[Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid/finalizada) [16/7/15]

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17/03/2015
Predeterminado [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid/finalizada) [16/7/15]
Llevaba ya mucho tiempo sin publicar, ¿verdad? Siempre que se considere como mucho 2 semanas... Pues aquí tengo, como prometí y dice el título, el principio de la secuela de mi nueva historia. Esta no irá tan rápido como la anterior, ya que entre los 356773 proyectos en los que estoy como colaborador, la moderación y los tiles, no tengo tanto tiempo para tipear; y además, no como con la anterior historia, la estoy empezando a publicar antes de haberla acabado (que suele ser lo normal). Aún así, os prometo AL MENOS un nuevo capítulo cada tres semanas.

Título: En el Festival de la Victoria.
Autor: Tyren Lannister.
Capítulos: 13 (número definitivo).
Persona gramatical: tercera.
Agradecimientos: A todos mis lectores, a los que os animáis a comentar, los que dais a + gracias y los que tan sólo leéis: me dedicáis parte de vuestro tiempo, y son los mejores ánimos posibles. Y, por supuesto, a @Calayax. No dejo que muchas mentes se adentren en las profundidades de mi mundo literario, pero su boli es un invitado de honor. Creo que con eso lo digo todo.

Prólogo

Prólogo

Cuatro paredes. Una puerta de metal. Una luz en el techo. Ese era su mundo, Daäkar no conocía más. Toda su vida había vivido ahí. A veces se apagaba la luz, y él se tumbaba y dormía. A veces, al despertarse, aparecía junto a él algo de comida y agua. Y, a veces, esos alimentos sabían de forma rara, y Daäkar se volvía a dormir para despertarse sin fuerzas. No le gustaba, pero no conocía otra cosa. Y sabía que vivir así era su deber.
O, al menos, eso creía hasta que el Hombre entró en su mundo.


Capítulo 1

1. En mil pedazos

Caoimhe entre triste y enfadada por la calle. El cielo gris de Dunlavin concordaba bien con su estado de ánimo. Ójala este cambiara con la misma facilidad que el cielo irlandés.
Ese día en el instituto era digno de olvidarse. ¿Por qué no tenía suerte con los chicos? Sabía lo que venía ahora: no le caía bien a las chicas de su clase…
Llegó frente a su casa. Se sacó las llaves del bolsillo.
- ¡Au!- exclamó.
El aro del llavero se había roto. Pero no agrietándose: había estallado. Las llaves habían caído al suelo y alguno de los pedacitos de metal había chocado con su mano, produciendo el dolor que le había hecho dar el gritito.
Estuvo parada un rato hasta que decidió no darle más importancia al asunto. Tenía suficientes problemas en el instituto como para preocuparse por un aro de metal.
Tras media hora, sus padres estaban en casa, y Caoimhe se sentó a cenar con ellos.
- Señor, te damos gracias por esta comida que nos ofreces.
La familia de la chica, como muchas en ese país, era profundamente católica. A ella no le gustaba, ya que rozaban el fanatismo, y muchas veces recurrían a la religión para asuntos que no tenían nada que ver con ella. Y lo que pasó ese día sólo confirmó lo obvio.
Fue a su habitación para estudiar. Si podía.
Pero por más que lo intentó, su cabeza no podía pensar en otra cosa que no fueran las burlas. Sin embargo, no quería llorar: si la veían, sus padres la llevarían al confesionario.
Dos horas de infructuoso estudio más tarde, Caoimhe salió de su habitación para lavarse los dientes. Entró al baño. Fue a coger el cepillo, pero vio una manchita en el espejo, junto a su reflejo, que era una chica de estatura normal, algo rechoncha, con ojos profundamente verdes y una cabellera del color de la lava. El reflejo acercó su dedo a la superficie del espejo para limpiar la manchita.
Tardó un segundo en darse cuenta de que los mil pedazos de cristal que arañaban su cara, el estruendo que había oído y el hecho de que hubiera tocado el espejo estaban relacionados.

Menos de una hora más tarde, el instituto había dejado de preocupar a Caoimhe. Ahora no sabía qué le daba más miedo: el hecho de que casi todo lo que tocaba con las manos estallara o que sus padres estuvieran hablando seriamente sobre exorcizarla con el cura. La oscuridad hacía que el interior de la pequeña iglesia pareciera grande y lóbrego.
- Señor Kennerly, podría dañar a su hija. No sabemos si es un demonio. En sus trabajos, Tesla…
- ¡Hizo estallar un espejo, padre o’Connor!- dijo su madre.
- Mire, puedo hacer una prueba. Pero, como les decía…
- ¡Hágalo!
El cura se resignó y se acercó a Caoimhe, que estaba maniatada con un trozo de tela, sentada en el primer banco ante el altar. Sacó un frasquito de uno de sus bolsillos (al no estar dando misa, iba con ropa de calle) que debía de contener agua bendita. Lo abrió y roció a la chica. No pasó nada.
- Debe de ser duro vivir con tus padres- la chica sintió un pequeño alivio.- Venga, acabo pronto.
El padre o’Connor alzó un pequeño crucifijo de madera por encima de su cabeza, y lo hizo descender rápidamente sobre la chica. Por un acto reflejo, Caoimhe alzó las manos. Enseguida se dio cuenta del error que había cometido.
Pero era demasiado tarde para evitarlo.
Como sabía que pasaría, el crucifijo se deshizo en mil pedazos de madera que volaron cuando el símbolo tocó las yemas de sus dedos.

Horas más tarde, la chica había dejado de llorar, había conseguido calmarse y había desarrollado algo cercano a un plan.
Estaba bajo la iglesia, en un cuarto subterráneo con todas las protecciones antidemonios de las que disponía la iglesia. Pero ella sabía, por el agua bendita, que no tenía ningún demonio en su interior.
Como era de madrugada, y ningún demonio podía escapar de esa habitación, la iglesia estaba desierta.
Por eso nadie oyó cómo la puerta se rompía.
Después, la chica se envolvió las manos con las mangas y salió del sótano y de la iglesia. Corrió bajo las estrellas y junto al viento hasta llegar a su casa. Tocó la ventana de su habitación, que estaba en el bajo, y rápidamente entró, cogió guantes y un grueso abrigo impermeable, y se los puso. No tenía nada más que hacer allí: al ver cómo explotaba la cruz, sus padres habían renegado de ella. Al salir, vio un trozo de cristal que había estado en la ventana. Era de unos veinte centímetros, estrecho y afilado. Lo cogió y se lo metió en un bolsillo.Después corrió fuera del pueblo.
No fue hasta mucho más tarde cuando paró, jadeando por lo que había hecho y llorando por lo que había dejado.

A miles de kilómetros de allí, otra mujer también se despedía de su familia, pero esta vez, en un aeropuerto.
- No entiendo por qué te vas, Xinqiang- le dijo a su hijo.
- Te lo he dicho mil veces, madre. En América, o en cualquier otra parte del mundo menos esta, los magos reciben dinero simplemente por no causar problemas.
- Ya me lo has dicho mil veces. Lo sé, Xinqiang. Pero perdona esta mente de vieja, que es incapaz de entenderlo. ¿Ganar dinero por no hacer nada? No es una forma honrada de vivir.
El hombre fulminó a su madre con la mirada.
- Pero es una forma de sobrevivir. No todos somos invitados de honor en el Palacio del Emperador.
- Yo me avergüenzo de la razón por la que lo soy, igual que tú deberías avergonzarte de cómo quieres vivir.
- ¡Hijos!- gritó el padre.- Despedíos de la abuela. Es hora de facturar.
Un niño y una niña que no pasarían de los ocho años se acercaron a la anciana.
- ¡Adiós, abuela! ¿Nos visitarás en América?
- Solo si vosotros me visitáis también en Aho Shan.
- ¡Claro, abuelita! ¡Adiós!
Aunque la abuela les estaba despidiendo con una sonrisa en la cara, cuanto más se alejaban más aumentaba el pesar en su corazón. Su familia se iba, dejando en su casa un vacío que, creía ella, no se podía llenar.


Capítulo 2

2. Recuerdo de un mes

Oren llamaba a esos días “días sin cielo”. Eran comunes en Madrid durante el otoño y el invierno. Durante esos días, lloviera o no, nubes del color de los iris del chico cubrían la ciudad sin dejar que los edificios grises y tristes vieran el cielo. Durante esos días, fríos en su mayoría, la gente solía vestir con ropa abrigada y de colores apagados, y caminaban sin energía, mirando hacia abajo, casi encorvados.
En ese ambiente, Oren Sylvan destacaba mucho. Iba vestido con vaqueros negros, una camiseta de manga corta de color azul claro con graffitis de colores oscuros, y una mirada decidida en sus ojos de tormenta. Su pelo, del color de la arena y cortado en mechones muy desiguales, se movía al ritmo de la brisa y su caminar. A su lado iba con la misma actitud un felino negro.
Anduvieron un rato por la calle y torcieron a una más pequeña. Entonces empezó a tronar, y se apresuraron. Se pararon frente a la puerta de un edificio. Oren sacó un llavero de su bolsillo y abrió la puerta. Entraron al vestíbulo. Cuando Oren cerró la puerta, la lluvia empezó a caer sobre la calle como caerían las canicas de un niño de su mano.
Oren miró el austero vestíbulo. Le invadió una mezcla de tristeza y miedo: no entraba allí desde hacía cuatro años.
Subió las escaleras. Primer piso, segundo. Puerta C. Oren volvió a agarrar su llavero, y cogió otra llave. Cuando la introdujo en la cerradura, le invadió la misma emoción que antes. En esa casa, sus padres habían sido asesinados cuatro años atrás, y él había escapado de forma milagrosa. ¿Merecía la pena entrar allí? ¿Revivir unos recuerdos cuyo impacto había superado?
Sí, claro que merecía la pena: no guardaba ningún recuerdo de un mes de su vida; seguramente se los habrían borrado. Y la única manera de averiguar qué pasó ese mes eran los diarios de su padre, que tenía la costumbre de, cada día, escribir una página antes de dormirse.
Giró la llave en la cerradura. La puerta se abrió y Oren volvió a tener diez años. Todo seguía igual que cuando sus padres estaban vivos, todo, y la capa de polvo que cubría el suelo y los muebles no era tan gruesa como para romper el hechizo.
- Vamos, Traumwald- le dijo a la gata.
El adolescente entró en el piso y en un sueño: a pesar de que allí dentro no se movía nada ni se escuchaba un sonido, la mente de Oren llenaba el lugar de recuerdos, recuerdos en su mayoría alegres, que coexistían sin problemas.
Fue a la habitación de sus padres. Sabía que su padre guardaba los diarios en una cajita de madera que estaba bajo la cama. Entró a la habitación. Entonces se rompió el sueño: una gran mancha roja en las sábanas. Y la mente de Oren se llenó de recuerdos de aquel día: los gritos de su madre, el intento de resistencia de su padre, la espada entrando en su pecho…
Cogió rápidamente la caja, salió aún más rápido de la casa y en nada estaba fuera del edificio.
La tranquilidad le sorprendió bajo la lluvia, con la caja entre las manos. Traumwald maulló.
- Ya sé que no te gusta la lluvia, pequeña, pero pronto llegaremos a casa.
Chico y gata vivían con Amelia Grenland, una maga del hielo. Su casa apenas estaba a unas manzanas de allí, por lo que no tardaron en llegar. Cuando entraron, Oren notó una vez más lo extraño que era el piso: los colores y objetos decorativos, ya extraños por sí mismos, se volvían aún más raros en relación con el resto de la casa. Pero el conjunto era acogedor.
- Qué raro, tú pasando por aquí dos días seguidos.
Oren no contestó y miró a la hablante. Ella era Amelia, una cuarentona que llevaba la edad asombrosamente bien. Era delgada, y su pelo y sus ojos tenían el color de las almendras.
- ¿Qué es eso?-preguntó señalando la caja de madera.
- Los diarios de mi padre. Creo que es la única manera de recordar qué pasó ese Agosto.
- ¿Y merece la pena?
Oren se quedó desconcertado.
- ¿Cómo? Claro que merece la pena.
- ¿Seguro? Quizá no es lo que debas hacer. Si eres el primer protegido en varios siglos… Tiene que haber una razón para eso, y si te han borrado la memoria, debe de ser secreta. Y a veces… es mejor dejar los secretos solos.
- Si de verdad hay un gran secreto, Amelia, soy parte de él. Y creo que merezco conocer el todo.
- No puedo oponerme a ti, Oren. Pero creía que, en estos cuatro años, habías aprendido que…
- ¿Qué?
- Tómatelo como un consejo. En asuntos mágicos, algo aparentemente pequeño y banal puede ocultar de todo. Cualquier cosa.
En ese momento, Oren no sabía la razón que tenía la maga.
Se fue a su habitación, que había redecorado a su gusto desde que había llegado a esa casa. Se sentó en la cama y abrió la caja. En su interior había muchos pequeños libros que alguna vez habían estado en blanco. Mirando en la parte interior de la portada, vio que en uno ponía “2008-2009”. Lo cogió, y hojeando un poco, llegó al “1-08-08”.
Cerró los ojos, inspiró hondo, los abrió y empezó a leer.

“Hoy Oren nos despertó a las 4 de la mañana. No paraba de decir que teníamos que ir al aeropuerto. Le dijimos que en realidad no había tanta prisa, pero la verdad es que nos había despertado justo a tiempo. Fuimos al aeropuerto. Oren se dormía para despertarse cada 5 minutos y preguntar si ya habíamos llegado. Lilly y yo nos moríamos de sueño. Ya en barajas, arreglamos eso con un café bien cargado, y conseguimos que Oren se durmiera de forma continuada. Menos mal, porque si no nos habría hecho la espera insoportable. El avión salió media hora tarde, y tardó más de lo0 previsto. Yo me enfadé, pero Lilly me calmó diciendo que los doctores son peores, y que con ellos tengo paciencia.
Llegamos a las once al hotel de Dublín desde donde escribo ahora. A Oren no le está gustando nada el tiempo: no hace calor y lleva lloviendo todo el día. Pero dicen que, normalmente, el tiempo no es así de estable. Lilly salió a ver Dublín con Oren, y yo dormí. Después, ella volvió y yo salí.
Ya por la tarde, Oren dijo que le gustaban la ciudad y la gente pero no el tiempo y el acento, y todos nos reímos. A partir de mañana iremos por los pueblos, para hacer ese trabajo que le han encargado a Lilly sobre las iglesias rurales irlandesas. También haremos turismo, espero, al fin y al cabo, Oren y yo estamos de vacaciones.”
La lectura arrancó a Oren una sonrisa. Irlanda, claro. Ahora recordaba muchas cosas que había sentido en ese viaje, aunque pocas imágenes o datos concretos. Edificios bajos de ladrillo rojo. Cielos grises. Colinas verdes. Una cueva negra.
Una cueva negra. Una cueva negra… ¿Había lugar más propicio para que un dragón negro se escondiese? Intentó recordar algo más sobre eso, pero no pudo. El conjuro era potente.
Pero más tarde, se llevó una decepción: leyendo más, se percató de que ese “trabajo de campo de Lilly” consistía en ir por muchos pueblos tomando anotaciones sobre las iglesias.
Tras reflexionar un rato, decidió repetir el recorrido que había hecho seis años atrás. Tenía dinero, ya que no gastaba la mayoría de la asignación mensual del Gabinete; solo le faltaba el billete de avión. Pero siendo mago, el procedimiento para obtenerlo era más largo y tedioso que no siéndolo.
Pero Irlanda era uno de los países más mágicos de Europa. Allí podría mejorar su simbolismo, o al menos adquirir mejores libros al respecto. Y no solo sobre simbolismo…
Se levantó de la cama, fue al salón, descolgó el teléfono y marcó el número del Departamento de Viajes Aéreos y Marinos del Gabinete.


Capítulo 3

3. Perseguir dragones

En principio, Oren no pensaba permanecer más de una tarde en Dublín. Pero había decidido que, en vez de repetir el trayecto descrito por el diario de su padre, investigaría los rumores sobre dragones en la capital; y si alguno de ellos coincidía con una zona mencionada en el diario, iría allí.
Pero eso no era más que una excusa. La verdadera razón para permanecer en Dublín era lo que le había gustado esa ciudad. Allí, cada rincón estaba cuidado y tenía su propia belleza. Los bajos edificios, en su mayoría hechos de ladrillo rojo oscuro, estaban organizados en calles anchas que dejaban ver tanto o más cielo que cualquier azotea madrileña. Un cielo que estaba en cambio constante.
Además, si había un buen sitio en Europa para conseguir libros de magia, era Dublín. Como Irlanda nunca había sido invadida por el Imperio Romano, la cultura celta, madre de algunos de los mejores magos de la historia, seguía presente en todos lados en la actualidad.
Se convenció aún más de ello al salir del hotel en el que estaba para dar un paseo: vio un triskel adornando la puerta de un bar, un músico callejero cantando en gaélico…
Volvió a su habitación esa noche habiendo sentido una felicidad que llevaba años sin saborear.
Bajó al comedor a cenar, y se llevó una punzada de decepción: no había nada. De pronto, recordó. Cuatro años sin visitar a sus abuelos en Inglaterra le habían hecho olvidar que en la mayoría de Europa se cenaba a las cinco o las seis, no a las nueve o las diez.
En tal caso, llegaba de nuevo la hora de salir. Pero no para hacer turismo, sino averiguaciones. Para rastrear a Llamanegra. Volvió a subir a su habitación. Allí, abrió su mochila, y al fondo de esta, desactivó un símbolo de cerrado. Abrió la cremallera de un bolsillo secreto y sacó un trozo de tela. Lo miró un largo instante, recordando al que lo había hecho y se lo había regalado. Era una máscara, hecha de trozos de tela negra cosidos con hilo blanco. Cubría toda la cara, sin dejar agujeros, pero era tan fina que se podía ver a través de ella. Su tela era suave, ligera y casi indestructible. En cuatro años, no se había roto ni una ínfima fibra de ningún hilo. La dobló cuidadosamente y se la metió en el bolsillo.
De debajo de la cama salió un maullido quejumbroso.
- Te lo dije, Traumwald. Tenías que haber venido conmigo. Si hubieras venido, no estarías aquí encerrada. Pero no te preocupes, vamos a salir. Vamos al Club Magyk.
Salieron. Durante el trayecto, Oren compró algo de pescado para que la gata comiera.
Como cualquier mago europeo sabía, el Club Magyk era una discoteca en la que solo se admitían magos. Allí no solo se bebía, bailaba, y ligaba: también se intercambiaban informaciones y objetos.
Su fachada no era acogedora: un local destrozado en el bajo de un edificio descuidado.
- En fin… Traumwald, no te separes de mí.
El interior del local era desconcertante: estaba completamente desnudo y vacío, excepto ppor una puerta que Oren atravesó.
Detrás de ella había una puerta de ascensor, una trampilla y una persona con unas gafas, parecidas a las de un buzo, que servían para ver quién era mago.
- Buenas noches.
- ¡Buenas, joven!- saludó la mujer mientras Oren sacaba la cartera.- Diez euros, por favor. Nunca te he visto por aquí. ¿De dónde eres?
- Vengo de España, y es mi primera vez aquí.
- No tienes acento español.
- Ya, mis padres eran ingleses.
- ¿Cómo te llamas?
Oren pensó en no revelarlo, pero no tenía razones para ocultar su identidad. Además, quizá el nombre fuera un tipo de pago para entrar al club: entre los magos, la información era importante y valiosa.
- Oren Sylvan.
- ¿De verdad?- preguntó la mujer con asombro.- ¡Tú mataste a Harold Sullivan!
- Sí- respondió Oren secamente.- Bueno, ¿cómo se entra?
- Bajas por el ascensor o la escalinata. Oye… ¿cómo lo hiciste?
- Friéndole.
Oren sonrió y levantó la trampilla.
Bajo ella había un hondo agujero con una escalerita metálica de mano pegada a una de sus paredes.
- Vamos, Traumwald.
La gata se encaramó al hombro del adolescente, que bajó durante lo que le pareció mucho tiempo. Al llegar abajo, había una sala idéntica a la de arriba, pero sin nadie cobrando la entrada. Oren abrió la puerta.

En cuatro años había visto muchas cosas sorprendentes. Le había atacado un tigre compuesto por magia, no materia. Había visto a dos personas capaces de desintegrar y recomponer su cuerpo a voluntad en lugares oscuros. Él mismo era capaz de crear dibujos que almacenaban magia y producían distintos efectos; los símbolos. Pero el Club Magyk le hizo plantearse seriamente si estaba soñando o alucinando por algún narcótico.
La sala era de lo más normal: era como un cilindro volcado sobre su cara curva, y, en esa posición, cortado por la mitad; el suelo y dos paredes eran planas, pero las otras dos y el techo eran una bóveda.
Pero, en tan grande sala, no había ninguna fuente de luz. Y, sin embargo, tenues colores bañaban cada rincón: la barra, la pista de baile, algunas mesas… Además, todas las superficies menos el suelo estaban pintadas: desde motivos célticos a graffiti.
Oren tardó un momento en darse cuenta de que la luz provenía de esos dibujos, que se volvían más o menos brillantes siguiendo un lento latido.
La sala estaba llena de magos que bailaban, bebían, ligaban o cerraban pactos y negocios.
- No te alejes mucho de mí, Traumwald.
A pesar de que el sitio era muy grande, la fuerte vibración que producía el bajo con los altavoces y la multitud hicieron que Oren se agobiara. Pensó en la posibilidad de resistir a base de bebidas alcohólicas, pero las odiaba. Así que se mentalizó para pasar horas ahí. Empezó a extender rumores: que buscaba escamas de dragón, que había visto una Bestia y planeaba ir a por ella…
Por suerte, no pasó mucho hasta que llegó un hombre.
- ¿No eres muy joven para pensar ya en eso?
- ¿En qué?
- En perseguir dragones. ¿Sabes lo arriesgado que es?
- Pero si no arriesgo nada, no consigo nada.
Entonces, el hombre se subió la manga, revelando una quemadura en el brazo.
- Esto me lo hizo el dragón que tú buscas. Hace seis años, y parece de hace seis días. Yo también pensaba sacarle una escama a ese dragón, pero… Las Bestias son la fuente de toda magia, chico. No podemos imaginarnos su poder. Por si aún te interesa… Estaba en los alrededores de Dunlavin. Aunque nadie lo ha visto desde hace años.
Oren resistió unos minutos más, y salió del Club Magyc casi corriendo, seguido por la felina.
A pesar de que era enero, de que casi era medianoche, y de la fina lluvia, Oren se quedó un rato en un parque cercano, respirando profundamente: la multitud le había afectado más de lo que creía. No podría soportar un espacio cerrado hasta que estuviera completamente tranquilo.

Al día siguiente, desde un asiento de un autobús, Oren veía pasar colinas, hierba y nubes. Había cogido el autobús hacía veinte minutos, y llegaría a Dunlavin cerca de las once de la mañana.
Dentro de su mochila, Traumwald se removió.
- Te dejo salir- dijo Oren viendo que el vehículo estaba casi vacío- si no llamas mucho la atención.
Sacó a Traumwald de su mochila y la puso sobre su regazo.
Tras un rato, el autobús paró en un pueblecito, y el conductor anunció que se trataba de Dunlavin. Oren se puso la mochila a la espalda y salió.
En el pueblo reinaba un extraño ambiente: era sábado por la mañana, y los coches aparcados y los pubs de la calle decían que el pueblo era animado. Pero, llevando la contraria a todo, el silencio y la quietud reinaban en la calle. Fue caminando, y el único movimiento que vio era tras los cristales de las ventanas, en relación a él. Parecía que el pueblo desconfiara del adolescente y la gata.
En Irlanda, donde la religión católica está muy presente, un buen sitio al que acudir cuando eres nuevo en algún sitio es a la iglesia. La de Dunlavin era pequeña pero bonita, hecha de piedra gris y situada en una plaza que era poco más que un ensanche de la calle principal. Pero al acercarse, Oren vio que su puerta estaba rota; no por una grieta, sino que a las bisagras estaban unidas dos estrechas tablas astilladas que dejaban un ancho hueco en la entrada. Dos montones de astillas a ambos lados de la puerta eran los vestigios de lo que debería estar cerrando el templo.
- ¿Hay alguien?- casi gritó Oren.
- ¿Quién va?- le respondió una voz en el mismo tono.
- Oren Sylvan. Acabo de llegar con este autobús.
- Perdona, hijo. Pasa. Si está el pueblo así es porque hace unos días un demonio poseyó a una chica de este pueblo. Yo no lo creía, pero… Tocó un crucifijo con las manos y la Cruz explotó.
Oren no se extrañó demasiado: la magia hacía cosas raras. Probablemente no fuera un demonio, pero como eso no estaba relacionado con el fuego (o con un dragón), decidió no decir ni investigar nada sobre el tema.
El cura le llevó a la sacristía. Le preguntó si tenía hambre, y le ofreció unas galletitas de jengibre que Oren no rechazó. Estaban deliciosas.
A pesar de que físicamente no se parecían, ese cura le recordó a Elepé, un sacerdote amigo de su familia que, tras el asesinato de sus padres y antes de que la magia de Oren se hiciera patente, había intentado adoptarle.
- ¿Sabe dónde puedo conseguir un mapa de la zona?
- ¿Por qué lo quieres?
Esa pregunta pilló desprevenido a Oren, que tuvo que improvisar rápidamente.
- Hace algunos años, un familiar mío desapareció en esta zona. Voy a ver si puedo averiguar algo sobre él.
Esa mentira era más frágil que la brisa. Sin embargo, el cura pareció creerla, y añadió:
- Hace seis años. Después de mayo pero antes de noviembre.
- Sí- asintió Oren, sorprendido.- Agosto.
- Entonces fueron once los que desaparecieron en esas fechas. Aquí… dejamos el pasado en paz.
- ¿Le estoy ofendiendo si busco?
- No, no. Pero… Ya sabes. Nosotros somos de pueblo, tú, de ciudad. ¿Manchester?
- Casi- sonrió el adolescente.- Madrid.
- Ah… Por eso tu acento tiene ese deje tan raro. ¿Quieres alguna galleta más? ¿Puedo ofrecerle algo a tu gato?

Horas más tarde, Oren, con la mochila a su espalda, la gata a su lado y un mapa en las manos, caminaba entre las rocosas colinas buscando un sitio llamado “Druid’s Hole”, el Agujero del Druida. Era la mayor cueva cercana a Dunlavin. Pero, entre la distancia y el accidentado terreno, no caminó tan rápido como había creído, así que oscureció cuando aún le faltaba un tercio del trayecto.
Así que Oren buscó y encontró un refugio, un espacio vacío bajo una cornisa de roca, y dejó allí la mochila y el mapa. Recogió ramas de algunos arbustos cercanos, y las amontonó al volver a su refugio. Abrió la mano izquierda, y sobre ella bailó una llamita roja que él intodujo en el montón de madera. Salió un poco de vapor de la leña mientras se secaba, y después prendió. Oren retiró la mano, y sacó de su mochila lo necesario para hacerse un sándwich, que tostó al fuego. Mientras se lo comía, Traumwald se agitó, retrocedió y bufó levemente.
- ¿Quién eres?- preguntó Oren, preocupándose por que su entonación fuera completamente neutra.


