero saber que pasa con los símbolos xD.

Hay otra cosa que no me encaja, pero que seguro que tiene algún sentido, y son esas frases que aparecen en medio de cada capítulo entrecomilladas... Algo significarán, ¿no? XD
  #8  
12/02/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid [6/2/15]
Dicho por Ringo BLAx Ver mensaje
Pues no tengo que comentar mucho de estos dos ultimos capítulos, salvo que son increíbles. Me has dejado con una intriga enorme, quiero saber que pasa con los símbolos xD.

Hay otra cosa que no me encaja, pero que seguro que tiene algún sentido, y son esas frases que aparecen en medio de cada capítulo entrecomilladas... Algo significarán, ¿no? XD
Ya te lo dije por Skype, pero por si a alguien le extraña: los textos entrecomillados son o los pensamientos del personaje que tiene punto de vista, o textos reproducidos literalmente.

Capítulo 5

5. Una amiga

Esa noche, la del 28 de enero, fue muy importante para Oren Sylvan. Aquella noche hizo tres cosas: demostró su habilidad, encontró una amiga y averiguó muchas respuestas. Y todo ello sucedió en apenas tres horas.

Esa tarde, Amelia le había llevado al cine. Cuando salieron, llovía a mares, asi que se calaron las capuchas de sus abrigos y echaron a andar.
El barrio de Malasaña, donde vivían, es un barrio curioso. En su urbanismo abundan las calles largas y estrechas dispuestas irregularmente. Hasta hace poco era uno de los barrios bajos incluido en el centro de la ciudad: de noche era hasta peligroso. Pero después, sus bares y su ambiente bohemio le catapultaron a la fama. En la actualidad, conviven ambos aspectos del barrio.
Pero esa noche, Malasaña estaba claramente vestida a la antigua. La larga calle, bañada por la lluvia, estaba iluminada por demasiadas pocas farolas, muchas de las cuales parpadeaban por su antigüedad.
Entonces la vieron. Era una persona que, para Oren, no encajaba en ese barrio. Tampoco le daría miedo en otras condiciones. Pero el contraste y el ambiente la hacían realmente temible.
Ella era una viejecita, decrépita y encorvada. Su vestuario, típico de las ancianas y de colores poco llamativos, incluía una caperuza que impedía que sus facciones fueran vistas. Su mano, huesuda, maltratada y llena de callos, se apoyaba sobre un bastón metálico. Amelia Grenland se detuvo en seco.
- ¡Señora Gaona! ¡Qué sorpresa!
Fue hacia ella.
- Para mí no, Amelia- su voz, la agradable voz de las ancianas, le parecía siniestra a Oren.
- ¿Me buscabas?
- No a ti- sacó una segunda mano de entre las telas y señaló.- A él.
Amelia cambió su tono de voz.
- ¿Qué quieres de él?
- Solo su muerte. No puede vivir, es un peligro.
- No puedo dejar que le mates.
- Todos morimos. Si no me crees, mírame a mí. No me queda nada. Tal vez mañana ya no esté. Pero debo aprovechar hoy, que sí estoy aquí, para hacer un favor al mundo.
La temperatura de la calle descendió aún más. El agua de alrededor de Amelia se congeló, y el hielo de su alrededor subió a sus manos, donde se transformó en unas garras como las de Lobezno.
- Sabes que no puedo permitir que le mates.
- Y tú sabes que no dejaré que seas un obstáculo- golpeó el suelo con su bastón.- Sauda.
Tres lobos gigantes, del tamaño de una persona y hechos de luz de color azul cielo, aparecieron. Uno de ellos se abalanzó sobre la otra maga, la tiró y se tumbó sobre ella. Los otros dos se colocaron a sus lados.
- Si no intentas nada raro, Amelia, mis pequeños tampoco. Y ahora- encaró a Oren,- me ocuparé de ti. Pero te tengo que pedir algo: perdóname.
Entre todo el miedo y la parálisis mental y corporal, logró formar un pensamiento: “Todos los que me intentan matar dicen algo así, que no lo hacen por gusto, sino por obligación.” ¿Les obligaría el Gabinete? No, no se parecían en nada a sus agentes.
Volvió a golpear el suelo con el bastón.
- Narúa.
Esta vez apareció un gran tigre; su composición era idéntica a la de los lobos. El tigre le miró a los ojos, y empezó a caminar hacia él. Oren no podía moverse: sus dos símbolos, ambos básicos, nada podrían hacer contra eso…
- ¡Corre!- el grito de Amelia era desgarrador.- ¡Por lo que más quieras, Oren, corre!
El cuerpo de Oren empezó a responderle, y echó a correr. El tigre, detrás de él, hizo lo mismo. Aunque el animal fuera más rápido, Oren giraba mejor. Así, se consiguió mantener a salvo un rato. Pero pronto se cansó, y su velocidad disminuyó. Enfiló una larga calle. El tigre cada vez se acercaba más a él, y supo que debería girar o morir. La única opción era una calle que se abría a la derecha. Todos sus instintos intentaron impedir que fuera por allí, pero era la calle o el tigre. Giró.
Y se chocó, literalmente, con su error. La "calle" no era más que un callejón sin salida. Sin escapatoria.
El gran tigre, sediento de sangre, entró al callejón bloqueando la única salida. Oren decidió resistir todo lo que pudiera. El tigre saltó a por él, abriendo las fauces. Oren tocó su antebrazo izquierdo, y los dientes del tigre se encontraron no con una presa, sino con un escudo hecho de luz rojiza. En el libro ponía que debía ser amarillo pálido, pero en ese momento era lo que menos preocupaba a Oren. Activó el símbolo de su otro antebrazo tocandolo con la mano: una hoja luminosa, pegada a su muñeca, y que surgía paralela al dorso de su mano. Brillaba con el mismo color de su escudo.
Se sintió como un gladiador en un circo romano y, por una vez, albergó alguna esperanza. El tigre, viendo que la presa no era tan fácil como en un primer momento hubiera pensado, lanzó un golpe con la zarpa. Oren lo bloqueó con el escudo.
Pero el animal estaba hecho de magia, no de carne, y por eso su golpe fue muy fuerte, mucho más de lo que algún verdadero tigre pudiera hacer jamás. Y el escudo se rompió y voló en pedazos que pronto se disolvieron. Oren Sylvan estaba muerto.
Pero, desde detrás del tigre, sonó un débil maullido. Y el instinto del depredador, animal al fin y al cabo, le traicionó. Se giró y rugió amenazadoramente. Una pequeña forma negra huyó sin fuerzas bajo la lluvia.
Oren no malgastó la ocasión: con la espada, que no se había roto, penetró el cuerpo fantasmal del tigre por el costado y el cuello. Este gritó de dolor y cayó al suelo. Acto seguido desapareció.
Oren miró a su salvador: un pequeño gatito, calado hasta los huesos, que le miraba aterrorizado. El chico no pensaba dejarlo solo; le cogió, y con su brazo izquierdo y el cuello, improvisó un refugio donde el felino pudiera calentarse. El gato negro, que en un principio temblaba de miedo y frío, se durmió. El joven mago desandó la distancia que había corrido y, en la calle inicial, encontró a Amelia Grenland sentada en un portal, sollozando.