Capítulo 4

4. En los asuntos de T’ang Corporations

Tras varios días vagando por el campo, Caoimhe estaba sucia, su ropa, rota, su alma, entristecida, y había perdido peso. Solo comía las plantas que sabía que eran comestibles, y solo bebía de un par de manantiales cuya agua era potable. Por eso, cuando vio un fuego en medio de la noche, y olió a queso y a pan tostado, fue hacia allí.
Había una persona sentada frente al fuego, comiéndose un sándwich. Caoimhe estaba hambrienta, y no pensaba con claridad. Cogió el trozo de cristal, lo sacó del bolsillo, y se dispuso a clavarlo en el cuello del hombre.
- ¿Quién eres?
Caoimhe casi pegó un salto del susto. ¿Cómo sabía que estaba ahí?
- ¡Dímelo! ¿Quién eres?
Por su voz, era un adolescente. Pero no se había girado. La chica agarró el trozo de cristal y lo alzó. El adolescente se dio la vuelta. Se asustó un segundo, y se repuso.
- No te recomiendo intentar matarme. Tienes hambre, ¿verdad? Mira.
Sacó pan de molde, queso y jamón york de una mochila que estaba junto a él. Se lo ofreció. Caoimhe siguió un segundo con la idea de matarle, después dudó, y por último soltó el fragmento de cristal y lloró.
Algo más tarde, cuando tres sándwiches habían aplacado el hambre de la chica, se decidió a hablar.
- ¿Cómo sabías que estaba aquí?
- Mira- la miró con sus ojos grises y señaló un gato negro que dormía junto al fuego.- Mi gata, Traumwald. Estaba agitada.
- ¿Quién eres?
- Es gracioso. Te acabo de hacer la misma pregunta. Además, soy yo el que te ha ayudado, así que eres tú la que tiene que contestar.
- Caoimhe- sin apellido. Sus padres la odiaban.
- Yo soy Oren Sylvan.
No se preguntaron qué hacían ahí, aunque las situaciones de ambos eran raras. Oren no sería curioso, pensó Caoimhe, y ella…
Oren le parecía raro. No solo raro. Le transmitía… algo inquietante.
- Despierta. ¡Despierta!
Caoimhe abrió los ojos. Seguía en su cama. Todo había sido un sueño. Pero cuando intentó incorporarse, varias punzadas de dolor la atravesaron. Había dormido en el suelo. El goteo de la lluvia, de la cornisa al suelo, le dijo que no había estado soñando. El que la había despertado era Oren Sylvan, no su padre.
- ¿Qué…? ¿Dónde…?
- Acabaste de comer y caíste dormida. Espero que tengas fuerzas para caminar.
- ¿Me voy contigo?- la chica se sorprendió.
- No me gusta, la verdad. Si no quieres venir conmigo, no vengas.
“Pero no tengo elección”, completó Caoimhe mentalmente. Al fin y al cabo, a ninguno le agradaba el otro, pero quedarse con Sylvan era lo mejor para ella, y él lo aceptaba. Quizá eso fuera un punto a su favor. Solo entonces se le ocurrió la pregunta lógica. Oren estaba metiendo sus escasas pertenencias en la mochila.
- ¿Adónde vamos?
- Al Agujero del Druida.
- Ni de coña. Estás loco. ¿Qué quieres, que muramos?
- No. Encontrar a alguien que murió.
Definitivamente, ese chico era raro, pensaba Caoimhe mientras los dos caminaban campo a través empujados por el viento. Por suerte, ya no llovía.
- Este camino pasa junto al Agujero del Druida- dijo la chica un rato más tarde.
Oren caminaba y pensaba. ¿Qué le había llevado a aceptar la compañía de esa chica? Quizá un acceso de solidaridad. Quizá porque había visto que ella lo necesitaba. Quizá porque él quería compañía. No… Bueno, la razón daba igual, solo importaba el hecho.
El camino subía una gran colina. Desde la cima se veía otra elevación del terreno, en cuya base había una apertura negra. El Agujero del Druida. De repente, Oren tenía ocho años.
- Voy a explorar- dijo.
- ¿No es peligroso?- preguntó Caoimhe.
Pero Caoimhe ya no era ella, sino Lily, la madre de Oren. Su padre apareció junto a ella. Ahora eso era un recuerdo. Oren estaba recuperando un recuerdo de hacía seis años.
- Claro que no. ¡No hay nadie!
Oren bajó corriendo la distancia que le separaba de la cueva. Entró. Dentro estaba muy oscuro.
- ¡Eco!- gritó, y el eco le respondió varias veces.
Dudando, Oren avanzó unos cuantos pasos. Frente a él, dos círculos rojos aparecieron. El chico empezó a distinguir más: un gran cuerpo escamoso, sostenido por cuatro fuertes patas, del que surgían una larga cola, dos alas membranosas y un esbelto cuello, todo ello negro. Sobre el cuello, una cabeza con fuertes mandíbulas y dos ojos rojos, los círculos de antes. El dragón saltó hacia él abriendo sus fauces.
Oren corrió, intentando orientarse en la oscuridad de la cueva. Pero pronto el dragón le acorraló. Era unas cuatro veces más alto que él, y sus ojos centelleaban con ira.
- ¿Qué haces aquí? ¿Qué haces en mi territorio, humano?- Oren calló.- ¡Responde!
- Yo… Yo no sabía… No quería…
- ¿No querías entrar? ¡Has entrado!
- No quería… molestar. No sabía que aquí viviera…
- ¡Basta! Si fueras otro, te mataría. Pero cualquiera puede ver que eres valiente, ¡aunque estúpido! Aunque no lo creas, humano, estoy en peligro. Necesito la ayuda de alguien como tú.
- ¿A… ayudarte? ¿Cómo?
- No hay tiempo para eso. ¡Quítate la ropa!
Oren, que seguía muerto de miedo, no dudó en obedecer. El dragón le tumbó con un golpe de una de sus patas y exhaló una llamarada sobre él. Oren gritaba y se retorcía de dolor mientras el fuego consumía cada centímetro cuadrado de su piel. Era un dolor inimaginable.
Entonces, el dragón levantó una garra. Con ella, y con una delicadeza aparentemente imposible para algo tan grande, grabó un complicado dibujo sobre su corazón. De pronto, el dolor cesó y las quemaduras empezaron a desaparecer.
- Caíste humano, Oren Sylvan. Levántate Bestia.

El recuerdo se desvaneció y Oren se encontró en el interior de la cueva, respirando agitadamente. Llamanegra necesitaba ayuda. ¿Para qué? Supuso que tendría que esperar para saber algo. Abrió la mano e hizo aparecer una llamita sobre ella.
- Kial.
La palabra, “luz” en lengua dracónica, hizo que la llama se volviera blanca, más pequeña y mucho más luminosa. A su luz vio que una gran área de suelo estaba ennegrecida, menos una silueta indudablemente humana.
Se dio cuenta de que Traumwald no estaba con él. ¿Por qué? Seguramente no le habría seguido cuando echó a correr. Así que Oren salió al exterior.
Lo primero que vio al salir fue a su gata, encaramada a una roca que bordeaba el camino de la colina, frente a él. Le lanzó un maullido de alarma, y Oren, alertado, miró a su alrededor.
Y le vio. Era un veinteañero con pelo castaño oscuro, alto, algo musuloso, y con los iris del color dela sangre.
- Buenos días. No esperaba encontrar a nadie por aquí.
- Oren Sylvan.
El hecho de que conociera su nombre puso a Oren en tensión.
- Veo que sabes quién soy. ¿Con quién tengo el placer de hablar?
- Con Daäkar. Vas a ver lo que les pasa a los que hurgan en los asuntos de T’ang Corporations.
Oren no necesitaba más. Se presionó el pecho, donde tenía grabado el símbolo de Llamanegra, y sus ojos se volvieron del color de las ascuas. Extendió las manos, de las que salió una cascada de fuego. Daäkar ni se inmutó. Cuando Oren cesó el ataque, vio que su oponente estaba intacto.
- ¡Imposible!- murmuró.
Entonces daäkar lanzó una bola de fuego con su mano. Oren la paró con el dorso de la suya. Le entró miedo al notar dolor y ver, en el trozo de piel tocada por el fuego,una quemadura que se curaba lentamente.
No dudó. Se llevó la mano al bolsillo y, esquivando los ataques ígneos de su contrincante, sacó la máscara de Dornem y se la puso.
Su ropa se transformó. Ahora llevaba una capa con una gran capucha calada, una camisa, unos pantalones sin nada destacable, y un par de guantes y de botas. Todo era negro y de un tejido durísimo, casi indestructible.
Presionó con ambas manos sus antebrazos. Del izquierdo salió un escudo y del derecho una espada, hechos de luz rojiza. Con el primero bloqueó unas cuantas bolas de fuego más y dio gracias por ser simbolista.
Corrió hacia Daäkar cubriéndose con el escudo, para atravesarle con la espada. Cuando llegó frente a él, se giró. Hubo un segundo en que su cuerpo no estaba cubierto ni por el escudo ni por la espada.
Y en ese mínimo instante, con una velocidad increíble, Daäkar le puso la mano sobre el corazón.
Oren tardó un segundo en procesar lo que pasaba. Lo primero fue que no comprendía qué utilidad podía tener eso. Y después sintió dolor, mucho dolor. Como si toda su piel fuera perforada con agujas. Como si bebiera ácido. Era peor aún que el fuego de Llamanegra.
Daäkar retiró la mano y Oren cayó al suelo de rodillas, jadeando. El castaño aló las manos. Oren sabía que eso sería el último golpe. Así que hizo un enorme esfuerzo, alzó el brazo y tocó la parte de su capucha que cubría su frente.
Y desapareció.

Desde lo alto de la colina, Caoimhe no daba crédito a sus ojos. Había visto a Oren y a ese otro joven hacer cosas imposibles. Estaba cagada de miedo. Y por si fuera poco, Oren se había esfumado.
- ¡Vamos, Caoimhe! ¡Rápido!
La chica se giró, intentando determinar de dónde venía la voz.
- Soy Oren. Estoy aquí- dijo un trozo de espacio vacío.
Caoimhe extendió la mano y tocó algo en el aire.
- ¿Qué…?
- Mi obra maestra. Un símbolo de invisibilidad. A la de tres, corremos hacia Dunlavin. No paramos hasta que uno de los dos esté a punto de morir. ¿Lista?
Caoimhe estaba más que confusa. Aún así, asintió.
- Vale. ¡Tres!
Y Caoimhe corrió, corrió como no lo había hecho en su vida. Pensaba que lo que le había pasado en su casa y en la iglesia ya era inquietante, pero acababa de ver cosas imposibles, y estaba corriendo junto a alguien al que no podía ver moverse, pero sí oír jadear.
Pero pronto lo olvidó, así como a la felina negra que se movía ágilmente algo más allá. Se paró cuando Dunlavin no estaba a más de un kilómetro de distancia.
A su lado, apareció una silueta negra que volvió a ser el Oren de siempre al quitarse la máscara. Ójala eso hubiera sido un sueño.
- ¿Qué coño ha pasado?
- Me ha vencido- pasado el peligro, era evidente que Oren tenía el orgullo lesionado.- A mí. A un protegido.
- ¡Eso ya lo sé, joder! ¿Cómo?
Oren estuvo un instante en silencio.
- Claro. Es la primera vez que ves magia, por eso no entiendes nada.
- ¿Magia? ¿No armas futuristas, ni nada por el estilo?
Oren rió.
- No. Magia.
- ¿Como la de los libros y las historias?
- No exactamente… Cada historia con magia tiene una magia única. Y esta historia, la historia en la que vivimos, la Historia con mayúscula, no es ninguna excepción.
Caoimhe no podía estar más desorientada. Ni más desconcertada. Ni más asustada. Ni más…
- Quizá esto sea demasiado para ti. Mira.
Se sacó del bolsillo del pantalón una bonita cantidad de billetes.
- Si estabas intentando matar a gente en el campo para sobrevivir, tienes que estar muy desesperada. Coges los billetes, nos separamos, nunca nos hemos visto ni nos volveremos a ver.
A Caoimhe esa opción le pareció idónea. Pero, ya que Oren parecía saber muchas cosas que ella ignoraba…
- Una última cosa- cogió una piedra, del tamaño de su mano, del suelo.- Esta que vas a ver, ¿es magia?
Se quitó el guante de la otra mano, y con los dedos desnudos tocó la piedra, que estalló en pedacitos. Levantó la vista y vio que Oren la miraba fijamente.
- Si quieres, puedes quedarte conmigo.
De pronto, echó a reír. Caoimhe se asustó aún más.
- ¡Ya lo entiendo! ¡Eres el demonio de Dunlavin!
La chica ya no sabía qué sentir. Solo se le ocurrió una cosa.
- ¿Cómo puedes hacerte invisible? Si la luz traspasa tu retina, es como si estuvieras ciego.
- El símbolo de invisibilidad es mi obra maestra- el orgullo de Oren no era invisible precisamente.- No sabes los problemas que me dio eso. Tardé año y medio en diseñarlo y completarlo.
- Bueno…- la pelirroja trató de sacar otro tema.- Sabes de magia, y yo no, aunque haga magia… así que creo que es mejor que vaya contigo. ¿Qué buscabas en el Agujero del Druida? ¿Qué vamos a hacer?
- Lo primero, puedo esperar a contártelo. Lo segundo… T’ang Corporations.
- ¿Qué es eso?
- No lo sé. Probablemente sea alguna multinacional asiática- sacó un MP4 del otro bolsillo de su pantalón.- Pero creo que ahora hay un autobús de Dunlavin a Dublín. Allí podremos hablar sin que nos moleste el viento. ¡Un último esfuerzo para llegar al autobús, Caoimhe!


Capítulo 5

5. Dos para Xin Qu

De alguna manera, lograron atravesar el pueblo y subir al autobús sin que ningún habitante de Dunlavin se fijara en ellos. Escogieron asientos alejados del resto de pasajeros.
- No buscabas a nadie ahí.
- No. Bueno, quizás. Pero no a nadie.
- ¿Y qué buscabas?
- A un dragón. Que al parecer necesita ayuda. Se llama…
- ¿Qué pasa?
- Daäkar. El que me atacó se llamaba Daäkar. Eso está en lengua dracónica.
- ¿Por qué lo sabes?
- Lo sé.
Oren se calló, y estuvo callado un largo rato. Sabía qué significaba Daäkar en lengua dracónica. Y eso no auguraba nada, nada bueno.

Lentamente, Caoimhe empezó a comprender todo.
- Hasta ahora, no te estabas metiendo con T’ang Corporations. Pero has llegado a un punto muerto. Y lo que ese Daäkar te ha dicho es que interferías con esa empresa. Y ahora lo vas a hacer conscientemente para ver si averiguas algo- Oren asintió con desgana.- ¿Y mi magia?
- Es rarísima. Se llama reverberación. Y, lo siento, yo no sé enseñar magia. Podrías comprar un libro. O encontrar un maestro, en Irlanda es fácil.
Estuvieron el resto del viaje en silencio. Oren estaba distante, escuchando música con unos auriculares enchufados a su MP4, y Caoimhe estaba en shock, intentando asimilar todo. Ni siquiera la gata, en la mochila de Oren, se movía.
Cuando llegaron a la capital, sin perder ni un segundo, el adolescente sacó a Traumwald de su mochila y preguntó dónde había un sitio desde donde se pudiera entrar a internet.
- ¿No te basta con una wifi?- le preguntó la chica mientras caminaban.
- No tengo nada que pueda entrar a internet encima. Eso se puede rastrear, y es peligroso.
Entraron a un hotel en cuyo bajo había unos ordenadores que se podían usar pagando. Oren se sentó frente a uno de ellos. Abrió el navegador y tecleó “T’ang Corporations”. No hubo ningún resultado.
- ¿Qué pasa?
Oren ya estaba tecleando códigos en otra ventana.
- Internet tiene un filtro que oculta cualquier cosa que tenga que ver con la magia. Estoy eludiendo ese filtro.
- Pero… Eso… Tiene que haber alguien controlando, ¿no?
Oren la miró, casi con admiración.
- ¡Claro! Eres lista. Pues… Es una organización, llamada el Gabinete, que funciona como un gobierno mágico mundial. Lo lleva una liga de países, Irlanda entre ellos.
Oren introdujo los códigos al navegador. Al instante, saltaron cientos de resultados. Abrió una página y la miró por encima.
- Vale. Así que T’ang Corporations es una multinacional de tecnología mágica cuya sede principal está en Aho Shan. Pues nada, vamos para allá.
- ¿A Aho Shan?- Caoimhe no sabía dónde estaba eso, pero no parecía que estuviera cerca.- ¿Ya?
- ¿Tienes algún inconveniente? Si quieres, comemos. Pasamos la noche aquí. Pero no nos iremos después de mañana por la mañana.

Horas más tarde, los dos adolescentes estaban sentados en un tren, yendo a Dios sabía dónde. Oren le había explicado que todos los países que formaban el Gabinete tenían un pequeño aeropuerto cuyos vuelos iban y venían de Aho Shan. También supo que Aho Shan era teóricamente una provincia china, pero que en realidad en ese territorio estaba el único país mágico del mundo: todos sus habitantes tenían poderes mágicos, o si no, venían de una familia que podía hacer magia.
Salieron del tren en una estación al lado de un pequeño aeropuerto teóricamente militar. Dentro había un simple mostrador de facturación, algunas tiendas en un pasillo, y una pequeña sala de espera.
- ¡Buenos días!- dijo la mujer que estaba tras el mostrador.- ¿Dos para Xin Qu?
- Sí- respondió Oren.- ¿Importa que lleve un gato?
- No, hoy no hay mucha gente. ¿Identificación?
Oren le enseñó un carnet a la mujer.
- ¿Señorita?
- Acaba de descubrir su magia, aún no tiene su carnet.
- ¿No puedo ir?- le susurró Caoimhe a Oren.
- No, tranquila. Solo te tendrán que hacer una prueba de sangre para comprobar que no eres alguien que se está haciendo pasar por otra persona.
Efectivamente, la mujer guió a Caoimhe a una puerta cerrada, que resultó que conducía a una especie de enfermería cuando estaba abierta. Allí, la sentó en un sillón médico, y la sacó con una jeringuilla unas gotitas de sangre que introdujo un aparatito. Le dio el visto bueno a la chica, que volvió con Oren.
Juntos intentaron matar el tiempo que quedaba hasta el despegue. Cuando estaban en una tienda, Oren dijo:
- Alguien nos sigue. Ve a mirar otro estante y luego a la sala de espera. Voy a intentar algo arriesgado.
Caoimhe le obedeció. Unos momentos después, Oren se dio la vuelta. Vio a un hombre alto, muy musculoso, moreno pero pálido y barbudo. Fingió mirar algo en su MP4 mientras iba hacia él.
- ¡Perdón! ¡Lo siento!- exclamó tras chocarse.- No estaba atento.
El hombre gruñó con desaprobación. Mientras iba a reunirse con la chica, Oren examinó el carnet que hasta hacía unos momentos asomaba en el bolsillo del barbudo.
Pertenecía a una asociación que no supo identificar, principalmente porque el carnet estaba escrito en algún idioma escandinavo. Pero había un nombre: Niklaus Thorvaldsen.
- Quizás sea de T’ang Corporations- dijo Oren al reunirse con Caoimhe.
- ¿Cómo lo sabes?
- Solo lo sospecho. Pero si pudieron rastrearme en medio de la nada, no me extrañaría de que pudieran encontrarme en un sitio más importante.
Thorvaldsen entró a la sala de espera. Oren se le acercó.
- Perdone, creo que se le ha caído esto- le extendió el carnet.
El hombre lo cogió bruscamente.
- ¿Usted es de T’ang Corporations? ¿O solo le han contratado para esto?
El hombre se llevó la mano al cinturón, y la subió con un movimiento rapidísimo. Oren se apartó, pero aún así sintió el frío filo del metal cruzando su mejilla.
- Eres listo- habló el escandinavo por primera vez.
Oren vio el arma: tenía un filo de medio metro, y parecía un diseño militar. No había visto nada parecido. Vio un segundo cuchillo al otro lado de la cintura del hombre.
Saltó hacia atrás, y activó la espada de su antebrazo. Con ella bloqueó los dos cuchillos. Pero Thorvaldsen atacó otra vez, y otra. No le dejaba tiempo ni de respirar. Entonces el mago se dio cuenta de que tenía que hacer algo distinto. Tras esquivar un ataque del mercenario, saltó hacia delante. Thorvaldsen, sorprendido, dio un paso hacia atrás. Oren aprovechó su duda y, moviendo el brazo derecho, le hizo un profundo corte en el hombro.
- Ya veo…- dijo Thorvaldsen.
Soltó un grito salvaje. Creció varios centímetros. Sus músculos se acentuaron. Le salió pelo or todo el cuerpo.
“¿Qué es eso?”, pensó Oren, horrorizado.
Niklaus Thorvaldsen se había convertido en licántropo.
Pero, en un segundo, su mente se reactivó. Corrió hacia el fondo de la sala, donde Caoimhe se encogía, asustada.
- Distráele- susurró.
- ¿Cómo?
- Quítate esos guantes y toca cosas. No tardaré más de treinta segundos.
Corrió aún más y se colocó detrás de un cartel de negocios. Llamó a su gata, mientras escuchaba el sonido de objetos explotando.
Traumwald llegó. Oren la cogió con un brazo y puso dos dedos del otro en el pelaje que le cubría la frente. Después, llevó esos dos dedos a la suya y, repitiendo el movimiento, empezó a recitar el ancestral conjuro:
- Kin te ni ye no te ha
Sa te ve li gan ti na…

El licántropo, de un manotazo, derribó a la chica, y corrió hacia el cartel, que apartó sin esfuerzo. Oren estaba detrás, de pie pero con los ojos cerrados, y la cabeza y los hombros caídos, como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos. El mercenario empuñó su hoja y la lanzó hacia su rostro.
No lo atravesó.
En apenas un instante, Oren se había desplazado. Abrió los ojos, que ahora no tenían blanco, eran solo iris y pupila. Pupila de gato. Sonrió, y mostró una dentadura afilada. Se oyeron unos crujidos mientras sus huesos se recolocaban. Mientras, un pelaje negro le cubrió el cuerpo. Ahora el adolescente era un híbrido de humano y gato.
- ¿Eres bastler?- gruñó sorprendido Thorvaldsen.
- ¡Eres gilipollas!- replicó Oren.
Activó la espada simbólica y volvió a atacar a su oponente. Ahora era él el que no dejaba al otro respirar. Lanzaba un golpe, y sin importar que el licántropo lo parara o no, ya estaba golpeando desde otro sitio. Le hizo retroceder algunos pasos y, con la mano que tenía libre le lanzó una bola de fuego que prendió en su ropa y su pelo. Thorvaldsen huyó corriendo, aullando de dolor.

Como cada vez que hacía el berserk, Oren estaba exhausto. Murmuró la palabra que deshacía el conjuro y, mientras volvía a la normalidad, de sus ojos y su boca fue saliendo una neblina luminosa que se condensó en el suelo, formando a Traumwald.
Caoimhe se acercó corriendo.
- ¿Qué era ese hombre? ¿Qué eres?
- Él, ni idea. Yo, un berserker.

En otro lugar, decenas de metros bajo tierra, hablaban un hombre y una mujer. Él era esbelto, ella tenía un porte atlético.

- Ceres- dijo el hombre, acariciándole el rostro a la mujer frente a él - tengo algo para ti que se que te va a gustar - señaló, para agregar luego de ver el interés brillar en los ojos de la luchadora. -Nuevamente iremos por Hawkson.
- ¿Padre o hijo?
- Hijo - la mujer se mostró interesada en la propuesta.
- ¿Qué debo hacer?
- Será todo un desafío, deberás capturarle en uno de los sitios más seguros del mundo, más allá de nuestro propio Palacio - señaló con placer el hombre. - El lugar es conocido como el Palacio del Emperador, en Xin Qu, la capital de Aho Shan.
- ¿Aho Shan?- Ceres nunca había oído hablar de esos sitios.- Mentor, ¿dónde me mandas? - su rostro cambió del encanto a la confusión, ella, que conocía bien las naciones del mundo, las divisiones geopolíticas y los diversos ambientes del mundo, por primera vez oía algo que no sabía.
- Eso ya lo entenderás después de leer esto - dijo entregándole una carpeta llena de papeles e informes de aquél lugar. - Tendrás que capturarle de una manera muy específica. Al parecer, capturándole allí en cierta fecha, será una deshonra para el emperador de Aho Shan.
Ceres pensó cuidadosamente lo siguiente que iba a decir.
- ¿Qué debo hacer para que esa rata caiga al fin en la trampa?
Mentor río.
- No te preocupes por el muchacho, él estará ahí. Hawkson recibirá una invitación a ese sitio. Siendo tan seguro todo el país de Aho Shan, ningún fugitivo la rechazaría - Se detuvo para agregar con una sonrisa y completa convicción. - No la rechazará. - Lo que él no sabe es que no tenemos que entrar. Aviro ya está dentro. Otro nombre, otro aspecto... pero Aviro, al fin y al cabo.