- ¡Amelia!- gritó Oren, y fue hacia ella.- ¿Qué pasa?
Amelia le vio, se levantó y le abrazó.
- ¡Gracias a Dios! ¡Estás vivo! ¿Cómo escapaste?
Oren empezó a explicarlo. Cuando llegó a cuando había usado los símbolos, Amelia exclamó:
- ¡¿Pero tienes idea de lo peligroso que es el simbolismo sin maestro?! ¡Un solo fallo y… a saber lo que habría pasado! ¿Eran tus primeros símbolos? ¿No practicaste primero sobre papel?- escuchó las respuestas de su huésped.- Entonces- le miró con sus ojos de hielo,- tienes verdadero talento para el simbolismo. Tienes suerte, no es algo común, y muchos simbolistas novatos como tú mueren por un fallo en la forma del primer símbolo que graban sobre ellos mismos.
Oren le explicó el resto de la historia.
- Y he aquí a mi salvador.
Levantó la cabeza para que su anfitriona pudiera ver al gatito, cuyo pelaje se confundía con el color azabache del abrigo de Oren.
- Yo estuve mucho rato bajo ese lobo, hasta que doña Gaona dijo: “Ha terminado”. Dios mío, qué miedo he pasado. Pensé que habías muerto.
Se percataron del frío y corrieron al piso de Amelia, donde Oren se puso pegado a un radiador para entrar en calor. Amelia, al ser criomante, no tenía problemas con la temperatura.
- Trae a ese gato. Si quieres quedártelo, tiene que sobrevivir, y para eso hay que secarle.
Oren se lo dio. El gatito se despertó pero no hizo ningún movimiento, tal era su debilidad. Amelia le llevó al baño, desde donde anunció:
- No es un gatito, sino una gatita.
A Oren poco le importaba. Cuando se quiso dar cuenta, el cansancio le había hecho caminar hasta la habitación y tumbarse en la cama.
- Buenas noches, Amelia- logró decir antes de dormirse.
Se despertó pronto, y no había sido por una pesadilla. Primero pensó que había sido el hambre: no había cenado nada y le rugía el estómago. Pero después sintió un pequeño peso sobre su pecho, y vio que la gatita estaba ahí, dormida. La cogió entre sus manos con extremo cuidado para dejarla sobre la almohada. Después se levantó e intentó ir a la cocina, pero tardó bastante: aún no conocía ese piso, y le resultaba difícil orientarse en él con poca luz.
Pero cuando llegó a la cocina, vio que las dificultades habían merecido la pena: Amelia guardaba en ella varias delicias semejantes a las que servía en las comidas. Devoró un trozo de empanada rellena de verduras cuyo nombre no conocía, y bebió varios tragos de una botella de cristal en la que ponía “batido de limón y canela”. Después se dispuso a volver a la cama. Cuando estaba andando por el pasillo, oyó el timbre. Instintivamente se quedó inmóvil y se agachó. Amelia salió de su habitación en pijama y se puso frente a la puerta.
- ¿Quién es?
- Lo sabes perfectamente.
La voz le dio un escalofrío a Oren: ¿no estaba muerto?
- Te busca el Gabinete.
- No vengo a hacer daño. Si vienen los agentes, les dices que me estabas tendiendo una trampa, pero fui más listo que tú y escapé.
Amelia dudó unos instantes, pero abrió la puerta.
- Vamos al salón.
Oren vio un trozo de piel de nieve que confirmó sus sospechas. Cuando hubo pasado algún tiempo, fue al salón y se quedó tras la puerta.