Capítulo 6

6. Vida antes

El avión, aunque pequeño, estaba casi vacío. Desde el despegue, Oren se había sentado junto a una ventanilla, pero Caoimhe pronto notó que evitaba mirar por ella. Al responder a la inevitable pregunta de la pelirroja, dijo que cuatro años atrás le había pasado algo que le había hecho temer la altura y la caída.
La chica aprovechó para pensar en todo lo que le había pasado el último día. Sintió, obviamente, miedo y pena por lo que había dejado. Pero después de eso le asaltó la curiosidad, como a una niña pequeña al explorar. Había un mundo entero que desconocía por descubrir.
El sol traspasó sus párpados y le hizo abrirlos. Amanecía. A su lado, Oren dormía. De alguna manera, despojado de su fría mirada y sus secas palabras, parecía normal, incluso... profundamente herido.
Entonces Caoimhe lo vio. Estaba en su postura, encogida. En el temblor sutil de sus manos. En su respiración, ligeramente entrecortada. Por primera vez, Oren Sylvan mostraba un sentimiento verdadero. Y... Caoimhe intentó imaginar qué clase de sueño podía hacer que se asustara.
Recordó lo que le había dicho el día anterior sobre las alturas. Seguramente se tratara de eso.
A su lado, el mago se removió en sueños, abrió los ojos y se desperezó con amplios movimientos.
- Ay...- se quejó.- Dormir en un avión es siempre tan incómodo...- la miró.- ¿Ya estás despierta? Buenos días, entonces.
Por la megafonía anunciaron que quedaba una hora para el aterrizaje.
- Tengo algunas preguntas que hacerte.
Oren dudó un momento antes de dejarla preguntar.
- ¿Qué hicisteis ese hombre y tú ayer?
- Bueno… Yo soy un berserker.
- ¿En serio? No lo pareces.
Oren rió con una carcajada cristalina.
- En realidad los berserker no somos como la mayoría de gente pensáis. Mira… En algún antiguo idioma nórdico, “berserk” significa “piel de oso”. Por eso, la gente piensa que somos guerreros tan fuertes que pueden matar un oso a puñetazos para luego desollarlo y abrigarse con su piel. ¡Qué va! En realidad, podemos usar un conjuro que permite por un corto rato la unión en cuerpo y alma con un animal que comparta con cada uno un fuerte vínculo. De ahí nacen mitos como los tritones, o los hombres lobo.
- ¿Y ese hombre también era un berserker?
- Ni idea. No tenía animal compañero. No existe ninguna magia que pueda hacer eso… al menos en la Tierra.
¿Al menos en la Tierra? ¿Existía algún otro mundo? Caoimhe no quiso preguntar sobre eso, y formuló su siguiente pregunta, mucho más delicada:
- Esa pesadilla que estabas teniendo, ¿era por estar en un avión?
Hubo un pequeño silencio.
- Ójala… La altura no mata, ni los recuerdos. Ya sé que me estoy metiendo en la boca del lobo, pero… Creo que esto es demasiado. Lo poco que he visto de T’ang Corporations es muy inquietante… Sobre todo ese Daäkar.
- ¿Por qué es tan inquietante?
- Pues… pudo quemarme. Me hizo algo muy doloroso, y que no conozco. Y su nombre… Su nombre está en lengua dracónica, y en inglés sería Llamanegra.
Se volvió a instalar el silencio sobre ellos. Esta vez era mucho más grande, y asustó a la chica, que se apresuró a romperlo:
- ¿Por qué eres tan frío? ¿Por qué tienes recuerdos que te pueden provocar pesadillas? Por qué no vives con tus padres? ¿Por qué…?
La única mirada que le lanzó el chico decía mucho más que todas las palabras que había pronunciado Caoimhe juntas. Sus iris parecían más oscuros, y en ellos había una verdadera tormenta.
Se sentó, definitivamente, entre ellos un silencio fúnebre. Las preguntas que luchaban, en el pecho de Caoimhe, por salir murieron todas. La chica, casi por miedo, decidió esperar a que su compañero le hablara. Pero Oren no le habló. No le habló mientras bajaban del avión, ni mientras cambiaba sus billetes en monedas redondas de oro y plata, de distintos tamaños pero todas con caracteres chinos grabados y un agujero cuadrado en el centro. No le habló cuando, tras salir del aeropuerto y entrar a un taxi, le dijo al conductor que los llevara “al centro de Xin Qu”. Tampoco le dirigió la palabra mientras el vehículo atravesaba extensos arrozales, ni mientras se adentraba en una gran ciudad, con mucha gente pero pocos coches en sus calles.
Después de que el taxista recibiera su pago, y Oren se adentrara, seguido por Caoimhe, en un túnel que atravesaba una escarpada colina, la chica no aguantó más y rompió el silencio.
- ¿Cómo nos vamos a entender con la gente?
Oren la miró con curiosidad, como si solo hubiera estado comprobando cuánto tiempo podía estar ella sin hablar.
- Existe un idioma que todo mago sabe hablar, y con él puede hablar con todos los magos y magas del mundo.
- ¿Me lo puedes enseñar?
Oren la miró con un brillo divertido en sus ojos.
- No creo que te interese aprender inglés.
Anduvieron una corta distancia. El túnel hacía una cuesta ascendente, de modo que no veían qué había al otro lado, solo cielo.
- No estás preparada para lo que vas a ver.
- ¿Qué voy a ver?
- No te preocupes, yo tampoco estoy preparado. Hay un proverbio ahoshaní que dice que se te corta la respiración en tres momentos: cuando te enamoras intensamente a primera vista, cuando recibes un duro golpe, y cuando ves por primera vez Xin Qu.
- Pero ya hemos pasado por Xin Qu, ¿no?
- Xin Qu es antigua, como ese proverbio. Eso era la periferia. Ahora vamos a entrar en el centro.
Anduvieron tres pasos más, después Oren se detuvo.
- Antes de que salgamos y se me olvide, tengo que decirte algo. Ahora que nos metemos en asuntos peligrosos, quiero que sepas que nunca te voy a mentir. Y te ayudaré todo lo que pueda, pero sin ponerme en peligro. Quiero decir- añadió,- que no arriesgaré mi vida ni nada demasiado importante por ti. Y agradecería que tú hicieras lo mismo conmigo.
Caoimhe no se sintió entristecida, sino aliviada. Desde que se encontraron, ella sentía que no era más que un incordio para su acompañante, y que su ayuda podía cesar en cualquier momento. Ahora Oren le acababa de decir lo que ella pensaba, aunque no era tan malo como ella había creído. De hecho, pensándolo en frío, oren podría haberle hecho cosas peores, como violarla… Solo iba con él para no pasar hambre. ¿Pero hasta dónde podía confiar en él?
Se percató de un detalle importante: nunca le había visto buscando pelea. Las dos veces que había luchado había sido para defenderse de magos que le habían encontrado.
Llegaron a la salida del túnel.
- ¿Estás preparado?- bromeó la chica.
- No. Pero al menos yo lo reconozco.
Salieron.
Aún no estaban fuera de la roca, sino en un porche tallado dentro de ella. Una barandilla de piedra lo cerraba, transformando el porche en balcón. El balcón continuaba a ambos lados, lo que lo convertía en pasillo abierto por el que caminaba la gente.
La chica miró fuera de la barandilla. La escarpada colina se extendía a ambos lados, continuada por otra, y otra… Formaban un círculo casi perfecto. Y las colinas de pura roca, desnudas de toda hierba, tenían tallados niveles y niveles de pasillos que avanzaban, subían o bajaban por la colina en que se encontraban. En las paredes de los pasillos que no se abrían al exterior se abrían puertas, que serían casas. Todo lo que se podía ver, menos las puertas, estaba tallado en la piedra de la colina, y era perfecto. Ninguna colina era demasiado alta, ni demasiado gruesa. Las decoraciones, bajorrelieves en las paredes, las barandas y los pilares, eran simples y monocromáticas, pero con una extraña belleza, idéntica a la que la chica veía en otras obras de arte orientales.
Debajo, en el interior del círculo, no había viviendas, solo unos bellos jardines con anchos caminos, cuidados árboles y cristalinos estanques.
Y en su centro se alzaba un edificio, el único independiente de las colinas. Tenía cinco pisos rodeados por pasillos abiertos como en el que se encontraban los dos adolescentes, cada uno cubierto por tejadillos. Tejadillos con tejas rojas como el coral. Las columnas, cuadrangulares, eran de una madera oscura y compacta, y de esa madera eran los suelos. Las barandillas eran de la misma madera, pero tenían incrustaciones de algún metal oscuro cuya única distinción con el resto de la madera era su intenso brillo. Y las paredes… No se podía discernir de qué material eran las paredes, porque estaban cubiertas de pinturas de vivos colores y claros contornos.
- Dios mío…- logró decir Caoimhe.
- Increíble- respondió Oren.- Ya había leído sobre ella, pero no podía imaginar Xin Qu como es debido.
- ¿Sabes mucho sobre esta ciudad?
Oren resopló. ¿Había sido él así de preguntón e insoportable cuando estaba aprendiendo? Decidió aguantarse y satisfacer la curiosidad de la chica. Le explicó que Xin Qu era una ciudad antiquísima, de más de cuatro mil años, que se conservaba así de bien por los conjuros que la amparaban y los símbolos grabados y escondidos por todos sus rincones. Se la llamaba la Ciudad Fortaleza: las colinas eran las murallas perfectas, y una vez dentro, era fácil atacar las casas desde el palacio (que, aunque no lo pareciera, era un buen bastión) pero no al contrario.
La emperatriz que empezó a construir el palacio, la Dama Shan, quiso que el palacio fuera, además de sus otras funciones, un centro para todas las artes.
En ese punto Oren cesó su explicación.
- ¡Sigue!- le instó Caoimhe.
- ¿No crees que ya te he respondido muchas preguntas por hoy? Creo que es mi turno de preguntar.
- ¿Ah, sí? Bueno, como quieras, pregunta. Yo no guardo secretos.
- ¿Por qué estabas tan desesperada como para matar a gente por un bocado de comida?
Al instante, Caoimhe dio medio paso hacia atrás y empezó a balancearse, desplazando su peso de una pierna a la otra. Estaba muy incómoda.
- No necesito que me respondas- dijo Oren tras unos segundos,- solo que me comprendas.
- ¿Ya lo sabes?
- No lo sé. Tampoco me importa, no me va a cambiar la vida ni nada. Pero la forma en que te has sentido… Así me siento cuando me haces preguntas incómodas. Quieres que te desvele secretos que ni a mis amigos se los diría, y eso que nos conocimos anteayer. Pero espero que no seas tan tonta como para no conocerme mejor ahora- súbitamente, su expresión y tono cambiaron.- ¿Pero qué hacemos discutiendo en la ciudad más bonita del mundo? ¡Venga, hay que verla!
- ¿Dónde…?- Caoimhe seguía conmocionada por lo que acababa de pasar.- ¿Dónde vamos?
- ¡Ni idea! Ya te he dicho que no he estado nunca aquí. ¡Hay que explorar Xin Qu!
Durante el resto de ese día, visitaron la ciudad, viendo todo lo que pudieron, yendo de un sitio a otro corriendo por los pasillos de piedra. Comieron lo que compraron a un hombre que tenía en su casa un puesto de comida, y por la tarde tomaron un delicioso té en una acogedora habitación dentro de la piedra. Caoimhe pudo observar dos cosas: que allí no había locales, por tanto los negocios o bien estaban en la periferia, o bien ocupaban ocupaban parte de la vivienda de quien los llevara; y que en esa ciudad la tecnología estaba presente, pero no era imprescindible, como el juguete de un niño.
También vio que algunos, al ver a Oren, le miraban, señalaban y murmuraban.
- ¿Por qué se comportan así?
- Es una larga historia.
- ¿Secreta?
- No mucho. Quizá otra vez te la cuente. Pero si quieres averiguarla por ti misma, pregunta cómo murió Harold Sullivan.

Caída la noche, Oren dijo que tenían que salir del centro para buscar una pensión. Caoimhe se entristeció por tener que salir de allí, pero su fatigado cuerpo se alegró, ya que llevaban casi todo el día andando.
Pasaban junto a muchas puertas para llegar a una salida del centro. Una de ellas se abrió, y salió una anciana, que habló en un inglés perfecto, con ligero acento oriental.
- ¡Oren Sylvan!
Este se volvió.
- ¿Qué pasa?
- ¿Qué haces en Aho Shan?
Caoimhe le preguntó en susurros que si la conocía, y Oren negó ligeramente con la cabeza al tiempo que respondía:
- Nada, turismo.
- ¿Tienes algún sitio donde dormir? Si no, puedes entrar en mi casa.
Oren cambió su postura a una defensiva.
- Es usted muy hospitalaria, pero no, gracias.
- Insisto. Por favor- su tono era casi suplicante,- no te pido nada.
- ¿Por qué me ofrece usted eso?
- Hace una semana, mi familia me abandonó. Soy vieja y necesito compañía. Por favor.
- Señora, lo siento. Voy a hablarle claro. En dos días, me han intentado matar dos personas. Sospecho que usted es la tercera.
- Si solo es eso… Te he dicho la verdad. Y no os voy a hacer daño, a ninguno de los dos. Os lo juro por mi sangre. Os lo juro por mi magia. Por mis ancestros y descendientes. Por todos los magos y todas las Bestias. Por la Tierra y por Prioterra. Por mi nombre y por el vuestro. Por las Cuatro Familias y el Emperador de Aho Shan.
Al oír eso, Oren no dudó:
- Vamos con ella, Caoimhe.
- ¿Por qué?
- En Aho Shan, si alguien rompe ese juramento, se le puede matar sin repercusiones legales.
- Pero…- entraron.- Es difícil saber eso, ¿verdad?
- No te creas. No sé cómo funciona, pero es un conjuro. Deja un rastro en el cuerpo.
- Una profunda cicatriz en el cuello- dijo la anciana.- Llamadme Abuela.
Abuela tenía un aspecto curioso: su pelo era blanco y largo, y las arrugas surcaban su rostro curtido por el viento. Sin embargo, no iba encorvada, y sus movimientos no eran ágiles, pero sí fluidos. Era obvio que en algún punto de su vida había pronunciado un conjuro para retrasar el envejecimiento. Su ropa era simple y tradicional, de colores claros pero no llamativos: blanco y beige. Oren desconfiaba de ella, como desconfiaba de cualquiera que no fuera Amelia Grenland o Traumwald.
La casa era muy rara: estaba alumbrada por lámparas mágicas que producían luz pura, así que aunque estuviera dentro de la roca, parecía que la luz diurna entrara a raudales por unas ventanas inexistentes. Las paredes estaban pintadas de blanco, y el mobiliario era simple, hecho de una madera clara. Quizá para preservar la estabilidad de la montaña, muchas de las habitaciones estaban en niveles diferentes, por lo que para ir de un sitio a otro había que subir o bajar muchas escaleras.
Abuela correteaba de un lado a otro, preparando té, sacando de sus armarios ropa para Caoimhe, que no se había cambiado desde que salió de su casa, dando de comer a la gata de Oren… El vacío que habían dejado en su casa Xinqiang y sus nietos al irse se estaba llenando. Sus ojos brillaban de felicidad.

El invierno en Oslo era crudo, pensaba Alex Hawkson mientras se tomaba un chocolate caliente en una cafetería. Fuera, un metro de nieve cubría la calle, y crecía, alimentado por la nevada. Jugueteó un poco con un mechón de su negro pelo y tomó otro sorbo.
- ¿Alex Hawkson?- preguntó una voz desde la puerta.
El aludido se levantó tan bruscamente que casi volcó su silla.
-Relájese, no pienso hacerle daño- la voz inexpresiva provenía de un aún más inexpresivo rostro oriental.- Tome esto. Siéntase honrado.
La mujer se fue, dejando a Alex con un rectángulo de papel entre las manos. Estaba escrito en chino, y decorado con finísimas filigranas de metales preciosos. Le dio la vuelta y vio el mismo texto, pero en inglés.
"Honorable señor Hawkson Alex, alias Teloris:
Tya Ni Cao, el noble emperador de Aho Shan, le invita a pasar el Festival de la Victoria en el palacio de Xin Qu, en calidad de invitado. Este papel le proporcionará de forma gratuita el traslado desde donde esté ahora hasta la puerta del palacio.
Alex no cambió su posición, pero fue invadido por una sensación de triunfo. Había oído leyendas del país secreto, y ahora tenía no sólo la prueba de su existencia, sino una entrada gratis a ese país, entre sus manos. En el mundo, pensó, no existía ningún sitio mejor para hacer lo que estaba haciendo: esconderse de Aviro.

Al despertar, Daäkar notó otra presencia en su mundo. Se levantó y vio frente a él al Hombre, con su blanca coleta, su pañuelo en torno al cuello, y sus ropajes ornamentados.
- ¿Por qué has venido?
- Sé que quieres salir. Y te digo: no debes. Es tu deber vivir aquí.
- También era mi deber matar a Oren Sylvan. No eres el único hombre- su tono de voz iba subiendo.- No creo que seas mi creador. ¡No quieres que mate a Oren Sylvan para tenerme aquí diciendo que no cumplo mi deber!
- ¡No debes dudar de mí, Daäkar! Te mantengo aquí porque es lo mejor.
- Ya conocía ese lugar. He vivido siempre aquí, pero conocía ese lugar- se fue acercando al Hombre.- Y conocía a Sylvan. ¿Por qué? Dímelo- le agarró por la tela que le cubría el cuello.- ¡Dímelo!
- No- respondió el Hombre.- Y no te dejaré matar a Sylvan. No me gusta tu actitud, Daäkar. Has de cambiarla.
Le clavó una jeringuilla en el brazo, y Daäkar cayó dormido. Pero al despertarse, supo que había tenido otra vida. Una vida de las colinas verdes, y de Oren Sylvan. Una vida antes del mundo y del Hombre.


Capítulo 7

7. Conversación hostil

- El palacio es un centro para todas las artes porque él mismo es una obra maestra de arquitectura, todas sus paredes están o serán cubiertas por escenas de la historia ahoshaní; sus gárgolas y bajorrelieves son bellas esculturas; en la biblioteca hay libros y literatura de toda época y procedencia; y se organizan cada año allí exposiciones de fotografía, conciertos, se representan obras de teatro y se proyectan películas.
Era media mañana, y Abuela estaba respondiendo las preguntas de Caoimhe. Lo hacía de mejor grado que Oren.
- ¿Por qué conocías a Oren?
- Bueno, es famoso.
- ¿Por qué es famoso?
- Hizo una gran gesta, y a los diez años, lo que la hace más grande. Pero estoy respondiendo preguntas, no contando historias- protestó con tono desenfadado.
A través de las paredes de piedra, llegaba a los oídos de Caoimhe el repiqueteo de la lluvia que bañaba Xin Qu. Era muy relajante.
- ¿Puedes enseñarme magia, Abuela?
La expresión facial de la anciana cambió de calma a ligero desconcierto.
- Quizá… ¿Cuál es tu disciplina?
- Soy una…- ¿Cómo lo había dicho Oren?- reverberadora.
- Vaya… Será todo un reto, pero lo intentaré.
Se oyó un maullido y la gata negra entró a la habitación para tumbarse sobre la baja mesa frente a la cual estaban ambas arrodilladas. Abuela intentó acariciarla, pero Traumwald rehuyó su mano.
- No es muy arisca, pero solo me deja a mí acariciarla- intervino Oren cuando acabó de subir las escaleras.- Yo también tengo una pregunta, Abuela: ¿qué es T’ang Corporations?
- Pues es lo que hace de Aho Shan un país rico y planta cara a White International. Como ellos, inventan y fabrican tecnología mágica.
- ¿Tienen relación con las Bestias?
- ¿Con las Bestias? No, no, no creo.
Llamaron al timbre y Abuela se levantó de la mesa, bajó las escaleras y abrió la puerta. Un hombre con ropa oscura estaba en el pasillo abierto.
- ¿Señor Sylvan Oren?- preguntó el hombre.
- Sí, ¿qué quiere?- preguntó el aludido.
- Al señor T’ang Zhu le gustaría gozar de su compañía.
- ¡Claro!- murmuró Oren.- T’ang Corporations, ¡su jefe tiene que ser T’ang Zhu, la cabeza de una de las Cuatro Familias! Disculpe- subió el tono,- mi pregunta: ¿puede venir también mi amiga Caoimhe?
- Disculpe- llamó por su móvil e intercambió unas rápidas palabras con su interlocutor.- El señor T’ang Zhu no ve ningún inconveniente.
- ¿Por qué quieres que vaya?- preguntó Abuela.
- Ver el interior del Palacio del Emperador tiene que ser increíble, y difícil. Además, estaría bien que aprendiera a mantener una conversación hostil.

Atravesaron rápidamente bajo la lluvia los jardines, y entraron al palacio. Dentro, Caoimhe intentó quedarse con el camino que recorrían, pero el interior del edificio era un verdadero laberinto.
Llegaron frente a una ornamentada puerta. El escolta la golpeó con los nudillos, y dijo algo en su idioma. Abrieron la puerta.
- Señor T’ang Zhu- se arrodilló,- el señor Sylvan Oren y su acompañante.
Se arrodillaron también los dos adolescentes.
- Es Oren Sylvan. Los europeos anteponen el nombre al apellido, ¿no es así?
- Sí, señor T’ang- respondió Oren sin alzar la vista.
- Levanta, Oren Sylvan. Le has prestado tal servicio a Aho Shan… ¡Qué digo! A toda la Tierra, incluso a Prioterra, que dudo que exista el hombre que merezca tenerte de rodillas ante él. Y tú, levanta también: los ojos de cada bella dama merecen ser vistos. ¿Cómo te llamas?
- Caoimhe, señor T’ang.
Al alzarse, Caoimhe vio a T’ang Zhu. Era viejo, pero se conservaba bien. Tenía el largo pelo blanco recogido en una coleta, que contrastaba con sus ojos, del color del carbón. Su ropa era austera, pero estaba hecha de finísimos hilos verdes entre los que hilos rojos aún más finos formaban complejos patrones. Al cuello llevaba una prenda parecida a una bufanda con el mismo diseño.
La habitación que había detrás de él era espaciosa, iluminada por lámparas y ventanas. En ella habían algunas piezas de mobiliario, como asientos, una mesa, y muchos objetos decorativos.
- Sentaos, por favor.
Sin embargo, antes de dirigirse a los asientos, Oren desvió su trayectoria para mirar una forma que parecía humana, cubierta por una sábana.
- Veo que a tus ojos les agrada eso. Si conoces bien a tu antepasado- su entonación cambió ligeramente,- sabrás qué es.
- La Armadura del Sol. ¿Qué hace aquí? Pensé que se había devuelto a Prioterra.
Caoimhe notó el ya conocido filo de las palabras de Oren, y supo que estaba llamando ladrón a T’ang Zhu. ¿A eso se refería con “conversación hostil”?
- Mi padre era T’ang Xiao, el Silencioso. La Armadura del Sol le correspondía a él por botín de guerra, a mí por herencia.
Caoimhe se fijó más en la forma cubierta y vio que incluso a través de la tela llegaban destellos blancos y amarillos. Fuera lo que fuera eso, brillaba mucho. Sería bastante, ya que atravesaba la tela. Era bastante raro, pero tras ver a Oren absorber a Traumwald, ya no le sorprendería nada.
- Pero no venimos aquí para que usted presuma de sus tesoros- dijo Oren.
- No. Como ya sabrás, Oren, últimamente has estado interfiriendo mucho en asuntos de mi empresa, y me he visto forzado a entrevistarte personalmente.
- De mis tres entrevistadores, usted es el que más me gusta. Es muy educado.
Claro. Los otros dos no habían sido nada educados, habían intentado matarle. Así que mantener una conversación hostil consistía en decir cosas normales y sin importancia para insinuar lo importante. Desde luego, pensaba Caoimhe, es un juego inteligente.
- Me honras. He de preguntarte: ¿a qué ese interés?
- No tengo interés en dificultar los negocios de su noble empresa, solo de responder una pregunta que lleva años incordiándome. Le ruego disculpe cualquier dificultad que le pueda estar causando a T’ang Corporations, pero son inintencionadas.
“Así que seguiré causándolas.”
- Insisto. Ahora, no eres sino un incordio para mi empresa, así que somos enemigos, pero si no lo fueras, te ofrecería regalos de amistad- ¿Estaba T’ang desesperado? ¿Ya no veía otra salida que comprarle?
- Su amistad me honraría, créame. Pero la curiosidad es molesta, se satisface con respuestas, no con honra ni regalos.
- La honra sería mía, Oren. Pero los regalos… Esto que ves aquí es solo una mínima parte del tesoro de la familia T’ang, que casi rivaliza con el del emperador. Tengo más objetos venidos de Prioterra, si bien no tan majestuosos como la Armadura del Sol. Reliquias de los Tuatha de Danann. Escamas de dragón.
Ore reaccionó visiblemente ante las últimas tres palabras.
- ¿Cómo han llegado esas escamas a su tesoro?
- Mi familia es antigua, y su tesoro, vasto. Nadie puede conocer la historia de todos sus componentes.
- Como le he dicho, la curiosidad solo se sacia con respuestas. Siento cualquier intromisión con su empresa, pues no es mi intención causarla.
- Está bien. Gracias por dedicarme algo de tu tiempo. Os indicarán la salida.

En los pasillos laberínticos, Caoimhe preguntó:
- Estaba desesperado, ¿verdad?
- No. Era muy, muy sutil. No estoy seguro de qué ha dicho, pero creo que es que él es tan rico y poderoso que puede permitirse comprarme sin problemas. Pero- añadió,- ha cometido un error. En Aho Shan solo hay una escama de dragón, es dorada y está engastada en la corona del emperador.
A la puerta, una mujer dio a Oren un trocito de papel bellamente decorado. Caoimhe pudo leer que era una invitación para celebrar el Festival de la Victoria en el Palacio del Emperador, “por la gran hazaña que desempeñó”. Abuela le había dicho algo parecido. ¿Qué era esa hazaña? ¿Y las Cuatro Familias? ¿Y el Festival de la Victoria? Caoimhe tenía muchas preguntas que hacer a Abuela.
Pero Caoimhe no pudo aliviar su curiosidad esa tarde: Abuela empezó a enseñarle a usar su magia.
La chica aprendió que lo que hacía era transmitir vibraciones a través del tacto, no solo con las manos, aunque fuera más fácil. Descubrió que los guantes solo impedían que las cosas explotaran porque ella creía que lo impedirían. A partir de ahí, ella supo que podría controlarse a base de fuerza de voluntad. Era difícil, pero a la hora de cenar casi podía dominarse. La única pregunta que pudo hacer Caoimhe era qué magias tenían Oren y su maestra. Abuela le explicó la de Oren.
- Y la mía- soltó una risita,- es preparar platos deliciosos, como estos.
Durante la cena, la chica se fijó en que Oren manejaba los palillos con grandes dificultades.
- Puedes trazar símbolos perfectos, vaciar los bolsillos de la gente sin que se dé cuenta, ¿pero no puedes manejar unos palillos?
- ¡Soy humano!- dijo en tono divertido.- También tengo miedos y defectos. Pero parece que tú no los ves… ¿Es que los oculto? ¿O los ignoras a propósito?
- ¡Cállate!- la chica le dió un codazo, riendo.
Estaba tan cansada por el entrenamiento que, tras cenar, fue al dormitorio que compartía con Oren y se durmió tras tumbarse. Pero Oren ayudó a Abuela a quitar la mesa y fregar. Mientras que hacía esto último, le preguntó:
- ¿Conoces leyendas sobre los Protegidos?
Claro que las conocía, y no solo leyendas, hechos, porque en Aho Shan se conservan muchos más textos y mucho más antiguos que en Europa.
Tras media hora de cuentos, Oren conocía muchos más detalles sobre el protectorado: que a través del símbolo del pecho, Bestia y protegido intercambiaban sentimientos y pensamientos, y podían provocarse sensaciones, como dolor intenso. Además, las Bestias podían adquirir forma humana sin perder un ápice de su poder ni de su esencia.
- Ahora te tengo que preguntar algo, Oren: ¿por qué manejas a la vez el simbolismo y la piromancia?
- Tengo muchos talentos. Hasta mañana, Abuela.
- Hasta mañana. Espero que te haya enseñado muchas cosas sobre los protegidos.
Sus entonaciones hicieron pensar a Oren que sospechaba algo. Pero Abuela era la menor de sus preocupaciones, ya que había jurado no hacerle ningún tipo de daño. Su angustia crecía cada vez más. ¿Qué había hecho T’ang para poner a Daäkar contra su protegido? ¿Y cómo había conseguido sus escamas?
Durmió una noche agitada y entrecortada.

Al oeste, se alza una altísima cordillera. Los humanos la llaman Himalaya, y la consideran alta, aunque poderosas magias hagan que sus montañas más altas, pobladas y sagradas sean invisibles e inaccesibles para ellos. Allí se encuentra desde tiempos antiguos el reino de Thannaselanye, el mayor reino de las Bestias del Viento, que a diferencia de otras forman sociedades.
Sobre una cornisa rocosa, observando atentamente el mundo a sus pies, sintiendo la noche sobre ella y escuchando el viento que corría entre sus plumas, albas como la nieve que cubría muchas cercanas cimas, montaba guardia Rachye. Pero, creía ella, montar guardia era una costumbre inútil, y de tiempos antiguos, de las grandes guerras entre Bestias. Ahora, la magia que cubría Thannaselanye era la mejor guardia, y no pasaría nada que requiriera la atención de una mente.
Empezó a pensar que se equivocaba cuando el viento que se deslizaba entre su plumaje abandonó el caos y empezó a seguir un patrón ordenado. No lo controlaba ella. El viento empezó a ordenarse a su alrededor, y ella sintió una ligera curiosidad. Entonces, el viento formó una palabra:
“Rachye.”
Era una voz de uno de los suyos, pero muy débil… No, muy débil no, muy tenue. Y, a la vez, sentía como si fuera algo que ya conocía, pero que llevaba tiempo sin escuchar. Sobre la roca, crispó sus garras y tensó sus alas.
- ¿Quién va?
“Yo, Rachye. Yo.”
Se movió sobre sus cuatro patas para ayudar a sus ojos de cielo a buscar al hablante.
- ¿Y quién eres tú? ¿Dónde te encuentras?
“Soy Zaren. No estoy en ninguna parte.”
- ¡Padre!- empezó a respirar entrecortadamente.- ¿Por qué estás aquí? ¡La Plaga se llevó tu vida!
Y el viento empezó a hacer una forma, una forma estable a pesar de que lo que la formaba estaba en constante movimiento. Y el viento adquirió un color negro y ámbar en los ojos, algo que ni siquiera el más hábil de Thannaselanye podía lograr. Y Zaren, el padre al que ella había conocido durante sus primeros años, estuvo frente a ella, aunque fuera poco más que intangible forma y tenue voz.
“No estoy aquí. Como bien dices, la Plaga se llevó mi vida. Pero hay serios problemas, y se me permiten cortas palabras a un solo oyente. Escucha, Rachye. Has de buscar al amigo y aprendiz de mi amigo muerto. Es la única manera de salvar a las Bestias.”
Ella no sabía qué pasaba, pero tenía miedo, porque grave debía ser la situación en que los muertos se vieran obligados a aconsejar a los vivos.
- ¿Quién es el amigo y aprendiz de tu amigo muerto? ¿Quién es tu amigo muerto?
“El primero es aquél humano felino. Todos los humanos mágicos creen que acabó con la oscuridad. Su hazaña fue grande, pero no tanto. El segundo fue aquél al que vigilé, aquél que me atendió durante mi enfermedad, aquél que se reunió conmigo tras cumplir su promesa, aquél que te nombró como su amor.”
Y la tenue voz cesó, y la forma de viento coloreado pasó a ser simple viento, moviéndose según sus caprichosos deseos. Y Rachye, desesperada y aterrada, hacía trabajar a su mente a la velocidad de un huracán.


Capítulo 8

8. Una información equiparable

- Mira.
Abuela sacó de un cajón hojas y hojas de papel, todas con dibujos hechos de líneas y anotaciones.
- Mi marido era simbolista. Siempre decía que le pasara esto a otro simbolista si no lo acababa.
Oren observó los símbolos. Era una investigación en toda regla. Estando desordenadas las hojas, era difícil saber qué era lo que se buscaba.
- Le echaré un vistazo.
Agarró el fajo de papeles. Cuando iba a guardarlo cayó una hojita. El símbolo grabado en ella era inconfundible. Estaba compuesto por formas complejas, acumulaciones, unidas entre sí por pocas y simples líneas. Oren ya había visto un símbolo así, y nunca lo olvidaría.
- Abuela, ¿qué le pasó a tu marido?
- Nada- su tono se había endurecido.
- Por casualidad… ¿fue a España?
- ¿Cómo lo sabes?
- ¿Era el mejor en lo suyo? ¿No volvió de allí?
- Oren… ¿Cómo sabes todo esto?
- Ya he visto un símbolo así. Una forma tan rara… No sé, para los simbolistas es casi como la firma de un cuadro. No sé nada cierto, pero- hizo una pausa,- creo que sé qué le pasó.
- Está bien, dilo.
- Harold Sullivan hizo, de alguna manera, que trabajara para él. Supongo que después le mató. Lo siento… si he hecho que te sientas mal.
- No. Creía que me había abandonado. Supongo que es mejor así.
No hablaron más del tema. Abuela bajó a enseñar a Caoimhe y Oren salió a buscar información sobre las operaciones de T’ang Corporations que pudieran tener relación con dragones.

Cuando llevaban cinco minutos entrenando, Abuela señaló a Caoimhe un jarrón de porcelana blanca con motivos azules, y le dijo que se lo diera.
- Mis guantes… Los estabas lavando- intentó evadirse la chica.
- No estaban sucios. Dámelo. Por cierto… Ese jarrón me lo regaló mi hijo Xinqiang cuando era pequeño.
Caoimhe se puso nerviosísima. Abuela le había cogido los guantes a propósito. Y además con un objeto de tanto valor para ella…
Se acercó a la estantería. “No va a explotar”, pensaba. Abrió las manos y las acercó al estante para agarrar la porcelana. Posó las yemas de sus dedos sobre la superficie. “¡No va a explotar!”
El jarrón vibró.
Y se quedó quieto. De una pieza. Con sumo cuidado, la chica lo levantó, y, pasito a pasito, dio media vuelta y se lo llevó a Abuela. Cuando estuvo a medio metro de la anciana, esta se lo quitó. Caoimhe respiró hondo, sintiendo un gran alivio.
- Gracias. Aunque tampoco me hubiera importado que lo rompieras. Es de un gusto horrible. Solo lo consevaba para que Xinqiang no se ofendiese.
- ¿Qué? ¿Para eso me he preocupado tanto?
Abuela rió.