- … si que le protegí- estaba diciendo Dornem.- Solo que esa vieja debía de conocerme, e hizo un conjuro para que no me pudiera materializar por allí.
- ¿Y cómo le protegiste?- el tono de Amelia era afilado.
- Tengo… Nada, apenas un amago, un simulacro de poderes mentales. ¿Tú crees que esa pobre gata le habría maullado así a un tigre mágico, sin una dosis extra de valor?
- Pero no has venido a decirme eso. ¿Qué quieres?
- Quiero decirte que Oren no es un mago cualquiera. No sólo es simbolista, tiene talento para otra disciplina mágica.
Un silencio.
- ¿La otra?
- Piromancia.
- Imposible. No… son demasiado distintas para coexistir.
- ¿Por qué no se lo preguntas a él?
- No le voy a despertar, después de por lo que ha pasado.
- No le tendrás que despertar- Oren notó un escalofrío: ¿cómo podía saberlo?- Oren Sylvan- su tono de voz era más fuerte,- ¿no te ha dicho nadie que escuchar conversaciones ajenas es de mala educación?
Oren contuvo la respiración.
- No finjas. Sé que estás ahí.
El chico rubio tuvo que admitirlo. Abrió la puerta y entró.
- Lo siento- murmuró.
Amelia estaba muy sorprendida.
- ¿Cómo lo has sabido?
- Le conozco mejor que tú, Amelia Grenland. A lo que íbamos: Oren, ¿no tienes algún recuerdo sobre usar el fuego?
Oren hizo memoria. No, ¿verdad? No, ninguno.
Sí.
Más que un recuerdo, era una sensación. Algo abriéndose dentro de él, y una explosión ígnea en la que él era el centro. Pero no lograba ubicar esa sensación.
- Sí… sí que he manejado fuego alguna vez… pero no recuerdo cuándo.
- Hace unos días, en esa azotea. Grenland, ¿te convences ya?
Amelia intentó defenderse.
- Eso no puede ser natural. Dos magias tan distintas no pueden convivir en una persona.
- Sí pueden. Tengo una ligera sospecha de cómo, pero es más difusa que una voluta de humo. Necesito una prueba definitiva, pero sé cómo conseguirla.
- ¿Y sólo era eso? ¿Para esto me he arriesgado, Dornem?
- No. He averiguado por qué tanta gente persigue a Oren.
- ¿Qué?- la pregunta del aludido fue automática.
Pero la respuesta fue de lo más críptica.
- Sylvan no es un apellido común.
- Mis padres se apellidaban Sylvan.
- No lo dudo. Y tus abuelos paternos, y sus abuelos paternos. ¿Cuánto tendremos que rastrear en tu árbol genealógico? ¿Trescientos cincuenta años? ¿Cuatrocientos? No lo sé, pero desde luego, Sylvan se convertirá en otra cosa.
- No me gusta lo que estás insinuando- intervino Amelia.
- Ni a mí. Pero es la hipótesis que menos inconvenientes presenta, y por tanto, la considerada correcta. Oren- se giró hacia él,- eres descendiente de Harold Sullivan. Y por eso tienes que tener mucho, mucho cuidado.
- ¿Quién es Harold Sullivan?
- Que te lo explique tu madre- su entonación fue rarísima.
- ¡Hijo de puta!- Amelia se levantó del sofá y la temperatura de la habitación cayó.- ¿Cómo coño lo sabes?
- Sé de ti, Amelia Grenland, aunque esta sea la segunda vez que nos veamos, y la primera que hablamos.
Oren se alejó casi de un salto al ver que Amelia le daba un puñetazo a Dornem con el brazo cubierto de hielo. Dornem lo paró con una mano envuelta en oscuridad y dijo:
- He dicho todo lo que he venido a decir. Oren, nos veremos pronto, he de comprobar tu magia. Amelia Grenland, adiós.
Dornem desapareció.




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  #9  
14/02/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid [12/2/15]
Este capítulo es la calma antes de la tempestad. Os dejo con él.

Capítulo 6

6. Un reencuentro

El alojamiento que el gobierno español les había dado a Rachel y sus agentes era, cuanto menos, espacioso. Tenían habitaciones casi para cada uno.
En la suya, Rachel Smithson se disponía a dormir, cuando llamaron a su puerta.
- Adelante.
Era el agente Martin.
- Agente Smithson- empezó,- quiero que me hable con franqueza. El otro día, en el último avistamiento del Sujeto 0…
- No sé quién era el niño, ni qué hacía con él.
- Ese niño no importa, se sale de nuestro campo de acción. Él no me importa. Pero ese día, se refirió al Sujeto 0 con un nombre que no era ni ese ni Dornem.
Jakob Ledger. Jake. Los recuerdos asaltaron a Rachel, muchos felices, muchos tristes…
- Creo que nos oculta algo, y no pienso recibir órdenes de alguien en quien no confío.
Martin era su mejor agente, y esto solo reafirmó su admiración por él.
- No oculto nada relacionado con la misión. Ya que pregunta, responderé. Conocí al Sujeto 0 antes de que hiciera los Rituales Oscuros. Entonces se llamaba Jakob Ledger.
- Ese nombre no consta en los archivos.
- No ha podido comprobarlo en estos segundos.
- El Sujeto 0 siempre se ha llamado Dornem.
- Eso es porque no se tienen datos de antes de los primeros crímenes. Hizo un buen trabajo limpiando. Todo lo que le digo, agente Martin, es verdad.
- Eso espero.
Martin se fue y Rachel respiró, aliviada. Todo lo que le había dicho era verdad, pero no le había dicho toda la verdad. Jake había sido su primer novio, una fuente de calor en medio del frío invernal del boscoso norte de los Estados Unidos. Pero había resultado ser un mago, y un psicópata desde sus catorce años. Ella fue el objeto de uno de sus Rituales Oscuros, las sangrientas pruebas necesarias para convertirse en un mago de la oscuridad. Y era por Jake por lo que Rachel se había convertido en agente del Gabinete.
Y finalmente estaba tras su pista. Pero, como le habían advertido, el Sujeto 0 era extremadamente escurridizo…
Necesitaba una manera de atraparle. ¿Cuál? Sin avisar, a su memoria acudió una frase del mago oscuro: “Dejadle… Él está limpio como el agua”.
Conocía a Dornem. Ese niño le importaba. Quizá lo que estaba pensando Rachel no fuera del todo limpio, pero funcionaría…
Rachel apagó la luz y se quitó las botas para acostarse.
- Buenas noches, Rach.

Dornem sabía que la herramienta que buscaba la tendría cualquier agente del Gabinete: era muy básica. Por eso, había rastreado a sus perseguidores. Y esa noche estaba dispuesto a conseguirlo. Pero cuando fue al chalet de lujo que el gobierno les había prestado, notó con miedo que en la única habitación sin luz, la única en la que podría materializarse, era la de Rachel Smithson, su ex. Lo había averiguado en las dos noches en que había pasado por allí.
Pero entró en la habitación y volvió a su forma corpórea. Intentó fingir seguridad.
- Buenas noches, Rach.
- Jakob- estaba claramente asustada.- No puedes matarme.
- ¿Seguro?- Dornem tenía que esconder el tornado de emociones que sacudía su alma.- Puedo, pero hoy no quiero.
Rachel se dio la vuelta. Para provocar más impresión, condensó la oscuridad de la habitación en formas parecidas a alas que surgían de su espalda.
- ¿Qué quieres, Jakob?
Dornem avanzó un paso.
- Quiero una herramienta.
- No tengo nada.
- Tranquila, Rach, es muy simple- su alma estaba gritando.- Todos los agentes del Gabinete la lleváis encima. ¿Cómo se llama? Identificador, eso es.
Aprovechando que no llevaba la máscara puesta, en un rápido movimiento Rachel desenfundó y descargó seis tiros sobre su objetivo. Pero Dornem reaccionó rápido y tapó con sus negras alas su blanco cuerpo. Las balas cayeron al suelo con un tintineo.
Dornem siguió avanzando hacia una Rachel indefensa. Esta apretaba el identificador contra su cuerpo muy fuertemente.
- Moriré antes de que obtengas algo de mí.
- Como ya te dije, Rach, hoy no quiero matarte.
Le arrancó el identificador de las manos.
Rachel no podía entender por qué el Sujeto 0 se comportaba así: si mataba a un miembro del Gabinete, tendría todas las fuerzas de la organización tras él. Sabía lo que venía ahora: las víctimas de Dornem, según los forenses, nunca sufrían antes de morir. Sería rápido…
- Tranquila, Rach. Esto acabará pronto, te lo prometo.
Rachel intentó mirar a Dornem. Pero ya no estaba entre la penumbra de la habitación, a pesar de que acababa de susurrarle algo al oído. Esa frase…
Luchó por contener las lágrimas. Esa frase parecía haber venido del Jake de antes, no de Dornem.