Oren estaba nervioso. El método que había escogido para descubrir qué se traía T’ang Zhu entre manos era el mejor. Pero también el más arriesgado: recurrir a un informador. Eso se juntaba con el miedo de tener a su propio protector contra él.
Salió del centro de Xin Qu. Había decidido verse con un informador que frecuentaba una casa de té de las afueras. Caminaba rápidamente, más por nerviosismo que por decisión o prisa.
Se detuvo. Miró un largo instante hasta que se dio cuenta de que sus ojos no lo engañaban. En la terraza de un bar se sentaban dos personas. La mujer era delgada y tenía el pelo recogido en una larga trenza. Pero era el hombre el que había atraído la atención de Oren: era alto, muy musculoso, de piel blanca y pelo negro.
“Thorvaldsen.”
Por un momento pensó en salir corriendo, pero la curiosidad mató a ambos gatos. Traumwald y él se acercaron todo lo que pudieron a la pareja.
- … estúpido que eres, Niklaus- decía la mujer.- ¿Cómo puede ser un bastler?
- Te lo juro por lo que quieras, Ceres. Se transformó en felino delante de mis ojos.
- No hay ningún bastler llamado Oren Sylvan- Oren se estremeció.
Además, ¿qué era “bastler”? Ya lo había oído… ¡Claro! Se lo había dicho Thorvaldsen: “¿Eres bastler?”
- Y toda la tecnología capaz de crearlos está controlada por Aviro. Aún así, si fue capaz de ponerte en fuga, me gustaría tener una conversación con él- sonrió maliciosamente.- Pero Sylvan es tu asunto. Yo apunto a cosas mucho más grandes.
- Claro, como eres la amiguita de Mentor…
- Sabes que soy mucho mejor que tú. Voy a capturar a Hawkson.
Oren se alejó. Nada interesante.
Le pareció que había pasado demasiado poco tiempo cuando, tras preguntar a varias personas, llegó frente a la casa de té. Entró.
- Buenos días- saludó una mujer.- ¿Viene a tomar un té o a hablar con la Susurradora?
Oren logró articular que lo segundo, y la mujer le condujo tras una fina pared. Allí, arrodillada ante una baja mesa, estaba sentada “el informador”. Era una mujer joven, con pelo largo negro y liso, tez pálida y facciones perfectas. Oren se arrodilló frente a ella y la mesa.
- ¿Qué quieres saber?
- ¿Qué quieres tú?
- Esto no funciona así, niño. No es una venta, es un intercambio. Yo te doy algo y te pido otra cosa de igual valor.
Junto a Oren, Traumwald se removió. Oren también sentía una gran inquietud. Solo poseía una información equiparable a la que pedía: su propio nombre. Aún así, preguntó:
- ¿Qué… Qué ha hecho T’ang Corporations en Irlanda?
- Eso es muy extenso.
- Operaciones… específicas. Que no sean transacciones comerciales ni filiales.
- Entiendo. Asuntos extraños. Pues… En estos últimos años desplegaron agentes cerca del pueblecito de Dunlavin en abril del 2000 y noviembre de 2008.
La segunda vez, para llevarse a Daäkar. ¿Pero la primera?
Recordó que, antes de hacerle su protegido, Daäkar le había dicho que estaba en peligro. ¿Era T’ang Corporations su peligro? Imposible, colaboraba con ellos. No era capaz de entender nada, y él odiaba eso.
- Hablar de T’ang es tan grande que no se paga con dinero- interrumpió sus pensamientos la informadora.- ¿Qué puedes decirme?
- ¿Y si no te digo nada?
- Mejor que lo hagas, niño. Tengo medios para hacerte pagar.
Oren no lo dudaba. Pero no quería decirle su nombre: ella se lo diría a T’ang, que haría todo lo posible por eliminarle. No era una buena idea tener a la cabeza de una de las Cuatro Familias en su contra. ¿Qué podía hacer?
En la desesperación, probó algo que le pareció inútil.
- Ceres quiere capturar a Hawkson.
Sorprendentemente, la informadora se inclinó hacia delante, como un joyero que examina la calidad de una piedra preciosa.
- ¿De verdad? ¿Quién te lo ha dicho?
- Ella misma. Se lo escuché. La espié.
- Valdrías para informador, niño.
- Gracias- era un gran halago viniendo de uno de ellos,- pero no es lo que más me interesa.

Durante algunos días más, Oren fracasó en todos sus intentos de descubrir algo más sobre la relación de T’ang con el dragón, y Caoimhe progresó con su magia.
La noche anterior a la víspera del Festival de la Victoria, Oren y Caoimhe estaban en su habitación compartida, a punto de dormirse.
- Oren- dijo ella.- En casa, antes de dormirme, siempre leía un rato. Ahora que con Abuela casi no tengo preocupaciones, lo echo de menos.
No sabía por qué se lo había dicho. Ni siquiera sabía si considerarle su amigo.
- Si quieres… te cuento un cuento.
- ¿Como a una niña pequeña? ¿En serio?
- Sí. Eres una niña pequeña. Bueno, no me mires así, solo hablando de magia, claro. Aún te queda mucho por aprender. ¿Quieres que te lo cuente? Una leyenda. O alguna historia venida de Prioterra. Un cuento de Madrid, mi ciudad.
Caoimhe asintió.
- Nunca he contado una historia… Disculpa si no lo hago bien-
- No importa.
- A ver… En cierto reino, vivía un niño. No era fuerte, no sabía de magia, su familia no era rica ni importante. Lo único especial que tenía es que por sus venas, no, por las de toda su familia, corría una gota de sangre de demonio. Y eso era tan peligroso que su familia había tenido que cambiarse el nombre por ello: podía ser convertidos en demonios por uno de esa especie.
Oren hizo una pausa, y Caoimhe sintió una ausencia física en la habitación cuando su profunda voz dejó de llenar el aire. El adolescente inspiró y siguió.
- Pero eso se descubrió. Unos cazadores de demonios mataron a los padres del niño, que pasó a ser huérfano, solo e indefenso, a merced tanto de los demonios como de sus cazadores. Un religioso le ayudó, pero solo le daba algo que llevarse a la boca y un sitio donde pasar las noches. No era su escudo, ya que no podía rivalizar con los perseguidores del niño. Era cuestión de tiempo hasta que un cazador de demonios le encontrara. Y pasó. Un día por la calle, un cazador de demonios le vio, corrió hacia él, le derribó y desenfundó su espada.
Entonces fue cuando apareció un demonio, un pequeño demonio. No era pequeño por su tamaño, ni por su poder, solo por su edad. Además, conocía a los humanos, y simpatizaba más con ellos que con el resto de su propia raza. Pero eso no hizo que matara al niño. Al contrario, haciendo gala de su poder, puso en fuga al cazador de demonios. Pero respetó al niño. Le explicó que había hecho eso por una promesa, una promesa que había hecho a un amigo mientras este moría. Su amigo le había dicho que el niño guardaba un gran poder, un antiguo poder que había que proteger tanto de la muerte como de los demonios.
Viajaron días para ponerse a salvo, hasta que lograron alcanzar un castillo. Allí, el pequeño demonio trató de aprender sobre el antiguo poder que existía dentro del niño. Pero no pudo descubrir nada, ya que los rumores habían atraído a los mejores cazadores de demonios del reino. Ellos no sabían nada del niño, pero sí del pequeño demonio. Cuando vieron que ese demonio apreciaba mucho al niño, les separaron y empezaron a golpear al niño. La jefa de la brigada le dijo al pequeño demonio que no pararían hasta que no se entregara.
Justo entonces, uno de los cazadores rompió la camisa del niño. Y el pequeño demonio vio, en su pecho, a la altura del corazón…- hizo una pequeña pausa,- una enorme cicatriz.
Oren paró, y la interrupción sacó a Caoimhe del sueño en el que estaba entrando.
- El hombre que había matado a su familia también le había matado a él, pero el antiguo poder que el niño albergaba le había salvado de la muerte. El pequeño demonio lo comprendió, y supo que había fallado a su amigo. Y, aunque odiara al resto de los demonios, aunque conociera todos los sentimientos humanos, seguía siendo un demonio. Y su violenta naturaleza se manifestó. Poniendo en peligro al niño y a sí mismo, apartó a todos los cazadores de demonios, y, como estaban sobre una gran torre, tiró al niño- gran pausa.-
Pero solo lo había hecho para escapar. Él podía escapar solo de los cazadores, y también podía hacer que el niño no sufriera daño. Así que lograron huir. Poco después, un gran señor les ofreció refugio. Les dio comida y cama, pero les quitó la libertad. Al pequeño demonio no le gustaba eso, y se escapaba de su cautiverio por las noches. Y en una de esas salidas, descubrió que el señor era en realidad un gran demonio, que quería al niño.
Trataron de salir sigilosamente, pero el gran demonio se andaba con mil ojos, y les cortó el camino. Los dos demonios comenzaron a luchar, usando magias tan poderosas que los cimientos del castillo se tambalearon. Pero ganó el gran demonio, que corrió enfurecido y victorioso hacia el niño.
Entonces, cuando todo parecía perdido, el antiguo poder del niño se desató, y el castillo estalló, y el gran demonio murió abrasado, pero ni el niño ni el pequeño demonio sufrieron daño.
Oren paró su narración.
- Hasta mañana, Caoimhe.
- ¡Espera! ¿Qué pasó después? ¿Qué hizo el niño? ¿Y el pequeño demonio?
- El pequeño demonio se dejó matar por los cazadores de demonios, y como ya no había más demonios en el reino, el niño estaba a salvo. Y él… Intentó seguir con su vida, lo mejor que pudo.
- No es un final feliz…
- No es tan triste como podría haber sido… Además, no puedo cambiar el final de esta historia, solo contarla.
- Ya… No todo son finales felices. Hasta mañana.
- Hasta mañana.


Capítulo 9

9. Su problema

Antes de desayunar, Caoimhe fue al baño a darse una ducha. Apenas había movido el picaporte cuando salió la voz de Oren proclamando que el baño estaba ocupado. Así que Caoimhe fue a la cocina y se sirvió el desayuno con las manos desnudas. Ni siquiera temblo la taza.
Tras desayunar, volvió a su cuarto a escoger ropa limpia y fue de nuevo al baño.
- ¿Puedo pasar ya?
- Sí, ahora mismo salgo.
Caoimhe entró. Oren tenía puestos sus eternos vaqueros holgados y se estaba abrochando una camisa a cuadros blancos, rojos oscuros y negros. Solo llevaba la mitad de los botones abrochados, y al mirarle, la chica vio que una cicatriz cubría el lado izquierdo de su pecho.
- ¿Qué…?
Tardó un segundo en darse cuenta. La historia de la noche anterior… ¡Oren había disfrazado su propia historia para contársela!
- ¿Por qué? ¿Por qué la historia de anoche?
- ¿Estás bien?- se acercó y empezó a abrazarla, pero se contuvo.- Lo… Lo siento.
¿Por abrazarla? ¿Por si la cicatriz la había traumado? Eligió la segunda opción.
- Solo es una cicatriz, no pasa nada. Lo de anoche… ¿Era tu historia?- Oren asintió con la cabeza.- ¿Por qué me la cuentas?
- Hace unos días, me preguntaste por qué soy tan frío, por qué no vivo con mis padres y por qué tengo recuerdos que producen pesadillas. Era mi forma de responderte. Eres la primera persona a la que cuento esto. A… a la que aprecio lo suficiente como para contárselo.
- ¿Debería sentirme honrada?
- Eso lo decides tú- la coraza de Oren había vuelto.- ¿No querías ducharte?

Oren no sabía qué le había pasado con Caoimhe. Sabía, por experiencia propia, que la forma más fácil de dañar a alguien era a través de sus seres queridos. Por eso desde hacía cuatro años no se había encariñado mucho de nadie, menos de Traumwald, que era casi parte de él.
Decidió ejercitar un poco el simbolismo para distraerse, y recordó el trabajo del marido de Abuela. Fue a la habitación, cogió las hojas y se puso a trabajar sobre la mesa.
Parecía que lo que ese hombre hacía era escoger un símbolo, y luego separarlos en uno o dos “cuerpos”, conectados de forma simple. También había anotaciones que, cosa rara, estaban en inglés. En una de ellas decía: “Parece que los símbolos simples tradicionales se pueden descomponer en múltiples, de dos o más núcleos de acción, que son más fuertes que los simples. Y esos símbolos múltiples son más fuertes cuanto más escasas y simples son las conexiones entre sus núcleos.”
Oren decidió probar a hacer un símbolo múltiple. Escogió uno fácil: el escudo, el mismo símbolo que tenía en el brazo izquierdo. Lo trazó en una hoja de papel. Después tuvo que emplear dos horas en distinguir, usando todos sus conocimientos de geometría simbólica, cuáles eran los núcleos de acción del símbolo. Tomó otra hoja de papel y trazó la versión múltiple del símbolo con su eterno bisturí. Los conectó con simples líneas y máximo cuidado, y cuando acabó, tocó el resultado.
Hubo un chisporroteo de luz rojiza, y tras ello, nada.
Oren se enfureció: ¿para eso había malgastado media mañana? Con un grito de furia, cogió la hoja de papel y la rompió en dos trozos, que cayeron al suelo.
Necesitaba beber agua, así que se alejó de la mesa medio paso. No pudo dar el paso entero, ya que se encontró con algo como una barrera de cristal. Empujó y la barrera se rompió en trozos amarillos anaranjados que desaparecieron. ¿Qué era eso?
Oren giró para buscar con la mirada la fuente de la barrera. No la vio al principio. Pero cuando miró al suelo, vio la hoja donde había trazado un símbolo múltiple, rota justo por las líneas conectoras. Entre las líneas quebradas había finos hilos de energía, que causaban la burbuja sólida.
“Claro…”, pensó. “Cuanto más finas son las conexiones, más fuerte es el símbolo. ¿Qué mejor que que no las haya?”
Su mente de simbolista empezó a pensar en decenas de cosas que se podían hacer con esos símbolos coordinados.
- ¡Sí, sí, toma ya!

Esa cena era la primera comida a la que Oren podía asistir en el palacio. Tras atravesar los jardines, fue guiado por el laberinto interior del palacio hasta una puerta verde con incrustaciones de oro. El guía le hizo un gesto de invitación con las manos, y Oren entró.
Todo en la sala era grande: las desnudas paredes, que elevaban la altura del techo, las cuatro puertas que desembocaban en ella, las ciento muchas sillas y la mesa redonda alrededor de la cual estaban dispuestas. La mesa, además, era una filigrana: estaba hecha de distintos tipos de piedra, minerales y metales, preciosos o no, que formaban intrincadas formas curvas y abstractas.
En esta sala, por muy fastuosos que fueran los ropajes de los comensales, eran eclipsados y parecían pequeños. Estaban sentados alrededor de la mesa. Allí, frente a la puerta, estaba Tya Ni Cao, el emperador de Aho Shan. Llevaba puesta una austera corona de jade y madera negra, con la escama de dragón dorada engarzada. A sus lados estaban, su propia familia y las Cuatro Familias, lo más parecido a la nobleza ahoshaní: a los diez años, cada miembro de esas familias juraba obediencia absoluta al emperador con el mismo juramento con el que Abuela había prometido a Caoimhe y Oren no dañarles. Después estaban los demás invitados. La mayoría eran ahoshaníes, pero también había algunos extranjeros. Entre todo ese lujo, Oren Sylvan se sentía ridículo con su simple camisa.
Tya Ni Cao se levantó.
- El Festival de la Victoria es feliz porque recordamos la derrota de Sullivan. Pero hace cuatro años fue doblemente feliz porque Sullivan murió. Y hoy es triplemente feliz, porque su asesino acaba de entrar en esta sala. Oren Sylvan- Tya Ni Cao retrocedió,- me inclino ante tu hazaña y tu valentía.
El emperador se inclinó literalmente. A un tiempo, todos los comensales se levantaron y le imitaron. Y de pronto, Oren, el que iba ridículamente vestido, pasó a ser la persona más importante de la sala. Se sintió como si estuviera desnudo, y se ruborizó. Tya Ni Cao soltú una risotada.
- Veo que eres guerrero, y no señor: no te gustan los halagos. ¡Pero a todos nos gusta la buena comida! Siéntate- señaló una silla,- Oren Sylvan, pronto llegarán los que quedan.
Oren se sentó, aliviado, y vio que a sus lados no había más que ahoshanís, que charlaban animadamente en chino. A su lado había una silla vacía, y deseó que ahí se sentara un extranjero; si no, estaría bastante aburrido.
Fueron llegando los invitados restantes. El recibimiento del emperador para ellos no fue ni mucho menos tan solemne, y así supo que el suyo había sido sincero. Lanzó una mirada alrededor de la mesa: T’ang Zhu se la devolvió fríamente, pero ni rastro de Niklaus Thorvaldsen o la tal Ceres.
Entró a la sala un joven que tendría ocho o nueve años más que él. Fue recibido brevemente y se sentó junto a Oren. Por un rato no se hablaron, Oren lanzaba miradas de reojo al joven, que las devolvía en menor medida.
- No pensaba- dijo,- que hubiera gente tan joven por aquí.
- Ya, es raro. ¿Por qué estás aquí?
- Me dieron la invitación. ¿También invitan ingleses?
- Soy madrileño.
- Menos mal, si no tu acento sería completamente británico.
- El americano es peor- replicó.- Y encima en la tele siempre hay algún actor o político vomitando, digo, hablando así.
Tya Ni Cao acabó un discurso en su idioma y apareció un ejército de camareros que sirvieron platos, agua y un licor blanco translúcido en un pequeño vaso. Oren, con un gran esfuerzo, consiguió probar un poco de arroz con los palillos y lo encontró delicioso. Un camarero advirtió su dificultad y le dio cubiertos occidentales. Pudo concentrarse en la comida, y así no tener que hablar con el joven de su lado: no le había caído nada bien.
Entonces, alguien que parecía importante exclamó lo que Oren supuso que sería un halago al emperador, y todos levantaron sus vasitos de licor. Oren los imitó. Vaciaron el vaso de un trago. El líquido abrasó la boca y garganta de Oren, que recordó por qué odiaba el alcohol. Entonces el camarero rellenó el vasito. Poco después, el emperador exclamó algo parecido.
Antes de alzar su vaso, Oren buscó con la mirada a T’ang Zhu. El noble tenía la mirada fija en él, y al adolescente le llegó la revelación: T’ang le tenía algo preparado para cuando estuviera borracho. Así que, esta vez, Oren se llevó el licor a la boca, pero no abrió los labios: parecía que hubiera bebido, pero no lo había hecho. Más tarde, averiguó que eso era una especie de brindis por cada miembro distinguido de la mesa: Tya Ni Cao le dedicó un elogio en inglés.
Intentó conversar con el joven que había a su lado, pero no le soportaba, y no consiguió averiguar más que su nombre: Alex Hawkson.
Empezó a notarlo. Estaba en el ruido de platos y copas, en las animadas conversaciones, en el movimiento de la gente. Era el mismo agobio, el mismo miedo a la multitud que le había asaltado días atrás en el Club Magyk. Tenía que salir. ¿Dónde estaba Traumwald? La había dejado en casa de Abuela, recordó, porque quizá no fuera bien recibida en palacio.
Se levantó. Un hombre le preguntó qué le pasaba. Fue a contestarle, pero recordó que T’ang le quería borracho.
- Tengo que irme- dijo, hablando como si estuviera lleno de aquel asqueroso líquido blanco.
- Puede dormir aquí.
- No, no no, me esperan.
- Hasta la vista, entonces. No es correcto faltar a una cita.
Fue a salir, y recordó súbitamente algo que había oído.
- Hawkson- susurró Oren,- estás en peligro.
- ¿Es eso una amenaza?- el joven había bebido algo más que Oren.- No me das miedo, ¿sabes?
Inútil razonar con él. Además, Hawkson y Ceres no eran su problema. Su problema era T’ang Zhu, cuyos ojos sentía en su espalda.
Dando fingidos tumbos, salió de la sala. Una vez fuera, en el laberinto de pasillos, respiró hondo para calmarse y repasó mentalmente el camino seguido para llegar allí. Empezó a desandarlo. Entonces se preguntó cuál podría ser la razón por la que T’ang le observara así. Oyó algo cuando iba a torcer una esquina. Intentó frenarse, pero ya era tarde.
- Aquí está- dijo Niklaus Thorvaldsen a través de una especie de microcomunicador de radio.- Pero parece sobrio.
Podría estar asustado, o mentalizándose para luchar Pero Oren estaba molesto. Sí, porque acababa de estar en una cena agobiante, sintiéndose amanazado, con un único compañero de conversación que era insoportable, ¿y ahora esto?
Sopesó sus posibilidades. No tenía a Traumwald con él, pero si las cosas se ponían feas podía usar la lengua dracónica.
La transformación de Thorvaldsen en licántropo acabó, y Oren activó su escudo. El lobo humano se lanzó a por él. Oren bloqueó los zarpazos con su escudo, e intentó infructuosamente herirle con la espada.
Aunque la fuerza de Thorvaldsen era grande, el escudo era muy resistente, y Oren lograba bloquear todos los golpes. Lo único que conseguía el escandinavo era que Oren retrocediera, y el adolescente ya pensaba en el mejor contraataque.
Entonces su espalda tocó algo, y giró la cabeza. Una pared. Un pasillo sin salida. Comprendió que Thorvaldsen no quería dañarle. Quería conducirle a donde quisiera haciéndole retroceder. Tenía que rehacerse. Contraatacar. Demasiado tarde. Un zarpazo en la cabeza hizo que su vista se nublara.

Abrió los ojos. Forzó a su cuerpo a reanimarse. Vio una luz. Vio que la luz llegaba a través de unos barrotes. Vio que estaba en una pequeña habitación. Vio que los barrotes formaban una puerta. Vio a Thorvaldsen entre la puerta y la luz.
- Cinco minutos- gruñó el hombre.- Has tardado solo cinco minutos en despertarte. Sí que eres duro.
Empezó a irse, pero cambió de opinión.
- Por si te interesa, T’ang Zhu ha dicho que quizá te saque para ejecutarte, pero viendo lo cabrón que eres, quizá te deje ahí a morir de inanición.
- Estás… Estás en peligro.
- Mira quién lo dice.
- Empezar… una pelea en el Palacio del Emperador es una gran deshonra. Espero que T’ang te proteja bien, porque se castiga duramente.
Thorvaldsen sacó una fuerte risotada del fondo de su pecho.
- ¿Te parece que me importa esa honra? Además, nadie lo sabrá, aparte de nosotros tres.
Se fue.
Oren se puso a trabajar. Murmuró “apocaliptei”, y la protección simbólica de la celda se hizo visible a sus ojos.
Se le cayó el alma a los pies. Había símbolos grabados en la celda, sí, pero estaban cubiertos por piedra en las paredes y metal en las rejas: no podían ser destapados. Era una protección perfecta, a prueba de simbolistas y reverberadores.
“Cálmate. Piensa. Tiene que haber una salida. Si has podido entrar, puedes salir.”
Oren empezó a pensar. Tenía el resto de su vida para hallar la forma de salir.
Alguien salió de la celda contigua y se puso frente a la de Oren. Llevaba utensilios para limpiar. Vio que estaba ocupada y pasó a la siguiente.

Por Thannaselanye pasan todos los vientos del mundo. Y esos vientos guardan recuerdos de todos los sitios por donde han pasado, olores y sonidos. Escuchando el viento se pueden saber muchas cosas.
Rachye había decidido buscar ella sola al humano del que su padre le había dicho que era la única manera de salvar a las Bestias. Para ello, tendría que escuchar el viento.
Hay en Thannaselanye una antigua y grande ruta, en la que se conservan, en constante movimiento, todos los vientos que alguna vez han pasado por el reino.
Algunas leyendas dicen que es natural, otras, que la construyeron las Bestias del Viento. Pero, fuera lo que fuera, ese era el mejor sitio del mundo para escuchar el viento.
Al entrar, Rachye buscaba la voz de su padre, para saber quién era su amigo muerto. Escuchó muchas conversaciones suyas, pero no era ninguna.
- No, Zaren, no. Es tu hija. Además, no soy de tu raza. No soy yo quien debe escoger su nombre.
- Dornem, por favor… Ya sabes que no soy bueno para eso. Dime algo. Lo que sea. Al fin y al cabo, puede que no lo use.
- Está bien…
Hubo una pausa. Rachye empezó a buscar otra ráfaga de viento, pero el humano siguió.
- Rachye.
¿Rachye? ¿La estaba llamando? ¿Cómo?
- ¿Rachye? ¿Sigues queriendo a Rachel? ¡Perdona! Lo siento, no quería tocar ese tema, pero… ¿la recuerdas?
- Cómo olvidarla, Zaren. Cómo olvidarla.
Rachye no se lo creía. ¡Un humano había escogido su nombre! ¿Qué debería sentir?
Recordó la frase de su padre: “Aquél que te nombró según su amor.” ¿Era ese Dornem el amigo muerto de Zaren? Entonces, ¿quién era su aprendiz? Cambió la voz que buscaba.
De esa voz no escuchó mucho, pero la mayoría eran conversaciones con otro humano, que parecía muy pequeño. Supuso que ese sería su aprendiz.
Y otro viento, mucho más reciente, le dijo su nombre: Oren Sylvan. Esa ráfaga era tan reciente que pudo incluso, por su olor, saber su procedencia: un reino humano famoso incluso entre las Bestias, Aho Shan.


Capítulo 10

10. Contra Aviro

- Deja de preocuparte por Oren, Caoimhe. Seguramente aún le dure la resaca.
- Lleva desde anoche ahí… No sé, no le veo capaz de quedarse hasta tan tarde en una fiesta, una cena, no sé, lo que sea eso.
- ¿Tan bien le conoces?
Traumwald empezó a maullar de nuevo. Llevaba toda la noche inquieta.
- Tya Ni Cao debería dejar entrar a los animales- se quejó Abuela.- Los berserkers y sus parejas no se pueden separar, si no, pasa esto.
- ¿Sabías que es berserker?- Caoimhe estaba sorprendida.
- ¡Soy vieja, pero aún no estoy ciega! Tanto apego entre una persona y un gato es imposible sin el berserk. Si fuera un perro, me lo pensaría, ¡pero un gato…!
Caoimhe trató de tranquilizarse. ¿Tranquilizarse por qué? ¿En serio se estaba preocupando por Oren? Además, seguramente no le pasara nada…
Siguió quitando el polvo a la estantería de madera. Llevaban desde que se despertaron sacando brillo a esto, lavando lo otro… ¡Era el Día de la Batalla!
Un rato más tarde, Abuela le dijo a Caoimhe que salieran. Acababa de salir de su habitación, y llevaba ropajes más ornamentados, pero aún así, simples.
Salieron. Las calles, excavadas en la pared de la montaña, se estaban llenando de gente que miraba hacia abajo, a los jardines. Caoimhe miró también. No había nada.
- ¿Por qué todos miran abajo, Abuela?
- Es la Batalla de los Quinientos. Debe de estar a punto de empezar.
- ¿La Batalla de los Quinientos?
- Sí. Es una recreación de una batalla que ocurrió en esta misma fecha, en el año que para vosotros es… 1945, creo. Entonces, un ejército se enfrentó a Harold Sullivan, un mago oscuro que quería destruir Aho Shan.
Poco a poco, las calles-balcones que rodeaban los jardines empezaron a llenarse de gente. Sin embargo, el espacio que rodeaba el palacio estaba vacío. Y ese vacío atraía todas las miradas.
De las puertas del palacio salieron uno, dos, cinco, incontables personas. Eran de distintas edades y estaturas, y de ambos sexos. Pero todos iban vestidos igual, un simple traje rojo con un dragón amarillo bordado. Eso y sus ordenados movimientos…
- ¿Es el ejército?
- Son actores. Pero en Aho Shan no existe vuestro concepto de ejército. Como la mayoría tenemos magia, todo el que pueda luchar tiene la obligación de hacerlo si se necesita.
De debajo de ellas salió un solo hombre. Llevaba puesta una compleja armadura. Todos se pusieron en tensión.
- ¿Quién es?
- Harold Sullivan. Un mago oscuro y malvado que halló el secreto de la inmortalidad. Lleva puesta la Armadura del Sol.
Oren ya había mencionado a ese Harold Sullivan, pero Caoimhe no sabía cuál era su relación con el chico.
Los soldados empezaron a atacar a Sullivan. Pero el mago oscuro se sacó de algún sitio una espada y telas negras que representaban sombras. Con ellas iba derribando a los magos sin esfuerzo. El sufrimiento de los ahoshaníes era evidente. Por más que lo intentaban, y a pesar de su enorme ventaja numérica, morían, morían a decenas. Y pronto no quedó ni uno en pie.
Sullivan soltó una risa maniática y empezó a caminar sobre los cadáveres vestidos de rojo hacia el palacio. Pero uno, un hombre particularmente grande, se levantó cuando tenía a Sullivan encima, derribándole.
- ¡El Silencioso!- exclamó Abuela.
“¡El padre de T’ang Zhu!”, pensó Caoimhe.
Sullivan intentó levantarse, pero el Silencioso se lanzó sobre él y abrió la armadura. Se desprendió, dejando al mago oscuro al descubierto. Sorprendido, Harold Sullivan retrocedió. El Silencioso se puso algunas piezas de la armadura, le dio unos cuantos golpes a su oponente, que huyó derrotado.
Hubo un segundo de silencio. Dos. Tres. Y, sin previo aviso, todo el centro de Xin Qu estalló en aplausos y vítores. Los quinientos soldados caídos se levantaron, Sullivan volvió de bajo la colina, se pusieron los quinientos uno en formación, e hicieron una reverencia al unísono. Todos seguían aplaudiendo, así que hicieron otra. Tras la décima, los aplausos cesaron paulatinamente y los actores entraron al palacio.
- ¡Ha sido increíble!- exclamó Caoimhe.
- ¿A que sí? Cada año me gusta más.
- Oren se lo ha perdido.
- Lo habrá visto desde algún balcón del palacio.
- Abuela... ¿Por qué se celebra el Festival de la Victoria?- preguntó Caoimhe.
- Es una fiesta de este país, como la Navidad en Irlanda. Lo que importa son las vacaciones, ¿no?- sonrió Abuela, y la chica rió.
- Pero- preguntó de nuevo cuando paró de reír,- la Navidad se celebra por el nacimiento de Cristo. El Festival de la Victoria, ¿por qué se celebra?
- Es algo mucho más reciente... Supongo que Oren ya te habrá hablado de Harold Sullivan. Pues, hace unos setenta años, desapareció. Muchos se alegraban, pero otros, los más pesimistas, decían que sólo estaba bien escondido. Por desgracia, fueron ellos los que tenían razón. Como estaba tan buscado, había huido a Prioterra, un mundo cercano a este y mucho más mágico. Allí, como aquí, cometió crímenes indescriptibles e incontables. Pero uno destacó sobre los demás. Profanó un templo llamado la Torre del Sol matando a cuantos allí había y robó una poderosísima arma, la Armadura del Sol. Entonces volvió a nuestro mundo, y lo primero que hizo fue aliarse con Japón. Estamos hablando del principio de 1945. Los japoneses pensaron que con él podrían darle la vuelta a la guerra, pero se equivocaban. Lo único que quería Sullivan era destruir Aho Shan, por venganza, ya que siglo y medio atrás la emperatriz de entonces había puesto precio a su cabeza. Se formó un gran ejército de magos para vencerle. El encuentro entre Sullivan y el ejército es lo representado por las Batallas de los Quinientos.
- ¿Allí murieron los quinientos magos menos uno, que puso en fuga a Sullivan?
- Pasó lo que se representa, en efecto, pero a la batalla verdadera se la llama la Batalla de los Quinientos Mil.
De repente, aunque Harold Sullivan estuviera muerto, a Caoimhe le entró un miedo irracional.
- El superviviente, el Silencioso, pudo comprender cómo funcionaba la Armadura del Sol en medio de la batalla, y se hizo el muerto para poder destruirla. Y Sullivan se fue.
- ¿Por qué le llamáis el Silencioso?
- Porque había visto tanto sufrimiento y muerte en esa batalla que jamás volvió a hablar-tomó aire.- En el Festival de la Victoria no solo celebramos la victoria, también recordamos a los que dieron sus vidas por impedir el avance de la oscuridad.
Estuvieron calladas un rato.
- Es una historia triste- dijo finalmente la adolescente.
- Pero tiene un final feliz- repuso la anciana.- ¿Quieres oírlo?- Caoimhe asintió.- Hace cuatro años, Harold Sullivan murió. Su asesino era un niño de no más de diez años.
- hizo una pausa.- Tienes suerte de ocupar un espacio en el corazón de Oren.
De repente todo encajó. Quién era el gran demonio de la historia de Oren. Quién era su antepasado, mencionado por T’ang. Por qué había sido invitado al palacio. Por qué algunos ahoshaníes le reconocían. Sin embargo...
- En realidad... Me ha dicho mil veces que no le importo mucho.
Abuela soltó una carcajada.
- Qué joven eres. Qué poco sabes- calló un momento.- Qué poco ves. ¿Pero no tienes hambre? ¡Vamos a casa, te he preparado algo delicioso!
Pero, a dos pasos de la puerta, Abuela se detuvo. Tenía la vista fija en una mujer de veintitantos años, alta, delgada, castaña y de ojos azules.
- Perdona- la paró,- ¿qué quieres?
- ¿La conozco, señora?
- No. Y yo a ti, tampoco. Pero sé reconocer a una Bestia del Viento cuando la veo. ¿Qué es lo que te trae aquí? ¿Por qué estás en forma humana?
La Bestia las miró con recelo, pero cedió.
- Busco a Oren Sylvan.
Abuela y Caoimhe se miraron, sin saber qué hacer.
- Pasa- dijo finalmente Abuela.- Te invito a mi hogar.

Hambriento. Sediento. Esperando. La combinación perfecta para que saltara la impaciencia. Había intentado descifrar la protección de la celda por diversión, aunque no pudiera abrirla. Pero no podía ver bien los símbolos, ya que estaban cubiertos. Había grabado en su cuerpo los símbolos coordinados del escudo, y eso le había mantenido entretenido. Pero no lo suficiente. Ahora solo esperaba. Y estaba hambriento. Y sediento.
Por fin, oyó un ruido en el pasillo. Se puso la máscara de Dornem y rezó para que el limpiador no recordara que esa celda estaba ocupada.

A Alex Hawkson le fascinaba ese palacio. No solo por su gran belleza, sino por su impenetrable seguridad. La noche anterior le había asustado ese Oren Sylvan, pero no lo había visto desde entonces. Dobló una esquina, subió una escalera y…
- Buenas noches, Alex.
Allí estaba, con su pelo rojo y su sonrisa de cocodrilo. ¿Cómo podía ser? ¿Acaso Aviro había entrado hasta en Aho Shan? ¿Qué coño hacía Ceres allí?
- Qué sorpresa- se puso en tensión.
- Sí, ¿verdad? Te presento a mi compañero, Niklaus Thorvaldsen.
Era un hombre grande y de densa barba. Pero a Alex no le preocubaba tanto como Ceres. Sabía de qué era capaz. Tenía que ganar algo más de tiempo para poder pensar.
- Pensaba que el agente de Aviro aquí era Oren Sylvan.
- ¿Ese? Ni de coña… Es poderoso, pero tonto. No tuve que ir ni yo a por él.
- Me ofendéis.
Todos se giraron. Allí estaba, apoyado en la pared, en una pose de relajación completa. Si ya estaba en esa sala, ¿por qué no le habían visto? Y si había entrado, ¿por dónde? Entre los tres podían ver las dos puertas a la estancia.
- ¿Íbais a pelear? ¡Seguid, seguid, yo ya me iba!- pausa. Nadie se movió.- Así que ahora tengo que intervenir, ¿no? Pues a ver… Hawkson, no me caes nada bien. Pero como son dos contra ti, y como Thorvaldsen me ha intentado matar dos veces, lucharé contigo. Le ruego me disculpe, señorita Ceres- mascó el nombre.

Media hora antes, Oren había presionado el símbolo de invisibilidad que había sobre su capucha. El limpiador llegó frente a su celda, la vio vacía. ¡Abrió! Abrió y Oren salió corriendo. Pasó un rato buscando las cocinas, pero cuando llegó, bebió y comió cuanto quiso, ya que nadie le veía. Una vez estuvo satisfecho, pasó a buscar la salida. Y había llegado a la sala donde estaban Niklaus Thorvaldsen y Ceres. ¿Qué hacía? ¿Atacaba o huía? Si atacaba, T’ang sabría que había escapado. Pero si no, lo averiguaría tarde o temprano, y perdía una oportunidad de oro para librarse del licántropo. El comentario de Ceres le hizo decidirse.
Los tres se recuperaron pronto de su desconcierto. Thorvaldsen sacó sus cuchillos y se transformó. Ceres creció desproporcionadamente y agarró dos grandes espadas que tenía a su espalda. Los puños de Hawkson se recubrieron de escamas.
Oren miró a Hawkson. Alex miró a Sylvan. Y ambos vieron los ojos del otro, verdes y grises. Sin ninguna razón, se comprendieron.
Alex se lanzó a por Thorvaldsen. Oren sacó la máscara de su bolsillo y se la puso. Activó el escudo justo a tiempo para bloquear el filo de Ceres. Le lanzó una bola de fuego, que prendió en su pernera. Pero Ceres extinguió el fuego rápidamente. Le lanzó la espada por la derecha. Oren no podía bloquearla. Le golpeó las costillas, y el piromante cayó al suelo.
Alex Hawkson miró a su inesperado aliado. Yacía en el suelo, boca arriba, seguramente muerto o agonizante por el golpe que acababa de recibir. La máscara impedía ver su cara, pero seguramente la tuviera crispada de dolor.
- ¿Y esto era Oren Sylvan?- Ceres rió estrepitosamente.- ¡Me has decepcionado, mago!
Oren se levantó de un salto. Ni en el suelo ni en su ropa había sangre. La tela negra no tenía ni un rasguño.
- ¿De verdad?
- ¿Qué?
- ¡Hawkson, no me mires!
Chasqueó los dedos. Saltó una chispita, que encerró en el puño.
- ¡Kial!
Abrió la mano, y la habitación fue inundada por una luz blanca intensísima. Thorvaldsen y Ceres fueron deslumbrados. Oren derribó a Ceres y le dio un fuerte golpe en la nuca. Hizo lo mismo con Thorvaldsen. Volvieron a su estado normal y dejaron de moverse.
- ¿Qué acabas de hacer?
- Un golpe ahí es conmoción cerebral, desmayo instantáneo y posibles daños permanentes.
- No… ¿Qué es esa máscara? ¿Y ese escudo? ¿Y la luz?
- Magia.
El joven abrió los ojos como platos.
- ¿Eres prioterrano?
- ¡No, hombre! Esta magia también existe en la Tierra… ¿No lo sabías? ¡Estando en Aho Shan, no lo sabías!
Echaron a andar.
- ¿Por qué estás contra Aviro?
- ¿Qué es Aviro?
- ¿No lo sabes? ¡No lo sabes, y acabas de pelear contra una de sus mayores agentes! Pues… Es una organización secreta, tiene muchísimo poder… Para que te hagas una idea, el tercer Reich fue un intento suyo de salir a la luz.
- Ya, entiendo. ¿Qué es bastler?
- A ver… Aviro hace experimentos con material genético prioterrano. Y consiguieron el gen bastler, que hace que alguien se pueda transformar a voluntad, como Ceres y ese otro.
- ¿Y tú eres un bastler?
- No. Yo soy algo distinto. ¿Por qué atacaste?
- Thorvaldsen estaba contratado por T’ang para matarme.
- ¡Pero has atacado a Ceres! ¿Tienes alguna idea de lo que has hecho, Sylvan?
- No- se quitó la máscara y le tendió la mano.- Llámame Oren.
- Alex- se la estrechó.
- ¡Aquí estás!
Los dos se pusieron en alerta y miraron al frente. Pero solo era Abuela.
- ¡Abuela! ¿Qué haces aquí?
- Soy invitada de honor en el palacio. T’ang Zhu me ha intentado convencer de que te echara de mi casa.
- ¿No ha empleado la fuerza?
- Emplear la fuerza sería ir contra mí. Y nadie se atreve a ir contra mí.
Un escalofrío recorrió la espalda de Oren. Aquella frase había sonado realmente amenazadora.
- ¿Quién es, Oren?
- Una amiga… supongo. Abuela, Alex Hawkson. Alex Hawkson, Abuela.
- ¡Seguidme! ¡Hay que salir!
Subieron y subieron escaleras. ¿Por qué? ¿No iban a la puerta?
Salieron al balcón del último piso.
- ¡Tiraos!- gritó Abuela.
- ¿Qué?- se sorprendió Alex.
- ¡Soy una maga del viento! ¡Todas las salidas están bloqueadas! ¡Tenéis que tiraros!
Alex asintió y se encaramó a la barandilla. Al fin y al cabo, no era lo más arriesgado que había hecho.
Pero Oren estaba quieto, con la vista en el suelo.
- No- dijo.
- ¿Qué?
-¿Que no, joder! ¡No me tiro en mi vida!
- ¡Tienes a todas las fuerzas de T’ang Corporations pisándote los talones! ¡Es la única manera de escapar!
- ¡Prefiero eso a tirarme!
- ¡Como quieras!
Abuela movió la mano y un vendaval derribó al adolescente y al joven. Acto seguido, se tiró ella.
Y el aire se volvió denso, tanto que los tres cuerpos flotaban en él, y unas corrientes les llevaron frente a la puerta de Abuela.
- ¡Abre!
Caoimhe abrió, entraron, y cerró.
- Dios mío… No vuelvas a hacerlo.
- ¡Si no te ha pasado nada, Oren!
- Sí, pero… Lo odio, Gyan Latzya, lo odio.
El rostro de Abuela se endureció.
- No me llames así. Ya no soy ella.
- Por eso eres invitada de honor en el palacio. Por eso nadie se atreve a ir contra ti. Nadie quiere tener como enemiga a una maga tan heroica y poderosa como Gyan Latzya.
- Como Gyan Latzya maté a demasiadas personas… Por favor, Oren, te lo suplico, no me llames así.


Capítulo 11

11. Más desesperados

¡Ahí estaba Oren! A Caoimhe no le importaba lo que pasara. Había estado preocupado por él, por eso le abrazó.
- Dios, Oren, me tenías preocupadísima…
Oren no le devolvió el abrazo, pero al menos no la apartó. Cuando se soltaron, Traumwald maulló a los pies de Oren, que la cogió en brazos.
- No estés celosa, pequeña… ¿En serio?- se dirigía a Caoimhe.- ¿Tú preocupada por mí? En fin… Bueno, te presento a Alex Hawkson. Alex, esta es Caoimhe.
- ¿Qué ha pasado, Oren?- preguntó Abuela.
- Thorvaldsen consiguió encerrarme. Pero me escapé. Y también quería atrapar a Alex.
- Si Tya Ni Cao se entera…
Caoimhe entró al recibidor con una chica. Oren no se había percatado de que se había ido.
- Rachye, este es Oren Sylvan.
- Oren Sylvan- dijo ella.- Mi difunto padre me advirtió de que tú eres la única manera de salvar a las Bestias. Tienes que ayudarme.
- No veo que estén en peligro, así que no veo por qué ayudarte.
- ¡Cómo te atreves! ¿Sabes quién soy? ¡Soy Rachye, una Bestia del viento!
- ¿Y sabes tú quién soy? No quién era hace cuatro años, sino quién soy ahora.
Rachye apretó los puños y resopló.
- Tranquila, Rachye, siempre es así- la calmó Caoimhe.
Se instaló entre ellos un silencio. Se sentaron, en el suelo o las escaleras, o se fueron a otras habitaciones. Finalmente, tras una larga reflexión, Oren inspiró profundamente y habló.
- Tengo que colarme.
- ¿Qué?- se sorprendió Abuela.
- Sí… Abuela, tengo que saber qué es tan importante como para que T’ang quiera matarme, corriendo tantos riesgos, incluso antes de que lo descubra. Tengo que entrar en… En donde T’ang tiene la información. Abuela, ¿sabes dónde es?
- Sí, la base de T’ang Corporations está bajo el palacio… Te haré un mapa.
- Escribe también dragón y Daäkar en chino. Probablemente no haya nada en inglés.
Abuela se fue y volvió con papel y un bolígrafo, con el que hizo algunos trazos.
- Toma. Por cierto…- sacó un llavero de su bolsillo.- Es un regalo. Por decirme qué fue de mi marido. Son las llaves del garaje donde guardaba su moto. Seguirá aún allí. Mira, aquí está la dirección escrita.
- Gracias. de verdad, gracias. Bueno…- fue a la puerta. Su gata le siguió.- Hasta luego… supongo.
- Espera- dijo Caoimhe.- Te estás metiendo en un sitio peligroso. Y me salvaste la vida. Voy contigo.
- Vaya… Te dije que no te arriesgaras demasiado por mí. Pero no soy quién para pararte.
- Yo también voy- dijo Alex.- Me advertiste del peligro, no te creí, y aún así me ayudaste. Además, creo que hay algo grande tras ese bastler de T’ang Corporations.
- Mucho cuidado- dijo Abuela.- Si te captura, T’ang podría matarte.
- Creo que tengo la información suficiente como para matarle a él.
- Sí, pero tú no tienes su posición.
Salieron y cruzaron los jardines sin hacer ruido. Se pegaron a la pared del palacio, y allí Oren alumbró la noche con una llama para poder ver el mapa.
- Vale. Caoimhe, tú harás de distracción. En cuanto entremos, ve a la derecha, y sabotea la sala de vigilancia.
- ¿Cómo?
Como respuesta, Oren puso las manos frente a su cuerpo y movió los dedos.
- Y tú, Alex, te vienes conmigo.
Anduvieron unos pasos más hasta llegar a una pequeña puerta. La empujó Alex, pero no se movió.
- ¿La abro?- preguntó Caoimhe.
- Espera…
Oren la alumbró y vio un grabado de líneas.
- Un símbolo de cerrado, genial.
Sacó su bisturí del bolsillo y grabó unas cuantas líneas sobre el símbolo. Cuando acabó, empujó la puerta, que no ofreció resistencia. Bajaron las escaleras y se encontraron en una amplia sala distinta a todo el resto del palacio. La luz era pura, venía de fluorescentes en el techo, y las paredes eran blancas, inmaculadas.
- Nos vemos aquí en veinte minutos- dijo Oren.- Si entran en alerta, o pasa más tiempo, salimos como podamos, solos o no. ¿Entendido?
Asintieron. Caoimhe corrió hacia un pasillo en la derecha, los jóvenes siguieron de frente. Bajaron más escaleras. Se encontraron con un pasillo a la derecha.
- ¿Es por aquí?
Oren miró el mapa.
- Parece que no. El despacho del director de T’ang Corporations está de frente.
Al volver a ponerse en marcha, Alex le pisó la cola a Traumwald, que maulló estrepitosamente. Alex se asustó y se tambaleó. La gata salió corriendo por el camino erróneo.
- ¡Mierda!- exclamó Alex.
- ¿Quién anda ahí?- preguntó una voz.
Vieron una puerta abierta a la izquierda. Entraron. Dentro estaba oscuro. Oyeron los pasos del guardia. Después un estruendo que venía de la derecha. Los pasos se alejaron.
- ¡Maldito gato!- oyeron al guardia.- ¡Vamos, sal, fus!
Oren y Alex respiraron aliviados y salieron. Echaron a correr. Unos segundos más tarde, la gata se les unió.
- ¿Sabes?- susurró Alex.- Eres más lista que mucha gente. Y lo siento.
Bajaron otras escaleras y vieron una puerta. Era metálica, estaba cerrada, y junto a ella había una pantallita.
- Contraseña… Era de suponer.
- Puedo romper la puerta, tenga o no contraseña. La protección si la magia entra en juego es distinta.
- ¿Y si salta la alarma?
- Espero que de eso se haya encargado Caoimhe. ¡Detraï!
La palabra, “arde” en la antigua lengua de las Bestias del Fuego, los dragones, hizo que la puerta se calentara tanto que en ella se abrió un agujero tan grande que permitía la entrada. La alarma no saltó.
- Enhorabuena, Caoimhe- murmuró Oren.
Entraron. El mobiliario de la habitación era sorprendentemente occidental. Parecía la biblioteca de la mansión de alguien adinerado: todo estaba cubierto de estanterías con libros, y nada más entrar había una gran mesa con muchas sillas. De pronto, Oren se dobló y comenzó a respirar hondo.
- ¿Te pasa algo?
- No es nada… Dios, las lenguas de las Bestias son poderosas, pero usarlas cansa… Seguramente si las usa alguien que no sea un protegido…- tragó saliva,- le consumiría.
- ¿Qué buscamos? ¿Cuánto nos queda?
Oren miró su MP4.
- Quince minutos. Si vamos a tener que rastrear todo esto…
- No hace falta. ¡Mira!
Alex había encendido algo que parecía una plancha de cristal, pero que era en realidad una pantalla transparente. Debajo había un teclado finísimo: eso era un ordenador.
- Está bien. Ve a vigilar la puerta, yo busco la información.
- ¿Por qué tengo que vigilar yo?- preguntó Alex con un tono afilado.
- Si puedes deshacer esto- señaló la pantalla,- vigilo yo.
Alex miró la pantalla y vio un símbolo de cerrado.
- Tú ganas.
Se puso tras la puerta fundida, y Oren empezó a trabajar. Era un símbolo simple… ¿Qué? ¡Había estado a punto de caer en la trampa! El símbolo parecía simple, pero incluía algunos detalles que hacían que la forma de deshacerlo fuera completamente distinta. T’ang Zhu debía ser un gran simbolista.
Pensó un poco, trazó algunas líneas con el dedo sobre la pantalla y apareció el escritorio. Tercera sorpresa: todo estaba en inglés. Recorrió los iconos con la mirada y vio una carpeta que le llamó la atención. Se llamaba “Archivos de Aviro”. La tocó y apareció otro símbolo. Pero como Oren ya estaba prevenido, lo resolvió rápido y bien. La carpeta se abrió. Al instante vio un vídeo: “Proyecto Dragón”. Enchufó los auriculares de su MP4 al teclado, se los puso y abrió el vídeo.
Era una sala blanca, en la que se veían muchos cables. En primer plano estaba T’ang Zhu. Parecía más joven, pero iba vestido igual que cuando Oren le había visto.
- Esto es para los miembros de Aviro que no piensen que reclutarme sea una buena idea. Reitero que no entregaré hombres a Aviro, pero os prometo otras cosas. Tecnología, pero eso no es lo mejor. Energía, energía abundante y duradera. A través de especies invasoras: las Bestias, que hace muchos miles de años invadieron la Tierra desde Prioterra. Es fácil, y la tecnología necesaria no es demasiado difícil de hacer. Pero como la fuente de energía es racional, hay que tener su consentimiento para extraer su energía. El verdadero problema es convencer a la Bestia. La primera vez que propuse esta idea, en vuestro año 1985, convencer a la Bestia era imposible. Pero hoy, 30 de abril de 2000, empezaré a solucionar este problema.
Se apartó. Estaba en una especie de balcón. Del suelo al techo de la estancia estaba Daäkar, colgado, con agujas conectadas a cables introducidas entre sus escamas. Estaba inmovilizado.
- La primera fase es la preparación. Hay que ablandarle, de forma metafórica, mediante el dolor. Comienza el Proyecto Dragón.
Las agujas se debieron de activar, porque Daäkar empezó a gritar. Era horrible. Oren quería dejar de mirar, pero no podía.
- ¡No sabes lo que haces, humano!- gritó el dragón.
- Sí sé lo que hago.
- ¡No puedes odiar la magia! ¡Sin la magia, tú no serías tú!
T’ang rió.
- ¡Pero yo soy yo sin magia! Hace veinte años, uno de los tuyos mató a mi mujer, mató a mis hijos, ¡y me quitó mi magia! Lo hizo para que sufriera, ¡pero ahora sois los dragones, sois las Bestias las que vais a sufrir!
Hubo un corte y T’ang envejeció.
- Uno de diciembre de 2008. Daäkar se escapó en mayo. Durante estos meses hemos mejorado nuestra tecnología, así que el retraso será mínimo. Ese dragón no fue inteligente. Fue a esconderse en el mismo sitio en que le capturamos. Tomó un protegido, que sería un problema de no ser por el gran criterio del dragón al elegirlo. Era un niño de ocho años. No nos costó encontrarle y borrar ese fragmento de su memoria. Pronto el Proyecto Dragón habrá finalizado.
Otro corte.
- Veinticuatro de diciembre de 2008. Hoy tengo un regalo de Navidad para ustedes, señores.
Se apartó. Daäkar estaba en la misma posición que antes, pero las agujas eran algo distintas.
- El Proyecto Dragón está en su fase final. Quedan apenas veinticuatro horas desde…- pulsó un botón de un mando a distancia.- Ya.
El grito de Daäkar era desgarrador. Era peor que los anteriores. A Oren le dolía de verdad.
- ¿Qué me haces, humano? ¡Qué me haces!
- Estoy sustituyendo tu sistema nervioso central. Veo que es doloroso. Desde luego no me gustaría experimentarlo yo mismo. Así te estoy creando una nueva identidad. Serás un esclavo a mis órdenes, dragón.
Daäkar gritaba. Oren quería quitarse los auriculares, pero no podía. Y los gritos se hicieron más desesperados. Pero no eran gritos. Era lengua dracónica.
- Oren Sylvan, Oren Sylvan, óyeme. Óyeme… Si nos volvemos a ver, haz que te toque el pecho, ¡y no dejes que me separe! ¡Aaaaah! ¡Aaaaaaah!
- Supongo que no querrán ver veinticuatro horas de este dragón gritando. Así que, sobre todo a los escépticos, feliz Navidad.
Oren por fin desenchufó los auriculares. Rompió la pantalla de un puñetazo.
- ¡Hay alguien!- gritó Alex.
Oren cruzó el agujero. Allí estaba. Su pañuelo en el cuello. Su blanca coleta. Su asquerosa boca.
- ¡Nada!- gritó Oren.- ¡No puedes hacer nada para pararme!
Quería saltar y romperle ese cuello, agujerearle el corazón, arrancarle los ojos. Solo su intenso autocontrol impedía que le cegara la ira.
- Ni borrarme la memoria, ¡ni mandar a mi propio protector contra mí! ¡No podrás pararme!
- Oren, por favor, razona. Desde 2009, tres cuartos de la energía que usó Aho Shan venían de Daäkar. ¡Solo de una Bestia! ¡Con mil, se acabó la crisis energética!
- ¡No quiero razonar con alguien igual a Sullivan! No, ¡eres peor que Sullivan! ¡Él se contentaba con matar!
- Por favor, entra en razón. Si no, tendré que usar la fuerza.
- La primera vez que nos vimos, te llamé ladrón, ¡y tenía razón! Robaste la Armadura del Sol, porque tu padre dijo que se devolviera a Prioterra, robas los diseños de White International para tu compañía, ¡robas identidades y robas la magia de las Bestias!
- Oren...- Alex se le acercó y le puso la mano en el hombro.
- ¡Aparta! Tú no eres más que otra creación de Aviro, ¡un engendro genético!
- ¡Oren, quedan tres minutos!
- ¿Qué? ¿Tres…?
Su mente se despejó y dejó de ver enemigos.
- No tienes magia, T’ang Zhu. ¡Aparta y mostraré contigo una piedad que tampoco tienes!
Lentamente, temblando, T’ang se pegó a la pared.
- Nos volveremos a ver. ¡Traumwald, corre!
Echaron a correr.
- ¿Qué has visto, Oren?
- No quieras saberlo. Por cierto… T’ang Corporations es parte de Aviro. Además… Le he dicho cosas muy bestias a T’ang, y cada una le asustaba más. Seguramente todas sean ciertas.
Subieron las escaleras. Y vieron a los soldados apuntándolos con metralletas. Oren se paralizó. Sacar la máscara sería demasiado lento. El escudo no bloquearía todo, ¿y cómo podía proteger a Alex?
- ¡Hawkson, detrás de mí!
Los soldados dispararon. Oren juntó sus nudillos frente a su pecho. Y las balas produjeron un sonido similar al que harían golpear metal y cayeron al suelo.
Dos símbolos relucían en los dorsos de las manos de Oren, unidos entre ellos por líneas que centelleaban carmesí, generando una burbuja de luz sólida que aislaba a los dos jóvenes.
- ¡Detreï!- “¡Arded!”
Los soldados no tuvieron tiempo ni de gritar antes de que las llamas les consumieran. A Oren le fallaron las rodillas y cayó. No quedó tendido en el suelo. porque logró frenar la caída con el brazo.
- ¡Oren! Oren, ¿estás bien?
El protegido respiró una, dos, tres veces, y se incorporó.
- Sí. Tenemos que seguir.
Siguieron. Al llegar a la primera sala, vieron a Caoimhe y a Abuela en el centro. Rodeándolas, muchos soldados y magos, demasiados. Abuela vio a su huésped y su acompañante.
- Caoimhe, ¡a la pared! ¡Aléjate!- gritó.
Al primer movimiento, se oyó el sonido de armas siendo cargadas.
- Soy Gyan Latzya, la No Protegida, la Brisa de Lhasa. ¿Quién se atreve a matar a aquellos a quienes amparo? ¡A la pared, Caoimhe!
La chica se pegó a la pared, los chicos también. Estaban en distintos extremos de la sala, y Abuela y las fuerzas de T’ang, en el centro.
- ¡Protegeos!- gritó la anciana.
El cuerpo de Alex se cubrió de escamas. Traumwald corrió y se escondió tras una puerta entreabierta. Oren juntó los nudillos, y le volvió a rodear la sólida burbuja.
El aire de la sala se tensó. Empezó a soplar el viento con una fuerza inusitada. Oren miró a Abuela y vio que murmuraba.
- ¡Latzya, no lo hagas!
Abuela le miró y asintió con la cabeza. Trozos de su piel se empezaron a desprender y se unieron al viento. Traumwald estaba a salvo en alguna habitación. Alex estaba cubierto por su coraza. Caoimhe…
Caoimhe estaba pegada a la pared, sin poder moverse, con el terror en su mirada. Daba igual cualquier cosa que le hubiera dicho, no podía dejarla ahí. Separó los nudillos y echó a correr. El viento ya había tomado forma: unas afiladas cuchillas que, rotando, herían a los soldados más cercanos a la maga, cuya cara ya carecía de algunos trozos de carne. Oren se acercaba a Caoimhe. Una cuchilla le cortó profundamente en la mejilla, otra en el brazo, pero Oren ignoró el agudo dolor y siguió corriendo. El vendaval ya desprendía del suelo a algunos magos y los despedazaba, pero Oren siguió corriendo.
Siguió corriendo, y se sacó la máscara de Dornem del bolsillo, y por fin llegó frente a Caoimhe, y se la puso a la chica, y el viento los lanzó volando, y acuchilló a Oren.