Lejos de allí, el mago oscuro apareció en medio de una calle. Dejó cuidadosamente el identificador tras él, para no dañarlo. Acto seguido, vomitó. ¿Cómo podía haber actuado así frente a Rachel?
Volvió a vomitar. La seguía queriendo. Nunca se perdonaría haberla tratado así. Nunca se perdonaría demasiadas cosas. Pero Oren Sylvan estaba aprendiendo rápido. Pronto no necesitaría a Dornem para defenderse, y su promesa a Zaren estaría cumplida. Y entonces, por fin, Dornem obtendría lo que llevaba tanto tiempo anhelando.

Al día siguiente, Amelia bajó a hacer la compra mientras Oren se concentraba frente al espejo para grabar un símbolo con su bisturí bajo su oreja, en el punto donde la mandíbula se une al cráneo.
Cuando terminó, repitió el proceso al otro lado de la cabeza, y una vez que estuvo todo acabado fue al salón para ver un poco la televisión. Allí estaba Amelia. Oren no la había oído volver por su concentración al grabarse los símbolos.
- Mira- señaló la mesa.
Allí había dos libros que (por suerte) parecían casi nuevos. En su portada ponía, en inglés, “advanced symbolism”: simbolismo avanzado.
- Gracias, Amelia- Oren la abrazó.
- No hay de qué.
El chico vio la oportunidad de saber lo que le llevaba rondando la cabeza desde el encuentro con Dornem de la noche anterior.
- Amelia, tengo… tres preguntas. ¿Podrías respondérmelas?
Ella se sentó en el sofá.
- Claro.
- ¿Qué es Aho Shan?
- Buffff… Esa es una pregunta corta, pero la respuesta es muy larga. Siéntate- Oren obedeció.- A ver… Aho Shan es un país, pero es distinto a cualquier otro. Se le llama el Estado Mágico. Está en la costa este de China, entre Pekín y Hong Kong. Además, es uno de los secretos mejor guardados del mundo. Allí… ¿Cómo decirlo? No ves lo que hay si no lo buscas. ¿Lo entiendes?
- No.
- Vale… En Aho Shan, la vida cotidiana no es muy distinta de la de China, así que cualquiera que no sepa que está en un país mágico no podrá notar mucho más que algunos comportamientos raros. Además, las leyes de ese país impiden que alguien no mágico permanezca en él más de una o dos semanas.
- ¿Es muy antiguo?
- Bastante. Si no recuerdo mal, tiene 4500 años, puede que más… Pero ahora, en asuntos no mágicos, y para preservar el secreto, Aho Shan es teóricamente parte de China.
- Pero en realidad no es así, ¿verdad?
- Sí, en realidad van a lo suyo.
- ¿Quién es Harold Sullivan?
- Dios mío… Bueno, sabía que lo preguntarías. Digamos que, hablando de magia, es un personaje histórico importante. Al principio era un noble inglés, un gran mago, pero salvaje y sanguinario. Se convirtió en mago oscuro, y eso aumentó su poder, y siguió matando. Pero murió súbitamente. Pronto, su hijo adquirió el mismo carácter, y luego, cuando murió, su nieto, y su bisnieto… La gente empezó a llamarlo la “maldición de los Sullivan”. Más tarde, se descubrió un antiguo conjuro que permitía, a costa de la muerte de tu cuerpo, pasar tu alma a un familiar cercano…
- ¿Eso es lo que había hecho Harold Sullivan?
- Sí. Cuando se supo, el emperador de Aho Shan le puso en busca y captura, y dijo que cualquier mago que llevara a Sullivan ante él, vivo o muerto, ahoshaní o no, recibiría una recompensa sacada del tesoro real… Pero ni así se logró acabar con él. Estamos más o menos en el 1900, todo eso transcurrió en… ¿500 años? Da igual, mucho. Bueno, pues en ese año Sullivan estaba tan perseguido que desapareció. ¿Había muerto? ¡No! Más tarde se supo que había ido a Prioterra.