El viento amainó. La sala estaba llena de sangre y trozos de personas. En su centro, la ropa vacía de Gyan Latzya, Abuela: había muerto por hacer algo que excedía sus capacidades. Por muy poderosa que fuera, había hablado la lengua de las Bestias del viento sin ser protegida; y no solo palabras, frases enteras.
Alex y Caoimhe se le acercaron corriendo. Se pararon al ver sus heridas.
- Estoy bien- logró articular.
Se llevó los dedos bajo las orejas, ignorando el afilado dolor que le producía cada movimiento. Activó los símbolos de curación y sus heridas se fueron cerrando. Se levantó.
- Caoimhe, dame mi máscara. Gracias. ¡Traumwald! Vamos, tenemos que volver a casa, sería muy maleducado morir después de que Abuela se haya sacrificado por nosotros. ¿Tenéis llaves?
Alex las mostró.
- Estaban entre su ropa.
- Perfecto.- echó a andar.
- ¡Espera!- le paró la chica.- Mírame. Me dijiste que no me mentirías ni te arriesgarías demasiado por mí. ¿Por qué has hecho eso?
- Porque te quiero. ¿Te vale?
Cuando echaron a correr, Caoimhe estaba sorprendida y desconcertada.
Y Oren también.

Entraron atropelladamente a la casa.
- ¿Ya volvéis?- preguntó Rachye.- ¿Y la maga?
- Muerta- dijo Oren.- Habló tu lengua.
- Una pena.
- Rachye, tenemos que hablar.
Caoimhe entró y Oren cerró la puerta. Sacó su bisturí y empezó a grabar un símbolo en la puerta.
- ¿Qué es?- preguntó Alex.
- Un símbolo de cerrado.
Cinco minutos después, lo acabó y grabó otro debajo.
- Hurra si entran- se incorporó.- Ahora, Rachye, tenemos que…
Se desplomó, desmayado por todo.


Capítulo 12

12. Último Golpe

Oren se incorporó rápidamente. ¿Qué hacía en la cama?
- ¿Por qué estoy aquí?- preguntó a Alex, que estaba sentado en la cama de al lado.
- Te desmayaste. Llevas unas catorce o quince horas inconsciente.
Oren empezó a recordar.
- Sí… Lo que vi… Y tres palabras en lengua dracónica el mismo día… Normal que me desmayara. Tengo que hablar con Rachye.
Oren se levantó y salió de la habitación. Alex lo hizo un rato después. Fue a la cocina, donde Caoimhe estaba cocinando algo.
- Ya se ha despertado. ¿Por qué no querías estar ahí?
- No sé… Es la primera vez que una persona me dice eso… De hecho, ni siquiera- luchó por contener un sollozo,- ni siquiera mis padres me quieren… Me abandonaron por… por mi magia…
- Tranquila. ¿Qué tiene de malo?
- Solo… es Oren. Cambió mi vida, es muy seco conmigo…
- ¿Cambió tu vida a mejor o a peor?
Caoimhe recordó el hambre, el frío de las noches de lluvia sin techo.
- No lo sé.
- ¿Te contó algo sobre él?
Recordó la historia, su historia.
- Sí… Mataron a su padre y al único que le amparaba tras eso en pocos días.
- Entonces, es normal. Que sea tan insensible, digo. Lo sé por experiencia. No soy el más experto en el amor, ni mucho menos, pero… Pero salvó tu vida arriesgando la suya.
- ¡Estáis aquí!- dijo Oren.- Venid, tenemos que hablar.
Rachye estaba extremadamente pálida. Alex se preguntó qué sería lo que había visto Oren para que causara tanta impresión, incluso siendo contado.
- Ya está la comida- anunció Caoimhe.
- Pues que venga la comida también.
Fueron a otra habitación, donde se sentaron a la mesa. Pusieron platos y palillos (cubiertos para Oren) y la chica sirvió la comida.
- Vale- empezó Oren entre bocado y bocado.- Estoy buscando a un dragón…
- Ya me lo ha explicado Caoimhe- le cortó Rachye.
- Gracias, Caoimhe. ¿Alex?
- También, no te preocupes.
- Muy bien. T’ang tiene a ese dragón. Lo que no le he dicho a nadie…- hizo una pausa,- es que el dragón, Llamanegra, y mi primer atacante, Daäkar, son el mismo.
Se hizo el silencio. Dejaron de comer.
- ¡Pero era humano!- dijo Caoimhe.
- Rachye, ¿eres humana?- replicó Oren.
- ¿Y por qué está contra ti?- preguntó Alex.
Oren y Rachye intercambiaron una mirada.
- Díselo, Sylvan. Es mejor.
- T’ang… T’ang le hizo un lavado de cerebro extremo. Sustituyó su identidad. Lo que vi en ese vídeo… era el proceso.
De nuevo silencio.
- Anoche cometí un error. Podría haber amenazado a T’ang, sonsacarle dónde tiene a Daäkar… Pero estaba tan alterado que ni se me ocurrió.
- ¿Hay que volver a entrar?
- No te preocupes, Caoimhe- dijo Rachye.- No hace falta. Oren puede rastrearle.
- ¿Qué?- Oren la miró.- ¿En serio? ¿Cómo?
- No lo sé exactamente. Lo que dicen las leyendas es que… Que escuchando a su corazón, protector y protegido pueden saber dónde está el otro. El ataque en Irlanda tiene toda la pinta de que soltaron a Daäkar y le dijeron que te encontrara.
- Bueno, algo es mejor que nada…
Siguieron comiendo en silencio. Ni siquiera Traumwald, que había estado inquieta toda la noche, se movía. Oren acabó su plato, la gata saltó a su regazo. Empezó a acariciarla. Ya no estaba alterado, pero era incapaz de pensar en nada.

Era un edificio bajo, de cemento y metal, parecido a una base militar. Pero por debajo había mucho espacio. Ahí era donde había estado suspendido sobre el suelo, pero no volando, inmovilizado y sufriendo. Allí era donde ahora estaba encerrado, junto con su necesidad de salir y sus preguntas sin respuesta. Desde ahí podía oír al Hombre, hablando con dos desconocidos: “Vosotros os quedáis aquí, yo volveré a Xin Qu. Impediré que lleguen hasta este sitio.” “¿Se le puede impedir a Sylvan la entrada o salida de algún sitio”, le preguntó una voz femenina a la del Hombre. Oren… ¿Estás bien, Oren?
- ¿Qué te pasa? ¡Vuelve con nosotros!
Oren se despertó, aunque no había estado dormido.
- ¿Qué pasa?
- ¡Llevas diez minutos inmóvil!- exclamó Caoimhe.- Dios, ¿estás bien?
Oren recordó lo que había visto.
- Perfectamente. Sé más o menos dónde está Daäkar.
- ¿Más o menos?
- He visto el sitio, pero… No sé dónde está.
- ¡Pues averígualo!- gritó Rachye.- Vamos, estás cerca, ¡puedes saber el lugar!
Oren puso sus manos sobre la negrura de la gata y respiró hondo. ¡Allí! ¡Allí estaba! ¡Era una dirección!
- ¡Necesito un mapa!
Los cuatro empezaron a revolver toda la casa en busca de un mapa de Aho Shan. No tardaron demasiado en encontrarlo. Cuando Oren lo tuvo, fue a la puerta.
- ¿Ya vas?- preguntó Alex.- ¡Espéranos!
- No, o me voy, tengo que mirar al Sol- vio la cara del joven.- ¡En norte! ¡Tengo que saber dónde está el norte para orientar el mapa!
- Yo te lo puedo decir- intervino Rachye.
Cerró los ojos, murmuró unas palabras y esperó. Al instante, el aire de la entrada empezó a girar lentamente, como aceite.
La Bestia del viento abrió los ojos y señaló.
- ¡Allí!
Oren orientó el mapa.
- Vaya… Es una base militar, pequeña, junto a esta carretera.
- Genial- dijo Alex.- ¿Manera de llegar? Rachye, ¿nos puedes llevar?
- ¿Volando?- Oren palideció.- Los tres… ¿No pesamos demasiado?
- No, no tengo problemas. ¿Pasa algo?
- ¡No voy a ir volando!
- Pues ya me dirás cómo!- exclamó Caoimhe, hartándose.
- Ya se me ocurrirá algo. ¿Salimos ya? ¿Tenéis algo que llevaros?
Los otros tres asintieron y negaron. Oren sí que tenía que llevarse algo: no la investigación del marido de Abuela, porque abultaba demasiado, pero sí las llaves que ella le había regalado.

Caminaban por las calles de la periferia de Xin Qu. Tenían que salir para que la transformación de Rachye no llamara la atención. Aún no les había pasado nada, ni accidentes ni peleas, y cuanto más avanzaban más se inquietaba Oren. Miraba nerviosamente en todas direcciones, y vio que Alex hacía lo mismo. Y probablemente sin esa secuelas, sin ese acto reflejo, consecuencia de su vida, habrían muerto.
- ¡Oren!- llamó Alex en voz baja.- Ven- Oren se le acercó.- Mira hacia detrás disimuladamente. Alguien nos sigue.
Oren miró de reojo. Pañuelo al cuello. Pelo largo y blanco. T’ang Zhu. Pero estaba aparentemente solo… ¿Por qué? Solo daba la cara en los momentos más desesperados, como cuando entraron a su despacho o cuando Oren llegó a Aho Shan…
Pues claro. No necesitaba magia, tenía en su vivienda una de las armaduras más poderosas de la Tierra, y su ropa tenía varios extraños bultos…
- ¡Mierda!- exclamó Oren, y todos le miraron.- ¡Es T’ang Zhu! ¡Tiene la Armadura del Sol!- pensó rápidamente.- Esperadme por aquí cerca. Viene a por mí, voy a hacer de cebo.
- Voy contigo.
- No.
- Pero…
- No, Caoimhe. Te quiero, y no quiero que mueras, y quiero mantenerte a salvo. ¡Adiós!
Oren salió corriendo, perdiéndose entre las callejuelas. Y los demás vieron, como Oren había predicho, que T’ang Zhu echó a correr tras él.

Oren se detuvo en una calle de edificios bajos. Si de verdad T’ang tenía la armadura, sería mucho más veloz, así que no tenía sentido correr.
- ¡Aquí estás!- dijo alguien detrás de él.
Oren se asustó, pero no tanto como si no hubiera reconocido la voz.
- ¡Caoimhe! ¿Por qué vienes? Esto es muy peligroso, escóndete. Si nos mata, no digas que no te avisé.
- No voy a dejar que ese cabrón te mate sin que yo haga nada.
- Por favor. Te lo pido por favor. No sé, pero… Dios…
Caoimhe vio una lágrima en el rabillo del ojo de Oren, y eso la convenció más que cualquier palabra. Se metió en el espacio que había entre una puerta y la calle, y unos segundos después se le unió Traumwald.
- Conmovedor- dijo T’ang Zhu. Oren se volvió para encararle.
- ¿No la adelantaste?
- Vino por una calle paralela. No me di cuenta de que también venía.
- Ayer te llamé ladrón… Y lo eres. Robar la magia de las Bestias es algo muy grande. Antes tienes que robar algo menor… ¿Qué? ¿Quizá un país?
- ¡Calla!
Se despojó de su ropa, mostrando la Armadura del Sol. Ahora Oren podía ver que la armadura fue destrozada en la Batalla de los Quinientos Mil pero luego se reconstruyó. Algunas partes eran de un color dorado brillante, con abundantes adornos, y viéndolas parecía que en un principio toda la armadura estuvo hecha para parecer alguna criatura. Pero las partes reconstruidas carecían de cualquier belleza, aparte de la de su color, blanco marmóreo. Estas partes estaban completamente desnudas, y se veían las junturas entre sus piezas, que eran muchas.
Oren sacó de su bolsillo la máscara negra, y al ponérsela, su propia armadura sustituyó su ropa corriente.
Del brazo de T’ang salió una afilada espada. Se lanzó a por Oren. l mago activó sus símbolos de espada y de escudo. Posicionó el escudo para bloquear el golpe.
Pero el golpe hizo que la hoja se hundiera en el escudo, y sacudió a Oren. ¿Era ese el poder de la Armadura del Sol? Oren pasó a la defensiva y golpeó con la espada el vientre de su oponente. Nada. Ni un rasguño en la armadura. El golpe ni siquiera había producido ningún ruido. Además, sus oídos le molestaban… ¿Por qué? Por un sonido increíblemente agudo y penetrante.
T’ang contraatacó rápidamente: alejó la espada y la lanzó al pecho del enmascarado. Había sido rápido. Oren no podía bloquearlo esta vez con el escudo. Lo detuvo con la espada. Y el golpe fue tan fuerte que rompió la hoja del adolescente.
T’ang no se detuvo. Golpeó otra y otra vez. Oren detenía a duras penas los ataques con el escudo, que cada vez se debilitaba más.
Al quinto golpe se rompió, y a Oren no le quedó más remedio que confiar en su ropa de oscuridad. Sería doloroso, pero aún así, seguro. ¡Pero necesitaba atacar! ¿Cómo?
T’ang volvió a lanzar su hoja hacia el mago, que la bloqueó con el antebrazo.
Dolió.
Demasiado.
Ahogó un grito, miró el área del impacto.
“¡No!”
Bajo la desgarrada tela negra había un profundo corte sangrante. A pesar de que la tela se estuviera arreglando rápidamente… Tenía que hacer algo, pronto.
Saltó hacia atrás y tocó el único símbolo que había en su pecho. Sus manos fueron invadidas por un torrente de llamas que lanzó a T’ang. Cuando las llamas se disiparon, la armadura estaba intacta. Cómo no. Dios, eso era demasiado. ¿Cómo le vencería? No quería acabar como Abuela… ¡Y ese maldito pitido en sus oídos!
- ¿Es eso todo lo que tienes?- dijo T’ang desde el interior del yelmo.- ¡Te enseñaré lo que tengo yo!
Algunas piezas de su pecho se desplazaron revelando un hueco circular. El pitido se hizo algo más grave. El hueco empezó a iluminarse. Oren comprendió qué era y empezó a apartarse. T’ang Zhu disparó el cañón de energía de la armadura. El rayo blanco no alcanzó a Oren de lleno, pero le rozó el pecho. La tela negra logró resistir. Pero el área tocada por el disparo ardía. Y como no estaba causada por fuego, esa quemadura no se le curaría al instante. El pitido volvió a su insidiosamente agudo tono original.
Y Oren comprendió. Supo cómo la armadura se coordinaba consigo misma y con la mente de su portador. Había una manera de inutilizarla.
Cuando T’ang se lanzó a Oren, vio que había desaparecido.
- Un símbolo de invisibilidad, ¿no? Claro, es la única amnera de explicar lo que pasó ayer, cuando te escapaste. Fui simbolista, y sé que con ese símbolo deberías estar ciego. ¿Por qué no lo estás?
Pero T’ang no sabía que Oren se había topado ya con ese problema, y que su símbolo no funcionaba como pensaba T’ang.

Desde su escondite, Caoimhe había visto horrorizada cómo Oren resistía a duras penas, y cómo se había vuelto invisible. ¿Había decidido escapar?
- ¡Caoimhe!- dijo una voz junto a ella.
- ¡Dios, qué susto!
- ¡Shhh! ¡Calla! Tienes que ayudarme.
- ¿Qué? ¿Cómo?
- Puedes inutilizar esa armadura- Caoimhe no se lo creía.- Sí, puedes. De alguna manera, funciona por ultrasonidos. Y tú eres reverberadora, creas vibraciones y ondas. Puedes provocar una interferencia.
- ¡Como el Silencioso! ¿Era reverberador?
- Exacto.
- ¿Qué tengo que hacer?
- Voy a contenerle. Cuando le veas desprevenido, sales, tocas la armadura y haces un vibración moderada.
- ¿Puedes contenerle? Casi ni podías resistir…
- Puedo. Pero no quería. No quería porque- se anticipó a la pregunta,- puede que acabe como Abuela.
Traumwald miró al punto del que provenía la voz de Oren.
- Esta vez no, pequeña.
- ¡Sylvan!- gritó T’ang.- ¡Has huido, cobarde!
Oren se puso frente a él y se quitó la máscara. Su ropa volvió a ser normal y él volvió a ser visible.
- Yo no huyo a no ser que no pueda ganar.
Acto seguido, empezó a hablar en otro idioma. Un extraño idioma de palabras rápidas e inesperadas. Sus iris se volvieron del color de las llamas. Su voz se separó en dos: una rápida y aguda, como el crepitar del fuego, y otra grave y profunda, una sola nota. Su voz era el sonido de un incendio. De su pelo saltaban chispas, porque sus mechones eran llamas. Su piel empezó a desaparecer sustituida por pequeños fuegos. A su espalda, el fuego empezó a despegarse de su piel, y formó dos alas ígneas. La temperatura de la calle subió. Oren Sylvan no estaba ardiendo, Oren Sylvan era fuego.
Paró de hablar en lengua dracónica y miró a T’ang.
- Dijiste que no sería ningún problema. Espero que lo hayas reconsiderado.
Acto seguido, se lanzó a T’ang, que no pudo reaccionar. Le inmovilizó los brazos en hizo que el fuego de sus manos fuera más intenso.
- La Armadura del Sol te protege, pero también te encierra… ¿Sientes el calor? Me pregunto cómo sabrá el ladrón asado…
- ¡No te dejaré!
El cañón de energía se disparó y Oren voló varios metros por el impacto. T’ang fue corriendo hacia él. Pero Oren se había levantado, y lanzó hacia él una inmensa llamarada. T’ang gritó, y Caoimhe pudo ver claramente que la armadura se había recalentado. Volvieron a forcejear, y con un movimiento de piernas, T’ang tiró a Oren al suelo. Del antebrazo de la armadura salió la espada, que puso sobre Oren.
- Te creía capaz de más, Sylvan.
- Y yo. Has perdido, T’ang Zhu. ¿No te das cuenta?
La adolescente supo que ese era el momento. T’ang alzó la espada para asestar el último golpe. Caoimhe salió de su escondite y corrió hacia los combatientes. T’ang se giró hacia ella, pero ya era tarde. Caoimhe se centró en contenerse y puso sus manos sobre la Armadura del Sol.

Se produjo un sonido como de gong, y T’ang quedó inmovilizado. Por un segundo se pudo ver la vibración extendiéndose por la armadura. Entonces el hombre cayó al suelo, haciendo movimientos extraños y gritando: ya no tenía el control de la coraza. Oren volvió a la normalidad.
- ¿Estás bien?
- Perfectamente.
- No te irás a desmayar ahora... - echaron a correr hacia donde estaban Alex y Rachye.
- No, te lo juro, estoy bien. Es raro… Espero que haya sacado la energía de Daäkar. Si no… Si no, me he hecho daño de otra forma.
- ¿Vas a volar?
- Si no se me ocurre nada…

Rachye cortaba los cielos batiendo sus poderosas alas, y sus plumas níveas reflejaban los rayos de sol. Sobre su lomo, Oren y Caoimhe iban sentados. Se oyó un fuerte sonido. Oren miró hacia atrás.
- ¡Rachye, tenemos un caza militar tras nosotros!
- ¡No te preocupes!
El caza empezó a ametrallarlos, pero la Bestia era demasiado rápida como para alcanzarla. Se dio la vuelta y se mantuvo en el mismo sitio, para crear una ráfaga de viento que destruyera el avión.
El misil la alcanzó de lleno.
Cayeron al suelo. Usando su habilidad, Oren pudo resistir el impacto, pero Caoimhe se dio un buen golpe, y Rachye no parecía estar en condiciones de luchar. Dos hombres con metralletas salieron del caza y dispararon contra Oren. Este cubrió su cuerpo de escamas, que impidieron que las balas le agujerearan. Cuando la ráfaga cesó, corrió hacia uno y, con un puño escamoso, le dio un golpe en la cabeza. Cuando se iba a dar la vuelta, notó un metal en su nuca.
- Por fin, Sylvan. Parece mentira que te hayas resistido tanto y finalmente sea yo quien te mate.
- Pero yo no soy Oren Sylvan- dijo este.
- ¿Ah, no?
Se tocó un símbolo que tenía en la clavícula. El pelo rubio se volvió negro y su piel palideció.
- Soy Alex Hawkson. Os habéis equivocado de enemigo.
El hombre agarró un intercomunicador y pidió instrucciones.
- ¿Donde está Sylvan, Hawkson?
- ¿Le crees tan tonto como para decírselo a un cebo?
El soldado pensó un segundo.
- Está bien. Esta vez te salvas.
Volvió a entrar al caza y despegó, dejando allí a su compañero inconsciente. Y Alex se preguntó dónde estaría Oren.

I am an antichrist!
I am an anarchist!
Don’t know what I want
but I know how to get it!
I wanna destroy the passerby
‘Cause I wanna be anarchy,
No dog’s body!
Con la música de los Sex Pistols en sus oídos y el viento en su cara, el verdadero Oren Sylvan recorría la carretera que llevaba a la prisión de Daäkar. La idea para evitar el viaje aéreo había sido muy simple: usar la moto del marido de Abuela. Aunque Oren no supiera de motos, esa era evidentemente buena: una Harley-Davidson de esas que los rockeros de los años setenta y ochenta tanto gustaban de personalizar. Esa también estaba personalizada, pero con símbolos: para que usara menos combustible, para que fuera más silenciosa, más rápida, incluso había uno para disminuir el rozamiento con el aire. Oren había añadido una burbuja de invisibilidad. El resto había sido fácil. Oren le había grabado a Alex un símbolo fachada, un tipo de símbolo especial y bastante simple que cambiaba la forma en que los demás ven al que lo tiene. Normalmente se usaba para ocultar cicatrices incurables, síntomas de enfermedades o defectos físicos; pero no era difícil con ellos hacer pasar a una persona por otra, como había hecho. Nadie que no se fijara muy bien podría darse cuenta de la diferencia de altura entre Alex y Oren, y eso era lo único que no se podía camuflar.
Los campos pasaban junto a él con una velocidad pasmosa. El motor de la moto ronroneaba, como Traumwald, que encaramada al manillar era acariciada por el viento.
- ¡Esto es genial!- gritó Oren al viento, y soltó una carcajada.
Tras un rato, apareció en la lejanía un molesto punto que creció y creció hasta convertirse en la base militar en cuyo sótano estaba Daäkar. Con una pequeña pena por tener que dejar la moto, Oren frenó y la aparcó junto a la carretera. Sopesó sus posibilidades y decidió la que creía mejor. Abrió los brazos y llamó a su gata, que saltó a ellos. Oren pronunció el berserk y esperó a que su transformación acabara. Después, se acercó a la puerta metálica y la golpeó suavemente con las garras.
- ¡Toc, toc! ¿Hay alguien en casa?- esperó un poco.- Vaya, parece que tendré que abrir yo la puerta. ¡Disculpad!- se alejó unos pasos.- ¡Detraï!
En cuanto apareció un agujero en el metal fundente, por él salieron muchas balas dirigidas al chico felino. Él cerró sus zarpas y las juntó. Los proyectiles fueron bloqueados por la sólida burbuja generada por los símbolos coordinados. Cuando la ráfaga cesó, Oren canturreó:
- Mi turno…- y mostró sus afilados dientes en una blanca sonrisa que contrastaba con su negro pelaje.
Saltó al edificio. Activó la espada de su antebrazo. Atravesó con ella a uno. Asó a otro lanzando una bola de fuego con la otra mano. Arañó al tercero en la cara y le dejó gritando. Por último, varios acabaron ardiendo cuando Oren convirtió sus manos en lanzallamas.
- Niklaus Thorvaldsen, ¿dónde estás?- canturreó.
- Abajo- dijo él subiendo.- No soy tan estúpido como para enfrentarle a ti cuando sé que puedes con él.
- ¡No!- exclamó Oren al verle.- ¡Estabas fuera de combate! ¿Cómo has podido poner la armadura a punto en tan poco tiempo?
- Es prioterrana- T’ang hizo que la hoja saliera de la Armadura del Sol.- Cuando quieras, Sylvan.
Oren se lanzó a él gritando. Apretó los dientes al darse cuenta de que, con su oído de felino, los ultrasonidos de la armadura eran mucho más molestos. Lanzó un golpe, que fue bloqueado. Su mejor opción era traspasar el cuello de T’ang, que no estaba completamente cubierto.
Volvió a dirigir su espada a ese punto. El ruido se hizo grave. Oren se acordó del cañón de energía. Se apartó. No lo suficiente. No hubo impacto, pero la fuerza del cañonazo le tiró al suelo. T’ang le puso el pie en el pecho.
- Vaya, Oren- se regodeó.- Has sido un formidable enemigo. Pero ya sé que no puedo dejarte con vida.
Oren solo tuvo tiempo de pronunciar la palabra que deshacía el berserk. Y, mientras sentía que la unidad entre él y Traumwald se deshacía, T’ang le atravesó con la espada. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y otra...


Capítulo 13

13. Lágrimas sin sollozos

Alex hacía lo posible por ayudar a sus dos compañeras. Al parecer Caoimhe no se había roto nada, pero determinar el estado de la Bestia era mucho más complicado: le había explotado un misil en el pecho.
- Tenemos que ir a ayudar a Oren.
- ¿Estás loca, Caoimhe? Mira cómo estás, tienes golpes por todos lados… Además, nos dijo que no fuéramos.
- Por más que nos diga lo contrario- Rachye se incorporaba lentamente,- Sylvan se preocupa mucho por los demás y poco por sí mismo- su pecho estaba descubierto de plumas y ennegrecido, pero el daño no parecía grave.- Nosotros nos hemos enfrentado a dos humanos. ¿Y qué? Él tendrá que luchar contra un dragón. No pienso dejar que lo haga solo- se arrodilló.- Subid.

Un espacio claro.
No había otra manera de definir dónde estaba Oren. Un espacio claro. Era claro, pero no tenía ningún color definido, de hecho, no había en él ningún color. Sin embargo, tenía que ser así, porque Oren podía ver. ¿O no? No había absolutamente nada en ese espacio, ni siquiera un suelo definido. No había suelo, aunque estuviera de pie. ¿Pero estaba de pie? Eso era lo que sentía, pero no había ninguna clase de gravedad. El silencio era absoluto, pero no se notaba.
- Bienvenido a la frontera- dijo tras él una voz desconocida, aunque familiar.
Oren se giró y vio a su gata, sentada, con la cola enrollada pulcramente alrededor de sus patas y con sus ojos azules fijos en él.
- ¡Traumwald! ¿Qué haces aquí?
- Tanto a los gatos como a los agonizantes se nos permite estar aquí, en la frontera entre la vida y la muerte.
- ¡Hablas!
Traumwald ronroneó, divertida.
- Parece que no…
- ¿Entonces? ¿Sois los gatos racionales?
- ¡Por supuesto!
- ¿Y cuándo he aprendido yo a maullar?
- ¡Ya sabías!- vio la mirada de extrañeza del adolescente.- Tienes cuerpo de humano y magia de dragón, Oren. Pero aquí… Aquí tu alma es lo único que importa. Aquí, tu alma está desnuda.
Oren, por instinto, se miró las manos. No eran manos. Se miró las patas traseras, el costado, movió la cola. Todo estaba cubierto por un pelaje del color de la playa al amanecer.
- ¿Soy… soy un gato?
- ¡Pues claro! Y menudo gato… Si no tuvieras alma de gato, ¿cómo podríamos hacer el berserk?
- Espera… Esto es demasiado.
El nerviosismo le llevó a acicalarse el pelaje con su áspera lengua. Cuando miró su espalda, la vio atravesada.
- ¡Estoy herido!
- Sí. Las heridas que te hizo T’ang.
- Pero no me duelen, ni me impiden moverme… No las siento.
- Porque son de tu cuerpo, no de tu alma.
- La… La otra vez, Daäkar me salvó. ¿Por qué me salvó esa vez? ¿Y por qué esta no?
- Una parte de él vive en ti, por eso te salvó la otra vez, y por eso tuviste ese recuerdo cuando luchabas contra Sullivan. Y esta vez también intenta mantenerte con vida. No estás muerto, estás en la frontera.
- ¿Pero de qué sirve?- Oren lo gritó.- ¡Las heridas empeorarán, y moriré! ¡No puedo volver, sólo seguir!
- Tranquilo, Oren- Traumwald se le acercó y le lamió la mejilla. Suspiró y le miró a los ojos.- Hay una manera de salvarte.
- ¿Cuál?
- El berserk… Es un vínculo a dos bandas.
Oren se imaginó lo que iba a hacer.
- No, no, ¡no, Traumwald!
- Sí. Mi muerte te va a doler menos… que a mí la tuya.
- ¿Qué? ¿Tú…?
En los ojos de Traumwald había un destello triste, causado por lágrimas que luchaban por salir.
- Sí. Y es imposible… Ver cómo ella te mira me hace odiarla, pero ver cómo la miras… Me quita las ganas de todo.
- ¡Traumwald!
Entonces ella empezó a recitar el berserk.
- ¡Calla!- gritó Oren.
Se lanzó a ella, pero Traumwald le esquivó y le derribó, sin dejar de maullar. Pronto había acabado.
- Ve ahí abajo- dijo la gata mientras las heridas de Oren aparecían en ella.- Ve ahí abajo y haz que T’ang muerda el polvo. Salva a Daäkar. Sé feliz con ella… como nunca pude serlo yo contigo.
- ¡No, no! ¡No te vayas!
- Sí. Voy al lugar que me dio nombre. Saludaré a Dornem de…
Cerró los ojos.

Oren abrió los ojos. Estaba tirado en el suelo, y a su alrededor estaban los cadáveres de los soldados. Junto a él estaba tendida Traumwald. O lo que quedaba de ella: su lustroso pelaje negro estaba manchado de rojo. Oren se tocó el torso: la ropa estaba agujereada, pero la piel, intacta.
“¡Tengo que rescatar a Daäkar! No es momento para llorar…”
Pero, por mucho que intentara impedirlo, los recuerdos empezaron a inundar su mente. Esa tarde, en el circo. Esa noche en los tejados. La primera vez que se vieron…
Y sus ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas sin sollozos.
Pero no podía dejarse invadir por la tristeza. Se puso en pie. No podía fallar a sus padres, que le habían puesto en la pista del dragón. No podía fallar a Traumwald, que se había sacrificado para salvarle la vida. Sacó la máscara negra de su bolsillo. La miró. Tampoco podía fallar a Dornem… que, durante sus últimos días, había luchado por que Oren no muriera.
Se puso la máscara negra y la notó infinitamente más cálida y protectora que las demás veces. Esta vez su ropa no se había transformado en capùcha, capa, camisa y botas; sino en sombrero, gabardina, pantalones y zapatos. De alguna forma, Traumwald sí había saludado a Dornem.
Oren tocó el ala del sombrero y desapareció.

La sala subterránea era mucho más grande que la entrada. Las escaleras daban a un balcón, desde el cual otras escaleras bajaban al suelo. Al fondo había una puerta de metal, y tras ella, Daäkar. En la gran sala había dos aparatos: el que se había usado para sustituir el sistema nervioso de Daäkar, y la que se usaba para extraer su energía. Sobre el suelo, hablaban Ceres, T’ang y Thorvaldsen.
- Está muerto- dijo T’ang.- Definitivamente. Le he atravesado seis veces. Realmente ha sido una gran amenaza para todos nosotros.
- Yo aún tengo que atrapar a Hawkson- intervino Ceres.
- Pues ve.
- Yo me vi obligada a luchar contra Sylvan. Ahora vosotros dos os venís conmigo.
- Vosotros no vais a ningún sitio- Oren volvió a ser visible.
Era gracioso ver las caras: la de Ceres era de molestia, la de Thorvaldsen, de gran sorpresa, y la de T’ang, de puro horror.
- ¡Estabas muerto!
- Sí. Pero ni siquiera la muerte es un obstáculo para mí, así que, ¿qué serás tú?
T’ang se puso el yelmo de la Armadura del Sol, y con un grito corrió hacia el adolescente. Alzó su espada, y descargó con ella un golpe, que el mago bloqueó con el brazo. Esta vez, la ropa no se desgarró. Oren activó su espada. Tenía que encajarla en el cuello, donde las junturas entre las piezas eran más anchas. Lanzó un golpe, que su oponente desvió.
- ¡Detraï!
T’ang se detuvo. Oren alzó las manos:
- ¡No he sido yo!
Al fondo de la habitación, la puerta metálica cedió, y de ella salió un torrente de llamas. Se disipó, y se pudo ver al joven castaño que era Daäkar, con los ojos burdeos ardiendo de rabia.
- Ahí estás, Sylvan…- rió nerviosamente.
- Daäkar, ¡vuelve ahí!- ordenó T’ang.
- No. ¡No! No tengo dueño, ¡seré libre!
- Mucha suerte- dijo T’ang a Oren, y se hizo a un lado.
Daäkar corrió a su protegido con las manos envueltas en llamas. Le lanzó dos bolas de fuego, que Oren esquivó a la vez que se acercaba al dragón. Cuando estuvo frente a él, Daäkar le lanzó una llamarada que bañó todo su cuerpo. La ropa no ardió, pero Oren sintió su piel quemándose. Cuando el fuego cesó, empezó a curarse.
- Así me haces daño, Daäkar… Pero se necesita algo más para matarme.
- ¡Como quieras!
Y, exactamente como Oren quería, le puso la mano sobre su símbolo. Oren aprovechó el momento antes del dolor para agarrarle el antebrazo.
Y llegaron los millones de agujas perforando su piel, el ácido que corroía sus entrañas. Pero Oren resistió, y apretó aún más el antebrazo de Daäkar, y apretó sus dientes.
- ¡Suéltame!
- Tú… de aquí… no te vas.
Entonces al dolor se le unió una intensa sensación de estar quemándose, y algo cambió, y Oren miró a los ojos burdeos de su dragón protector. Y gritó algo que parecía un grito de dolor, y le soltó el antebrazo. Y cayó inerte al suelo.
Justo entonces entraron al balcón Caoimhe, Alex y Rachye, de nuevo en forma humana.
- ¡Oren!- gritó Caoimhe al verle en el suelo.
- ¡Está muerto!- gritó Daäkar.- ¡Como no tardaréis en estarlo!- se giró hacia T’ang y los bastlers.- Yo me encargo de la Bestia.
- Mantened a la chica alejada de mí- dijo T’ang.
Rachye se tiró del balcón e hizo que el aire bajo ella fuera más denso. En vez de golpearse contra el suelo, se posó suavemente en él. Daäkar le lanzó una cascada de llamas, que ella contrarrestó con una ráfaga de viento. Sin embargo, aprovechando que el fuego aún no se había disipado, el dragón se acercó a su enemiga, y en un movimiento rápido y ardiente, Rachye cayó al suelo y dejó de moverse. Al mismo tiempo, Ceres, que había estado luchando contra Alex, inyectó en su brazo el contenido de una jeringuilla que hizo que se durmiera.
Caoimhe esquivó un golpe del licántropo y vio a sus dos compañeros en el suelo. Consiguió poner sus manos sobre el áspero pelaje. Lo siguiente que se oyó fue un crujido de huesos rompiéndose y un grito desgarrador. El bastler cayó al suelo y Daäkar corrió hacia Caoimhe.
- ¡Le has matado! ¡Has matado a Oren!
- Y tú eres la siguiente.
Un círculo de llamas los rodeó, aislándolos del resto de la habitación. La pelirroja corrió hacia el dragón, pero la piel de este se incendió. Caoimhe dio un paso atrás.
- Oren me dijo algo antes de morir. Quizá te gustaría saberlo.
Avanzó hacia Caoimhe, que retrocedió hasta estar junto al fuego. Daäkar se le acercó mientras reducía el fuego de su piel.
- Me dijo…- el volumen de su voz era bajísimo. Se inclinó y le susurró al oído: - Actúa.
Entonces Caoimhe lo comprendió. Por qué un círculo de llamas les aislaba de T’ang y la mujer. Por qué Daäkar no la freía directamente. Por qué Oren y Rachye estaban en el suelo y no carbonizados. A través del símbolo de su pecho, Oren había hecho que Daäkar volviera a ser el de antes.
Por eso, cuando el dragón golpeó su pecho con la mano llena de llamas, Caoimhe cayó al suelo, como si estuviera muerta. El fuego quemó parte de la tela, pero ni siquiera calentó su piel. El círculo de llamas desapareció.
- Está muerto- dijo Ceres tras buscarle el pulso al escandinavo.
- Ella también- anunció Daäkar.
- Enhorabuena, Daäkar- dijo T’ang. Su voz salía ahogada por la armadura.- Me has impresionado. Pero eso no quita que debas volver a donde estabas antes.
- No. Aún queda uno.
- ¿Quién?- T’ang dio un paso adelante, pasando sobre Oren.
- Tú, T’ang Zhu- pronunció lentamente el nombre.
- ¿Cómo…?
- ¿Sé tu nombre?- le cortó.- A mí me gustaría saber cómo puedes ser tan tonto. Después de que tomara un protegido, ¿no leíste las leyendas?- hizo una pausa.- ¡Ya!
Oren saltó. Agarró a T’ang por la espalda. Protector y protegido miraron a Caoimhe.
- ¡Ponles a salvo!- gritaron a la vez.
Caoimhe se levantó e hizo una onda en el aire que movió a Alex y a Rachye hacia la pared. Ceres empezó a subir la escalera para salir. Dragón y humano se miraron a los ojos y murmuraron la misma palabra. Se convirtieron en los centros de dos explosiones de fuego.
- ¡No podréis dañarme así!- gritó el anciano.
Se oyó un clic. El fuego se disipó. Oren tenía una pieza de la armadura en la mano.
- Era una distracción, ¿sabes?
Le derribó y empezó a quitarle la armadura, pieza por pieza.
- Si me matas, ¡atente a las consecuencias! ¡Soy T’ang Zhu!
- Y yo, Oren Sylvan.
Le quitó el yelmo, y con él se fue enganchado el pañuelo que siempre le había cubierto el cuello. La piel bajo el pañuelo era de color rubí, y tenía un aspecto extraño. Era una quemadura.
- ¿Qué…?- comprendió.- ¡Aviro te prometió Aho Shan! ¡Has traicionado al emperador!
- ¡Piedad, por favor! ¡No me mates!
- No lo haré… ¡Te llevaré a Xin Qu a entregarte a aquél al que traicionaste!
Daäkar se acercó.
- Déjame divertirme con él, Oren.
- Nada de quemaduras.
- Está bien.
Oren fue a hablar con Caoimhe, pero en el camino recordó una oscura noche.
“No es momento para llorar.”
Pero Thorvaldsen estaba muerto, Ceres había huido y T’ang estaba acabado. Habían vencido. ¿Había un momento mejor?
Así que se paró y se sentó en el suelo. Dejó que los recuerdos invadieran su mente.

Era tarde. Estaban en el circo.Tras saludar, el hombre que había hecho el número con un lobo se acercó a donde estaban Oren, Traumwald y Amelia.
- Malchik- dijo.- Chico. ¿Quieres ver algo?
- ¡Claro!- a Oren le había encantado la función, y le entusiasmaba la posibilidad de ver algún truco más.- Enséñemelo.
- Aquí no- se notaba que no era español, sino de algún sitio de Europa del Este.- Ven.
Oren miró a Amelia.
- Ve si quieres, Oren. Si pudiste con Sullivan, para ti ya no hay nada peligroso.
Oren siguió al eslavo hasta un carromato. Traumwald les acompañaba.
- ¿Viene gato?- dijo el hombre.- ¡Bien!
Soltó una enérgica y reconfortante carcajada. Después silbó y el lobo del espectáculo llegó frente a ellos corriendo.
- Tú- se agachó y miró al chico a los ojos,- haces esto con tu gato. Ve y aprende.
Entonces el hombre se giró hacia el lobo, le puso dos dedos en la frente, se los llevó a la suya y repitió el proceso una y otra vez mientras recitaba extrañas frases hechas de cortas palabras. El lobo fue desapareciendo mientras el hombre se volvía cada vez más parecido a un lobo. Oren se asustó.
Entonces el hombre-lobo le miró y, con su hocico lleno de dientes afilados, articuló:
- No miedo. No peligro.
Entonces Oren lo entendió.
- Guay... Pero yo no puedo hacer eso.
- Sí puedes. ¿Has aprendido?

Unos días más tarde, por la noche, Oren y la gata estaban subidos a una azotea.
- ¿Lo probamos, Traumwald?
Ambos tenían los ojos brillando por el entusiasmo. Oren cogió a la gata en brazos, y repitió lo que había hecho el hombre lobo del circo. Y corrió y saltó por los tejados y las azoteas, gritando de alegría.

Algo más tarde, Alex y Rachye habían vuelto a la consciencia. Ahora el que más dañado parecía era Oren. Lloraba, paraba de llorar y empezaba a mirar a un punto fijo inexistente, sin reaccionar a nada, volvía a llorar. Caoimhe no sabía cuál de los dos estados era más triste.
- ¿Qué hacemos?- preguntó a nadie.
- Volver a Xin Qu- respondió Alex.- Aquí ya no hay nada que hacer. Daäkar, ¿sabes volar?
El dragón le dirigió una mirada asesina.
- Repite eso.
- ¡Perdona, perdona! No quería ofenderte. Es que eres el primer dragón que conozco.
- Oren detesta las alturas- intervino Caoimhe.
- ¿Crees que puede conducir la moto ahora? Daäkar… ¿Te importa llevarle? Quizá sobre ti no se sienta tan mal.
- No, claro que no.
El dragón levantó a su protegido, que siguió llorando, sin mirarle. Los cinco subieron la escalera, y cuando estaban a punto de salir del balcón, Daäkar dijo:
- Esperad un momento.
Empezó a hablar en su lengua. En sus ojos, el brillo de la venganza y el de las llamas reflejadas se mezclaron mientras las dos máquinas que le habían torturado ardían y se destruían.

I’m like a cat in a cage,
locked up and battered and bruised.
I am the prodigal son,
a shameful prodigy too.
I am the love of your life,
battering ram and confused.
I turn each day into night,
I stand here waiting for you…
- Quítate esos auriculares- dijo Caoimhe, y Oren lo hizo.
Habían pasado dos días des de el rescate de Daäkar. Ahora, los dos adolescentes estaban sentados en la terraza del bar donde, días antes, habían estado Niklaus Thorvaldsen y Ceres. Ya se habían bebido sus bebidas, ya habían pagado la cuenta. Pero seguían ahí, sentados, esperando cada uno a que el otro dijera algo.
Fue la chica la que dio el primer paso.
- ¿De verdad me quieres?
- Sí, pero… Es difícil de explicar… No sé.
- No hace falta que respondas- sonrió.- Mi vida ha cambiado tantas veces ya que no me importa que cambie o no una más.
- Pero sí quiero responderte. Mira... Te quiero, pero… Pero parece que estoy condenado a perder a todos los que me importan. Mis padres… Dornem… Y Traumwald. Por eso no quiero acercarme mucho a ti… Tengo miedo de perderte.
- Pero… ¿No sería distanciarte de mí una manera de perderme?
- No lo sé. Lo único que sé es que odio estar así. Supongo que me iré pronto… Porque no soporto estar así contigo.
- ¿De verdad?
- Sí.
- Pero…- Caoimhe puso su mano sobre la de Oren.- Quiero que te quedes.
Oren se puso rojo como una llama.
- ¡Caoimhe! ¿En… en serio?

Llegaron cogidos de la mano a la casa que había pertenecido a Gyan Latzya. Rachye ya se había ido, y Alex y Daäkar habían salido.
- ¡Pues vente conmigo a Madrid!- decía Oren entusiasmado. Caoimhe rió ante la propuesta.- ¡No, en serio! Vivo allí con una amiga. ¡Su piso es enorme!
Subieron al comedor. Sobre la mesa había un trocito de papel. En él había solo cuatro palabras escritas en negro: “Not so easy, boy”. “No es tan fácil, chico.”
Oren lo apartó con gesto despreocupado. Entonces vio que las letras desaparecían. No. Imposible. No quedaban magos oscuros. Y esa letra… No era la de Dornem.
Caoimhe vio cómo el mago palidecía.
- ¿Qué te pasa?
- Sé quién ha escrito esta nota.
- ¿Y? ¿Es malo?
- Ya lo creo. Yo le maté.


Epílogo

Epílogo
En Palacio, la estructura subterránea que era la base de la organización más grande, poderosa y secreta del mundo, una Ceres bastante alterada hablaba con Mentor.
- Te juro que aparece y desaparece como si nada, ¡y resucita!
- Eso parece difícil de creer, querida Ceres. Si no pudiera leer mentes pensaría que mientes. Sí, puede que sea un problema. Por su culpa, la tecnología de extracción de energía a partir de Bestias está destruida, la Armadura del Sol ya no está en nuestro poder y T’ang Corporations ya no existe- miró su reloj.- ¡Vaya! Si los ahoshaníes son puntuales, T’ang hu ya habrá sido ejecutado.
- Pero eso no es lo peor…
- ¿Y qué es lo peor?
Mentor lo podía intuir a partir de los pensamientos de su compañera, pero estos eran tan turbulentos que prefería una confirmación.
- Lo peor es que es aliado de Hawkson. Hijo- Mentor la miró con horror.- Sí, sabe de nosotros.
Entonces Mentor notó la llamada mental de su superior. Del presidente de Aviro.
- Te tengo que dejar.
Hasta hacía cuatro años, el presidente había sido poco más que una mente comunicadora. Pero, a principios del 2010, ese cuerpo pasó a tener un psíquico completamente operativo. El psicobastler, Mentor, que era capaz de leer las mentes, sospechaba que el presidente tenía por algún lugar otro cuerpo, con otra mente completamente operativa, que había muerto. Sin embargo, la mente actual del presidente estaba seriamente dañada, con fallos en su razonamiento y lagunas en su memoria.
Tras veinte minutos caminando por los largos pasillos, llegó frente a una puertecita que más bien parecía llevar a un cuarto de limpieza. Entró.
A Mentor no le gustaba esa sala, ni ese olor a vejez y a muerte inminente. Pero eran visitas como esa lo que le permitía la mayoría de sus libertades.
Sobre algo parecido a un trono se sentaba un cuerpo. Tenía cerca de seiscientos años. Casi no respiraba, su corazón apenas latía. Pero estaba vivo. La magia hacía que su extrema edad no lo matara, aunque la vejez sí dejara en él su mella.

Llegas tarde, Mentor; oyó el bastler desde esa mutilada mente.
- Palacio es grande, es difícil no demorarse.
Ahora siempre es tarde. Quiero a Oren Sylvan.
- Entiendo, señor. ¿A qué equipo debería mandar?
Todo.
- ¿Le he entendido bien? ¿Todas las fuerzas de Aviro?
Todo Aviro. Para todo y buscad todos y traedme vivo a Sylvan.
- Pero... Los experimentos...- intentó ganar terreno Mentor.
Los experimentos genéticos ya no son importantes. Sois todos intentos fallidos de conseguir lo que quiero. Ya no importáis si no podéis capturarle.
- ¡Pero sin nosotros usted habría muerto completamente!
Y sin mí vosotros no existiríais. Me debéis el hecho de ser lo que sois. Reclamo lo que me corresponde.
- Pero señor, si todo Aviro se moviliza...
No importa mantenerse en secreto. No importan los problemas políticos que podamos causar. SOLO IMPORTA SYLVAN.
Mentor tuvo que contenerse para no retroceder. Aquello había sido el equivalente mental de un grito.
No pierdas más el tiempo. Moviliza todo.

Mentor salió de la sala muy desorientado. Esa era una de las escasas veces en las que no sabía qué hacer. Aquello era inquietante incluso para él.


Supongo que ya no hará falta decir qué pido, ¿no?

Última edición por Tyren Sealess; 16/07/2015 a las 17:24 Razón: Actu.
  #2  
17/03/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [17/3/15]
Bieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee eeeeeeeeeeeeeeeeeeeen

Aunque me rompes el corasón latino diciendo que va a haber capítulo cada tres semanas, al menos sé que no lo has dejado (ya lo sabía, pero me lo confirma aún más).

Me gusta el comienzo de la historia, aunque yo quiero ver a Oren :'(

No puedo comentar demasiado, este primer capítulo es intrigante por los dos personajes que muestra además de ese extraño prólogo, pero poco más hay a lo que atacar (en el buen sentido xD).

Acabas de prolongar tu mecenazgo por 2 meses
  #3  
20/03/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [17/3/15]
Curiosamente, hoy es un día parecido al del capítulo aquí, en Madrid. ¡Disfrutadlo!

Capítulo 2

2. Recuerdo de un mes

Oren llamaba a esos días “días sin cielo”. Eran comunes en Madrid durante el otoño y el invierno. Durante esos días, lloviera o no, nubes del color de los iris del chico cubrían la ciudad sin dejar que los edificios grises y tristes vieran el cielo. Durante esos días, fríos en su mayoría, la gente solía vestir con ropa abrigada y de colores apagados, y caminaban sin energía, mirando hacia abajo, casi encorvados.
En ese ambiente, Oren Sylvan destacaba mucho. Iba vestido con vaqueros negros, una camiseta de manga corta de color azul claro con graffitis de colores oscuros, y una mirada decidida en sus ojos de tormenta. Su pelo, del color de la arena y cortado en mechones muy desiguales, se movía al ritmo de la brisa y su caminar. A su lado iba con la misma actitud un felino negro.
Anduvieron un rato por la calle y torcieron a una más pequeña. Entonces empezó a tronar, y se apresuraron. Se pararon frente a la puerta de un edificio. Oren sacó un llavero de su bolsillo y abrió la puerta. Entraron al vestíbulo. Cuando Oren cerró la puerta, la lluvia empezó a caer sobre la calle como caerían las canicas de un niño de su mano.
Oren miró el austero vestíbulo. Le invadió una mezcla de tristeza y miedo: no entraba allí desde hacía cuatro años.
Subió las escaleras. Primer piso, segundo. Puerta C. Oren volvió a agarrar su llavero, y cogió otra llave. Cuando la introdujo en la cerradura, le invadió la misma emoción que antes. En esa casa, sus padres habían sido asesinados cuatro años atrás, y él había escapado de forma milagrosa. ¿Merecía la pena entrar allí? ¿Revivir unos recuerdos cuyo impacto había superado?
Sí, claro que merecía la pena: no guardaba ningún recuerdo de un mes de su vida; seguramente se los habrían borrado. Y la única manera de averiguar qué pasó ese mes eran los diarios de su padre, que tenía la costumbre de, cada día, escribir una página antes de dormirse.
Giró la llave en la cerradura. La puerta se abrió y Oren volvió a tener diez años. Todo seguía igual que cuando sus padres estaban vivos, todo, y la capa de polvo que cubría el suelo y los muebles no era tan gruesa como para romper el hechizo.
- Vamos, Traumwald- le dijo a la gata.
El adolescente entró en el piso y en un sueño: a pesar de que allí dentro no se movía nada ni se escuchaba un sonido, la mente de Oren llenaba el lugar de recuerdos, recuerdos en su mayoría alegres, que coexistían sin problemas.
Fue a la habitación de sus padres. Sabía que su padre guardaba los diarios en una cajita de madera que estaba bajo la cama. Entró a la habitación. Entonces se rompió el sueño: una gran mancha roja en las sábanas. Y la mente de Oren se llenó de recuerdos de aquel día: los gritos de su madre, el intento de resistencia de su padre, la espada entrando en su pecho…
Cogió rápidamente la caja, salió aún más rápido de la casa y en nada estaba fuera del edificio.
La tranquilidad le sorprendió bajo la lluvia, con la caja entre las manos. Traumwald maulló.
- Ya sé que no te gusta la lluvia, pequeña, pero pronto llegaremos a casa.
Chico y gata vivían con Amelia Grenland, una maga del hielo. Su casa apenas estaba a unas manzanas de allí, por lo que no tardaron en llegar. Cuando entraron, Oren notó una vez más lo extraño que era el piso: los colores y objetos decorativos, ya extraños por sí mismos, se volvían aún más raros en relación con el resto de la casa. Pero el conjunto era acogedor.
- Qué raro, tú pasando por aquí dos días seguidos.
Oren no contestó y miró a la hablante. Ella era Amelia, una cuarentona que llevaba la edad asombrosamente bien. Era delgada, y su pelo y sus ojos tenían el color de las almendras.
- ¿Qué es eso?-preguntó señalando la caja de madera.
- Los diarios de mi padre. Creo que es la única manera de recordar qué pasó ese Agosto.
- ¿Y merece la pena?
Oren se quedó desconcertado.
- ¿Cómo? Claro que merece la pena.
- ¿Seguro? Quizá no es lo que debas hacer. Si eres el primer protegido en varios siglos… Tiene que haber una razón para eso, y si te han borrado la memoria, debe de ser secreta. Y a veces… es mejor dejar los secretos solos.
- Si de verdad hay un gran secreto, Amelia, soy parte de él. Y creo que merezco conocer el todo.
- No puedo oponerme a ti, Oren. Pero creía que, en estos cuatro años, habías aprendido que…
- ¿Qué?
- Tómatelo como un consejo. En asuntos mágicos, algo aparentemente pequeño y banal puede ocultar de todo. Cualquier cosa.
En ese momento, Oren no sabía la razón que tenía la maga.
Se fue a su habitación, que había redecorado a su gusto desde que había llegado a esa casa. Se sentó en la cama y abrió la caja. En su interior había muchos pequeños libros que alguna vez habían estado en blanco. Mirando en la parte interior de la portada, vio que en uno ponía “2008-2009”. Lo cogió, y hojeando un poco, llegó al “1-08-08”.
Cerró los ojos, inspiró hondo, los abrió y empezó a leer.

“Hoy Oren nos despertó a las 4 de la mañana. No paraba de decir que teníamos que ir al aeropuerto. Le dijimos que en realidad no había tanta prisa, pero la verdad es que nos había despertado justo a tiempo. Fuimos al aeropuerto. Oren se dormía para despertarse cada 5 minutos y preguntar si ya habíamos llegado. Lilly y yo nos moríamos de sueño. Ya en Barajas, arreglamos eso con un café bien cargado, y conseguimos que Oren se durmiera de forma continuada. Menos mal, porque si no nos habría hecho la espera insoportable. El avión salió media hora tarde, y tardó más de lo previsto. Yo me enfadé, pero Lilly me calmó diciendo que los doctores son peores, y que con ellos tengo paciencia.
Llegamos a las once al hotel de Dublín desde donde escribo ahora. A Oren no le está gustando nada el tiempo: no hace calor y lleva lloviendo todo el día. Pero dicen que, normalmente, el tiempo no es así de estable. Lilly salió a ver Dublín con Oren, y yo dormí. Después, ella volvió y yo salí.
Ya por la tarde, Oren dijo que le gustaban la ciudad y la gente pero no el tiempo y el acento, y todos nos reímos. A partir de mañana iremos por los pueblos, para hacer ese trabajo que le han encargado a Lilly sobre las iglesias rurales irlandesas. También haremos turismo, espero, al fin y al cabo, Oren y yo estamos de vacaciones.”
La lectura arrancó a Oren una sonrisa. Irlanda, claro. Ahora recordaba muchas cosas que había sentido en ese viaje, aunque pocas imágenes o datos concretos. Edificios bajos de ladrillo rojo. Cielos grises. Colinas verdes. Una cueva negra.
Una cueva negra. Una cueva negra… ¿Había lugar más propicio para que un dragón negro se escondiese? Intentó recordar algo más sobre eso, pero no pudo. El conjuro era potente.
Pero más tarde, se llevó una decepción: leyendo más, se percató de que ese “trabajo de campo de Lilly” consistía en ir por muchos pueblos tomando anotaciones sobre las iglesias.
Tras reflexionar un rato, decidió repetir el recorrido que había hecho seis años atrás. Tenía dinero, ya que no gastaba la mayoría de la asignación mensual del Gabinete; solo le faltaba el billete de avión. Pero siendo mago, el procedimiento para obtenerlo era más largo y tedioso que no siéndolo.
Pero Irlanda era uno de los países más mágicos de Europa. Allí podría mejorar su simbolismo, o al menos adquirir mejores libros al respecto. Y no solo sobre simbolismo…
Se levantó de la cama, fue al salón, descolgó el teléfono y marcó el número del Departamento de Viajes Aéreos y Marinos del Gabinete.