- ¿Prioterra?
- Es… una dimensión paralela a este mundo. Estos dos mundos son como… dos notas del mismo acorde. Se dice que de allí vinieron en tiempos antiguos las Bestias, y que trajeron la magia consigo. Allí, Sullivan profanó un sitio llamado la Torre del Sol, y volvió con la Armadura del Sol, un arma mortífera. Ya en la Tierra, durante la Segunda Guerra Mundial se alió con los japoneses para destruir, por venganza, el país de Aho Shan. Pero no tuvo éxito, la Armadura del Sol fue destruida y desde 1945 no se le ha visto.
- Quizá esté muerto.
- Imposible, no recibió heridas graves.
- ¿Y yo soy descendiente suyo?
- Después de lo que dijo anoche Dornem, investigué mucho. Oren, con tus padres muertos, eres el único descendiente de Harold Sullivan.
Oren se sintió horriblemente culpable. El piromante espadachín y Doña Gaona tenían razón: su existencia era un crimen, pensar que podía perpetuar el legado de su ancestro le horrorizaba…
- Quizá… debería morir.
- Tranquilo. Solo tienes que mantenerte alejado de él. Según muchos cálculos, su cuerpo actual sobrepasa los setenta años. Ya debe de estar a punto de morir- hubo un silencio.- ¿No tenías otra pregunta?
- Sí… ¿Por qué dijo Dornem anoche que eras mi madre?
La reacción de Amelia fue extraña: su gesto cambió bastante y volvió a la normalidad, y se removió en su asiento.
- No quería que nadie lo supiera, pero en fin… No puedo ocultarlo más tiempo. ¿Te acuerdas de la fotografía que quité de la mesa de tu habitación?
Oren recordó: era un niño pequeño parecido a él, con los ojos casi idénticos. No. No podía ser…
- ¿Era yo?
- No- Oren sintió un gran alivio.- Vi morir con mis propios ojos a mi marido y a mi hijo. Fue el precio que mi magia se cobró. Pero tú… Tú te pareces a él, Oren, y tienes la misma edad que tendría si no le hubieran matado.

Cuando fue la hora de comer, la gatita negra empezó a maullar a los pies de Oren suplicando comida. Como estaban comiendo pescado, Oren le dio un trozo. Amelia le dijo que debía escoger un nombre para la gata, y mientras lo pensaba, Oren acabó de comer y fue a su habitación. Allí había una escueta nota, escrita en inglés, que se le había pasado al despertarse. Estaba claro de quién era, ya que la frase desapareció después de que Oren la leyera. Pero antes de eso, en la nota decía: “Torre de Madrid, esta tarde a las siete y media”.
Gracias: BLAx501! y Zero VIII




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Última edición por BLAx501!; 14/02/2015 a las 16:42
  #10  
14/02/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia original 100%] Un Cuento de Madrid [14/2/15]
*Aplausos**Aplausos*

La verdad es que cada capítulo que pasa, más me gusta la historia. Ya sabes de primera mano lo que opino sobre ella, así que no me extenderé mucho.

Unas escenas muy tranquilas (dentro de lo que cabe) que atan muchos cabos sueltos, y dejan entrever lo que se avecina...

Me tienes contando los segundos hasta la salida del próximo capítulo
Gracias: Tyren Sealess
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