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Última edición por BLAx501!; 21/03/2015 a las 16:31 Razón: Dos errores ortográficos de nada xD
  #4  
21/03/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [17/3/15]
Yey! hasta que te puedo comentar. Wuachón, ¿Cómo te lo digo? Tienes aquí una historia que atrapa, cautiva, encanta, enamora, atrae, maravilla, sorprende tiene taaaaaaaaaaaaaaaaantos elementos y la hace TAN única que eso me maravilla ¿Quién diría que luego de que destruyera con tanto amor tu anterior proyecto y te peleara porque no lo mataras saldría esto? Me has dejado anonadado y es que tu desarrollo desde ESDAYA hasta este punto es algo que se puede notar y resaltar. En primer lugar las publicaciones son más seguidas, se nota que te esmeras y te encanta escribir ésta historia, en segundo lugar el desarrollo y peso de tus personajes. ¡Vamos! Mira como es ahora Oren luego de 4 hipotéticos años, y sin embargo uno siente que sigue siendo aquél muchacho que estaba con Elepé.

Me encanta tu historia amigo mío, me encanta cada frase que escribes sobre ella y como atrapas con tu narrativa.
Gracias: Tyren Sealess

Antigua


  #5  
21/03/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [20/3/15]
Bieeeeeeeeeen, otro capítulo xD. Se me antoja algo corto, pero me ha gustado porque sale Oren a quién hay que engañar: porque sale Oren xD.

Parece que estos 4 años le han hecho madurar bastante... No puedo esperar a seguir leyendo xD
Gracias: Tyren Sealess
  #6  
07/04/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [20/3/15]
Vaya, y yo que pensaba que no podría publicar antes de las tres semanas...

Capítulo 3

3. Perseguir dragones

En principio, Oren no pensaba permanecer más de una tarde en Dublín. Pero había decidido que, en vez de repetir el trayecto descrito por el diario de su padre, investigaría los rumores sobre dragones en la capital; y si alguno de ellos coincidía con una zona mencionada en el diario, iría allí.
Pero eso no era más que una excusa. La verdadera razón para permanecer en Dublín era lo que le había gustado esa ciudad. Allí, cada rincón estaba cuidado y tenía su propia belleza. Los bajos edificios, en su mayoría hechos de ladrillo rojo oscuro, estaban organizados en calles anchas que dejaban ver tanto o más cielo que cualquier azotea madrileña. Un cielo que estaba en cambio constante.
Además, si había un buen sitio en Europa para conseguir libros de magia, era Dublín. Como Irlanda nunca había sido invadida por el Imperio Romano, la cultura celta, madre de algunos de los mejores magos de la historia, seguía presente en todos lados en la actualidad.
Se convenció aún más de ello al salir del hotel en el que estaba para dar un paseo: vio un triskel adornando la puerta de un bar, un músico callejero cantando en gaélico…
Volvió a su habitación esa noche habiendo sentido una felicidad que llevaba años sin saborear.
Bajó al comedor a cenar, y se llevó una punzada de decepción: no había nada. De pronto, recordó. Cuatro años sin visitar a sus abuelos en Inglaterra le habían hecho olvidar que en la mayoría de Europa se cenaba a las cinco o las seis, no a las nueve o las diez.
En tal caso, llegaba de nuevo la hora de salir. Pero no para hacer turismo, sino averiguaciones. Para rastrear a Llamanegra. Volvió a subir a su habitación. Allí, abrió su mochila, y al fondo de esta, desactivó un símbolo de cerrado. Abrió la cremallera de un bolsillo secreto y sacó un trozo de tela. Lo miró un largo instante, recordando al que lo había hecho y se lo había regalado. Era una máscara, hecha de trozos de tela negra cosidos con hilo blanco. Cubría toda la cara, sin dejar agujeros, pero era tan fina que se podía ver a través de ella. Su tela era suave, ligera y casi indestructible. En cuatro años, no se había roto ni una ínfima fibra de ningún hilo. La dobló cuidadosamente y se la metió en el bolsillo.
De debajo de la cama salió un maullido quejumbroso.
- Te lo dije, Traumwald. Tenías que haber venido conmigo. Si hubieras venido, no estarías aquí encerrada. Pero no te preocupes, vamos a salir. Vamos al Club Magyk.
Salieron. Durante el trayecto, Oren compró algo de pescado para que la gata comiera.
Como cualquier mago europeo sabía, el Club Magyk era una discoteca en la que solo se admitían magos. Allí no solo se bebía, bailaba, y ligaba: también se intercambiaban informaciones y objetos.
Su fachada no era acogedora: un local destrozado en el bajo de un edificio descuidado.
- En fin… Traumwald, no te separes de mí.
El interior del local era desconcertante: estaba completamente desnudo y vacío, excepto ppor una puerta que Oren atravesó.
Detrás de ella había una puerta de ascensor, una trampilla y una persona con unas gafas, parecidas a las de un buzo, que servían para ver quién era mago.
- Buenas noches.
- ¡Buenas, joven!- saludó la mujer mientras Oren sacaba la cartera.- Diez euros, por favor. Nunca te he visto por aquí. ¿De dónde eres?
- Vengo de España, y es mi primera vez aquí.
- No tienes acento español.
- Ya, mis padres eran ingleses.
- ¿Cómo te llamas?
Oren pensó en no revelarlo, pero no tenía razones para ocultar su identidad. Además, quizá el nombre fuera un tipo de pago para entrar al club: entre los magos, la información era importante y valiosa.
- Oren Sylvan.
- ¿De verdad?- preguntó la mujer con asombro.- ¡Tú mataste a Harold Sullivan!
- Sí- respondió Oren secamente.- Bueno, ¿cómo se entra?
- Bajas por el ascensor o la escalinata. Oye… ¿cómo lo hiciste?
- Friéndole.
Oren sonrió y levantó la trampilla.
Bajo ella había un hondo agujero con una escalerita metálica de mano pegada a una de sus paredes.
- Vamos, Traumwald.
La gata se encaramó al hombro del adolescente, que bajó durante lo que le pareció mucho tiempo. Al llegar abajo, había una sala idéntica a la de arriba, pero sin nadie cobrando la entrada. Oren abrió la puerta.

En cuatro años había visto muchas cosas sorprendentes. Le había atacado un tigre compuesto por magia, no materia. Había visto a dos personas capaces de desintegrar y recomponer su cuerpo a voluntad en lugares oscuros. Él mismo era capaz de crear dibujos que almacenaban magia y producían distintos efectos; los símbolos. Pero el Club Magyk le hizo plantearse seriamente si estaba soñando o alucinando por algún narcótico.
La sala era de lo más normal: era como un cilindro volcado sobre su cara curva, y, en esa posición, cortado por la mitad; el suelo y dos paredes eran planas, pero las otras dos y el techo eran una bóveda.
Pero, en tan grande sala, no había ninguna fuente de luz. Y, sin embargo, tenues colores bañaban cada rincón: la barra, la pista de baile, algunas mesas… Además, todas las superficies menos el suelo estaban pintadas: desde motivos célticos a graffiti.
Oren tardó un momento en darse cuenta de que la luz provenía de esos dibujos, que se volvían más o menos brillantes siguiendo un lento latido.
La sala estaba llena de magos que bailaban, bebían, ligaban o cerraban pactos y negocios.
- No te alejes mucho de mí, Traumwald.
A pesar de que el sitio era muy grande, la fuerte vibración que producía el bajo con los altavoces y la multitud hicieron que Oren se agobiara. Pensó en la posibilidad de resistir a base de bebidas alcohólicas, pero las odiaba. Así que se mentalizó para pasar horas ahí. Empezó a extender rumores: que buscaba escamas de dragón, que había visto una Bestia y planeaba ir a por ella…
Por suerte, no pasó mucho hasta que llegó un hombre.
- ¿No eres muy joven para pensar ya en eso?
- ¿En qué?
- En perseguir dragones. ¿Sabes lo arriesgado que es?
- Pero si no arriesgo nada, no consigo nada.
Entonces, el hombre se subió la manga, revelando una quemadura en el brazo.
- Esto me lo hizo el dragón que tú buscas. Hace seis años, y parece de hace seis días. Yo también pensaba sacarle una escama a ese dragón, pero… Las Bestias son la fuente de toda magia, chico. No podemos imaginarnos su poder. Por si aún te interesa… Estaba en los alrededores de Dunlavin. Aunque nadie lo ha visto desde hace años.
Oren resistió unos minutos más, y salió del Club Magyc casi corriendo, seguido por la felina.
A pesar de que era enero, de que casi era medianoche, y de la fina lluvia, Oren se quedó un rato en un parque cercano, respirando profundamente: la multitud le había afectado más de lo que creía. No podría soportar un espacio cerrado hasta que estuviera completamente tranquilo.

Al día siguiente, desde un asiento de un autobús, Oren veía pasar colinas, hierba y nubes. Había cogido el autobús hacía veinte minutos, y llegaría a Dunlavin cerca de las once de la mañana.
Dentro de su mochila, Traumwald se removió.
- Te dejo salir- dijo Oren viendo que el vehículo estaba casi vacío- si no llamas mucho la atención.
Sacó a Traumwald de su mochila y la puso sobre su regazo.
Tras un rato, el autobús paró en un pueblecito, y el conductor anunció que se trataba de Dunlavin. Oren se puso la mochila a la espalda y salió.
En el pueblo reinaba un extraño ambiente: era sábado por la mañana, y los coches aparcados y los pubs de la calle decían que el pueblo era animado. Pero, llevando la contraria a todo, el silencio y la quietud reinaban en la calle. Fue caminando, y el único movimiento que vio era tras los cristales de las ventanas, en relación a él. Parecía que el pueblo desconfiara del adolescente y la gata.
En Irlanda, donde la religión católica está muy presente, un buen sitio al que acudir cuando eres nuevo en algún sitio es a la iglesia. La de Dunlavin era pequeña pero bonita, hecha de piedra gris y situada en una plaza que era poco más que un ensanche de la calle principal. Pero al acercarse, Oren vio que su puerta estaba rota; no por una grieta, sino que a las bisagras estaban unidas dos estrechas tablas astilladas que dejaban un ancho hueco en la entrada. Dos montones de astillas a ambos lados de la puerta eran los vestigios de lo que debería estar cerrando el templo.
- ¿Hay alguien?- casi gritó Oren.
- ¿Quién va?- le respondió una voz en el mismo tono.
- Oren Sylvan. Acabo de llegar con este autobús.
- Perdona, hijo. Pasa. Si está el pueblo así es porque hace unos días un demonio poseyó a una chica de este pueblo. Yo no lo creía, pero… Tocó un crucifijo con las manos y la Cruz explotó.
Oren no se extrañó demasiado: la magia hacía cosas raras. Probablemente no fuera un demonio, pero como eso no estaba relacionado con el fuego (o con un dragón), decidió no decir ni investigar nada sobre el tema.
El cura le llevó a la sacristía. Le preguntó si tenía hambre, y le ofreció unas galletitas de jengibre que Oren no rechazó. Estaban deliciosas.
A pesar de que físicamente no se parecían, ese cura le recordó a Elepé, un sacerdote amigo de su familia que, tras el asesinato de sus padres y antes de que la magia de Oren se hiciera patente, había intentado adoptarle.
- ¿Sabe dónde puedo conseguir un mapa de la zona?
- ¿Por qué lo quieres?
Esa pregunta pilló desprevenido a Oren, que tuvo que improvisar rápidamente.
- Hace algunos años, un familiar mío desapareció en esta zona. Voy a ver si puedo averiguar algo sobre él.
Esa mentira era más frágil que la brisa. Sin embargo, el cura pareció creerla, y añadió:
- Hace seis años. Después de mayo pero antes de noviembre.
- Sí- asintió Oren, sorprendido.- Agosto.
- Entonces fueron once los que desaparecieron en esas fechas. Aquí… dejamos el pasado en paz.
- ¿Le estoy ofendiendo si busco?
- No, no. Pero… Ya sabes. Nosotros somos de pueblo, tú, de ciudad. ¿Manchester?
- Casi- sonrió el adolescente.- Madrid.
- Ah… Por eso tu acento tiene ese deje tan raro. ¿Quieres alguna galleta más? ¿Puedo ofrecerle algo a tu gato?

Horas más tarde, Oren, con la mochila a su espalda, la gata a su lado y un mapa en las manos, caminaba entre las rocosas colinas buscando un sitio llamado “Druid’s Hole”, el Agujero del Druida. Era la mayor cueva cercana a Dunlavin. Pero, entre la distancia y el accidentado terreno, no caminó tan rápido como había creído, así que oscureció cuando aún le faltaba un tercio del trayecto.
Así que Oren buscó y encontró un refugio, un espacio vacío bajo una cornisa de roca, y dejó allí la mochila y el mapa. Recogió ramas de algunos arbustos cercanos, y las amontonó al volver a su refugio. Abrió la mano izquierda, y sobre ella bailó una llamita roja que él intodujo en el montón de madera. Salió un poco de vapor de la leña mientras se secaba, y después prendió. Oren retiró la mano, y sacó de su mochila lo necesario para hacerse un sándwich, que tostó al fuego. Mientras se lo comía, Traumwald se agitó, retrocedió y bufó levemente.
- ¿Quién eres?- preguntó Oren, preocupándose por que su entonación fuera completamente neutra.




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  #7  
07/04/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [7/4/15]
Magnífico, espléndido. CREO, que de todo lo que he leído hasta ahora, es el mejor capítulo. Redacción que supera a las anteriores, un ritmo calmado, otorgando más detalles y expresividad a las descripciones, y un final inconcluso, que a mi parecer deja un buen sabor de boca, pero menos necesidad de conocer lo que viene a continuación que los anteriores...

Me quito el sombrero de la fábrica de Guiness(que me acabo de poner ahora mismo), en deferencia a tu obra. Sigue mejorando cada día más
Gracias: Tyren Sealess
  #8  
11/04/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [7/4/15]
Simplemente has traido un capitulo magnifico, me encanta lo que has logrado en esta historia y la narración de ciertos paisajes que llevan a uno pensar que aquél lugar llega a ser tan familiar como lo que se suele ver en el día a día. Tu narración además es cada vez mejor lograda y se vuelve digna de ser aplaudida. Junto a lo demás decirte que ver cuanto ha crecido en esta historia Oren es algo que no logra cualquiera.

Saludos amigo! espero seguir viendo tu obra de arte con el paso de los días
Gracias: Tyren Sealess

Antigua


  #9  
15/04/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [7/4/15]
¡Nuevo capítulo! Espero que lo disfrutéis y que encontréis material para comentar

Capítulo 4

4. En los asuntos de T’ang Corporations

Tras varios días vagando por el campo, Caoimhe estaba sucia, su ropa, rota, su alma, entristecida, y había perdido peso. Solo comía las plantas que sabía que eran comestibles, y solo bebía de un par de manantiales cuya agua era potable. Por eso, cuando vio un fuego en medio de la noche, y olió a queso y a pan tostado, fue hacia allí.
Había una persona sentada frente al fuego, comiéndose un sándwich. Caoimhe estaba hambrienta, y no pensaba con claridad. Cogió el trozo de cristal, lo sacó del bolsillo, y se dispuso a clavarlo en el cuello del hombre.
- ¿Quién eres?
Caoimhe casi pegó un salto del susto. ¿Cómo sabía que estaba ahí?
- ¡Dímelo! ¿Quién eres?
Por su voz, era un adolescente. Pero no se había girado. La chica agarró el trozo de cristal y lo alzó. El adolescente se dio la vuelta. Se asustó un segundo, y se repuso.
- No te recomiendo intentar matarme. Tienes hambre, ¿verdad? Mira.
Sacó pan de molde, queso y jamón york de una mochila que estaba junto a él. Se lo ofreció. Caoimhe siguió un segundo con la idea de matarle, después dudó, y por último soltó el fragmento de cristal y lloró.
Algo más tarde, cuando tres sándwiches habían aplacado el hambre de la chica, se decidió a hablar.
- ¿Cómo sabías que estaba aquí?
- Mira- la miró con sus ojos grises y señaló un gato negro que dormía junto al fuego.- Mi gata, Traumwald. Estaba agitada.
- ¿Quién eres?
- Es gracioso. Te acabo de hacer la misma pregunta. Además, soy yo el que te ha ayudado, así que eres tú la que tiene que contestar.
- Caoimhe- sin apellido. Sus padres la odiaban.
- Yo soy Oren Sylvan.
No se preguntaron qué hacían ahí, aunque las situaciones de ambos eran raras. Oren no sería curioso, pensó Caoimhe, y ella…
Oren le parecía raro. No solo raro. Le transmitía… algo inquietante.
- Despierta. ¡Despierta!
Caoimhe abrió los ojos. Seguía en su cama. Todo había sido un sueño. Pero cuando intentó incorporarse, varias punzadas de dolor la atravesaron. Había dormido en el suelo. El goteo de la lluvia, de la cornisa al suelo, le dijo que no había estado soñando. El que la había despertado era Oren Sylvan, no su padre.
- ¿Qué…? ¿Dónde…?
- Acabaste de comer y caíste dormida. Espero que tengas fuerzas para caminar.
- ¿Me voy contigo?- la chica se sorprendió.
- No me gusta, la verdad. Si no quieres venir conmigo, no vengas.
“Pero no tengo elección”, completó Caoimhe mentalmente. Al fin y al cabo, a ninguno le agradaba el otro, pero quedarse con Sylvan era lo mejor para ella, y él lo aceptaba. Quizá eso fuera un punto a su favor. Solo entonces se le ocurrió la pregunta lógica. Oren estaba metiendo sus escasas pertenencias en la mochila.
- ¿Adónde vamos?
- Al Agujero del Druida.
- Ni de coña. Estás loco. ¿Qué quieres, que muramos?
- No. Encontrar a alguien que murió.
Definitivamente, ese chico era raro, pensaba Caoimhe mientras los dos caminaban campo a través empujados por el viento. Por suerte, ya no llovía.
- Este camino pasa junto al Agujero del Druida- dijo la chica un rato más tarde.
Oren caminaba y pensaba. ¿Qué le había llevado a aceptar la compañía de esa chica? Quizá un acceso de solidaridad. Quizá porque había visto que ella lo necesitaba. Quizá porque él quería compañía. No… Bueno, la razón daba igual, solo importaba el hecho.
El camino subía una gran colina. Desde la cima se veía otra elevación del terreno, en cuya base había una apertura negra. El Agujero del Druida. De repente, Oren tenía ocho años.
- Voy a explorar- dijo.
- ¿No es peligroso?- preguntó Caoimhe.
Pero Caoimhe ya no era ella, sino Lily, la madre de Oren. Su padre apareció junto a ella. Ahora eso era un recuerdo. Oren estaba recuperando un recuerdo de hacía seis años.
- Claro que no. ¡No hay nadie!
Oren bajó corriendo la distancia que le separaba de la cueva. Entró. Dentro estaba muy oscuro.
- ¡Eco!- gritó, y el eco le respondió varias veces.
Dudando, Oren avanzó unos cuantos pasos. Frente a él, dos círculos rojos aparecieron. El chico empezó a distinguir más: un gran cuerpo escamoso, sostenido por cuatro fuertes patas, del que surgían una larga cola, dos alas membranosas y un esbelto cuello, todo ello negro. Sobre el cuello, una cabeza con fuertes mandíbulas y dos ojos rojos, los círculos de antes. El dragón saltó hacia él abriendo sus fauces.
Oren corrió, intentando orientarse en la oscuridad de la cueva. Pero pronto el dragón le acorraló. Era unas cuatro veces más alto que él, y sus ojos centelleaban con ira.
- ¿Qué haces aquí? ¿Qué haces en mi territorio, humano?- Oren calló.- ¡Responde!
- Yo… Yo no sabía… No quería…
- ¿No querías entrar? ¡Has entrado!
- No quería… molestar. No sabía que aquí viviera…
- ¡Basta! Si fueras otro, te mataría. Pero cualquiera puede ver que eres valiente, ¡aunque estúpido! Aunque no lo creas, humano, estoy en peligro. Necesito la ayuda de alguien como tú.
- ¿A… ayudarte? ¿Cómo?
- No hay tiempo para eso. ¡Quítate la ropa!
Oren, que seguía muerto de miedo, no dudó en obedecer. El dragón le tumbó con un golpe de una de sus patas y exhaló una llamarada sobre él. Oren gritaba y se retorcía de dolor mientras el fuego consumía cada centímetro cuadrado de su piel. Era un dolor inimaginable.
Entonces, el dragón levantó una garra. Con ella, y con una delicadeza aparentemente imposible para algo tan grande, grabó un complicado dibujo sobre su corazón. De pronto, el dolor cesó y las quemaduras empezaron a desaparecer.
- Caíste humano, Oren Sylvan. Levántate Bestia.

El recuerdo se desvaneció y Oren se encontró en el interior de la cueva, respirando agitadamente. Llamanegra necesitaba ayuda. ¿Para qué? Supuso que tendría que esperar para saber algo. Abrió la mano e hizo aparecer una llamita sobre ella.
- Kial.
La palabra, “luz” en lengua dracónica, hizo que la llama se volviera blanca, más pequeña y mucho más luminosa. A su luz vio que una gran área de suelo estaba ennegrecida, menos una silueta indudablemente humana.
Se dio cuenta de que Traumwald no estaba con él. ¿Por qué? Seguramente no le habría seguido cuando echó a correr. Así que Oren salió al exterior.
Lo primero que vio al salir fue a su gata, encaramada a una roca que bordeaba el camino de la colina, frente a él. Le lanzó un maullido de alarma, y Oren, alertado, miró a su alrededor.
Y le vio. Era un veinteañero con pelo castaño oscuro, alto, algo musuloso, y con los iris del color dela sangre.
- Buenos días. No esperaba encontrar a nadie por aquí.
- Oren Sylvan.
El hecho de que conociera su nombre puso a Oren en tensión.
- Veo que sabes quién soy. ¿Con quién tengo el placer de hablar?
- Con Daäkar. Vas a ver lo que les pasa a los que hurgan en los asuntos de T’ang Corporations.
Oren no necesitaba más. Se presionó el pecho, donde tenía grabado el símbolo de Llamanegra, y sus ojos se volvieron del color de las ascuas. Extendió las manos, de las que salió una cascada de fuego. Daäkar ni se inmutó. Cuando Oren cesó el ataque, vio que su oponente estaba intacto.
- ¡Imposible!- murmuró.
Entonces daäkar lanzó una bola de fuego con su mano. Oren la paró con el dorso de la suya. Le entró miedo al notar dolor y ver, en el trozo de piel tocada por el fuego,una quemadura que se curaba lentamente.
No dudó. Se llevó la mano al bolsillo y, esquivando los ataques ígneos de su contrincante, sacó la máscara de Dornem y se la puso.
Su ropa se transformó. Ahora llevaba una capa con una gran capucha calada, una camisa, unos pantalones sin nada destacable, y un par de guantes y de botas. Todo era negro y de un tejido durísimo, casi indestructible.
Presionó con ambas manos sus antebrazos. Del izquierdo salió un escudo y del derecho una espada, hechos de luz rojiza. Con el primero bloqueó unas cuantas bolas de fuego más y dio gracias por ser simbolista.
Corrió hacia Daäkar cubriéndose con el escudo, para atravesarle con la espada. Cuando llegó frente a él, se giró. Hubo un segundo en que su cuerpo no estaba cubierto ni por el escudo ni por la espada.
Y en ese mínimo instante, con una velocidad increíble, Daäkar le puso la mano sobre el corazón.
Oren tardó un segundo en procesar lo que pasaba. Lo primero fue que no comprendía qué utilidad podía tener eso. Y después sintió dolor, mucho dolor. Como si toda su piel fuera perforada con agujas. Como si bebiera ácido. Era peor aún que el fuego de Llamanegra.
Daäkar retiró la mano y Oren cayó al suelo de rodillas, jadeando. El castaño aló las manos. Oren sabía que eso sería el último golpe. Así que hizo un enorme esfuerzo, alzó el brazo y tocó la parte de su capucha que cubría su frente.
Y desapareció.

Desde lo alto de la colina, Caoimhe no daba crédito a sus ojos. Había visto a Oren y a ese otro joven hacer cosas imposibles. Estaba cagada de miedo. Y por si fuera poco, Oren se había esfumado.
- ¡Vamos, Caoimhe! ¡Rápido!
La chica se giró, intentando determinar de dónde venía la voz.
- Soy Oren. Estoy aquí- dijo un trozo de espacio vacío.
Caoimhe extendió la mano y tocó algo en el aire.
- ¿Qué…?
- Mi obra maestra. Un símbolo de invisibilidad. A la de tres, corremos hacia Dunlavin. No paramos hasta que uno de los dos esté a punto de morir. ¿Lista?
Caoimhe estaba más que confusa. Aún así, asintió.
- Vale. ¡Tres!
Y Caoimhe corrió, corrió como no lo había hecho en su vida. Pensaba que lo que le había pasado en su casa y en la iglesia ya era inquietante, pero acababa de ver cosas imposibles, y estaba corriendo junto a alguien al que no podía ver moverse, pero sí oír jadear.
Pero pronto lo olvidó, así como a la felina negra que se movía ágilmente algo más allá. Se paró cuando Dunlavin no estaba a más de un kilómetro de distancia.
A su lado, apareció una silueta negra que volvió a ser el Oren de siempre al quitarse la máscara. Ójala eso hubiera sido un sueño.
- ¿Qué coño ha pasado?
- Me ha vencido- pasado el peligro, era evidente que Oren tenía el orgullo lesionado.- A mí. A un protegido.
- ¡Eso ya lo sé, joder! ¿Cómo?
Oren estuvo un instante en silencio.
- Claro. Es la primera vez que ves magia, por eso no entiendes nada.
- ¿Magia? ¿No armas futuristas, ni nada por el estilo?
Oren rió.
- No. Magia.
- ¿Como la de los libros y las historias?
- No exactamente… Cada historia con magia tiene una magia única. Y esta historia, la historia en la que vivimos, la Historia con mayúscula, no es ninguna excepción.
Caoimhe no podía estar más desorientada. Ni más desconcertada. Ni más asustada. Ni más…
- Quizá esto sea demasiado para ti. Mira.
Se sacó del bolsillo del pantalón una bonita cantidad de billetes.
- Si estabas intentando matar a gente en el campo para sobrevivir, tienes que estar muy desesperada. Coges los billetes, nos separamos, nunca nos hemos visto ni nos volveremos a ver.
A Caoimhe esa opción le pareció idónea. Pero, ya que Oren parecía saber muchas cosas que ella ignoraba…
- Una última cosa- cogió una piedra, del tamaño de su mano, del suelo.- Esta que vas a ver, ¿es magia?
Se quitó el guante de la otra mano, y con los dedos desnudos tocó la piedra, que estalló en pedacitos. Levantó la vista y vio que Oren la miraba fijamente.
- Si quieres, puedes quedarte conmigo.
De pronto, echó a reír. Caoimhe se asustó aún más.
- ¡Ya lo entiendo! ¡Eres el demonio de Dunlavin!
La chica ya no sabía qué sentir. Solo se le ocurrió una cosa.
- ¿Cómo puedes hacerte invisible? Si la luz traspasa tu retina, es como si estuvieras ciego.
- El símbolo de invisibilidad es mi obra maestra- el orgullo de Oren no era invisible precisamente.- No sabes los problemas que me dio eso. Tardé año y medio en diseñarlo y completarlo.
- Bueno…- la pelirroja trató de sacar otro tema.- Sabes de magia, y yo no, aunque haga magia… así que creo que es mejor que vaya contigo. ¿Qué buscabas en el Agujero del Druida? ¿Qué vamos a hacer?
- Lo primero, puedo esperar a contártelo. Lo segundo… T’ang Corporations.
- ¿Qué es eso?
- No lo sé. Probablemente sea alguna multinacional asiática- sacó un MP4 del otro bolsillo de su pantalón.- Pero creo que ahora hay un autobús de Dunlavin a Dublín. Allí podremos hablar sin que nos moleste el viento. ¡Un último esfuerzo para llegar al autobús, Caoimhe!
Gracias: BLAx501! y Karlsetín




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¡Gracias, Rata! Se te recuerda... :c
  #10  
18/04/2015
Predeterminado Respuesta: [Historia] En el Festival de la Victoria (secuela de Un Cuento de Madrid) [7/4/15]
Guau...

No digo nada más, en serio, tío. GUAU. Te estás superando capítulo a capítulo.
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